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sábado, 31 de diciembre de 2011

LUNA DE OTOÑO: COLORES, NIÑOS Y PASTELES



Quizás el color que todo el mundo asocia a Vietnam es el verde, el de las selvas del centro, los arrozales del norte o los uniformes del Viet Cong que vieron en las películas de la guerra. Pero Vietnam es un país colorista. Por algo escogió el loto rosa, y no el blanco, como flor nacional. Los vestidos de las mujeres de las tribus, muchas de las 54 etnias del país, mezclan la austeridad del traje de trapo azul índigo con los chillones arcoiris de sus cintos, collares y turbantes. La comida vietnamita es una sinfonía de tonos y sabores. Las pinturas en sus paredes, las que se alejan del arte militar, representan con lacas brillantes grullas, garzas o cisnes, flores de cerezo o de manzano. Incluso los anticuados diseños de propaganda oficial combinan una paleta atrevida de colores planos en una mezcla paradójica de mensaje sobrio, rebosante de compromiso y desafío, con una iconografía rudimentaria, casi infantil. Los Ao Dai, resiguen las líneas de los cuerpos femeninos como una segunda piel, y los visten de brillos deslumbrantes en sus bodas. La navidad tiene el cromatismo que a todos nos es familiar, si bien la nieve se simula con porexpan y los cielos estrellados de los belenes, a las puertas de las casas en los pueblos de carretera, se crean con sábanas pintadas. Llega después la primera luna nueva, a  finales de enero o principios de febrero, el Tet, la gran fiesta del amarillo en el sur y el rosado en el norte, cuando el país se detiene unos días, los regalos circulan en sobres de dinero, se asan patos, tocinos y huevos de oca.
Pero tal vez la fiesta de colores más mágica sea el Tet Trung Thu, la luna llena de otoño, que se celebra entre finales de agosto y mediados de septiembre, (el quinceavo día del octavo mes lunar) por ser la fiesta de los niños, y también la de agradecimiento al final de la cosecha, es decir, que equivaldría en el Mediterráneo, a los fuegos de San Juan. Durante el Tet Trung Thu, en la calle Hang Ma de Hanoi, los tenderos disponen sus paradas de juguetes, tambores, máscaras de unicornios, barcos de hojalata de vapor, estrellas de celofán, linternas de papel verde, amarillo, rojo, violeta, naranja, que se repiten mientras en todo el país venden los pastelillos de la luna de medio otoño, con las marchas favoritas, Nhiu Lan, Kin Do, y las demás. Pasteles de harina, semillas, jengibre, carne curada y huevos. Resulta especialmente bello el pastelillo (puede pesar hasta 350 gr) con dos yemas dentro, que al cortarlo te miran como los ojos de un dragón. Unos son redondos y los otros cuadrados, y simbolizan el cielo y la tierra según una antigua creencia. Esa repostería compacta, que obliga a la postergación o a compartir (imposible acabarse uno de una sola vez), me recuerda, de lejos, a la impresión que me causó toda la panadería mallorquina, y descubro con sorpresa que no es la primera vez que Vietnam me recuerda a Mallorca, y a la vez, cuánto la echo de menos. Las panadas, los cocarrois, los roviols, los cremadillos, buñols de quaresma, los quartos embetumats, el pan negro o las clásicas ensaimadas.
            Mientras, en Hanoi la gente se queja porque los precios de los juguetes se multiplican por diez o por veinte de un año a otro, sin percibir que cada vez son menos lo artesanos, y que lo que no compren en esta ocasión, quizás dentro de tres años solo lo vean en un museo. 





miércoles, 21 de diciembre de 2011

HAPPY BIRTHDAY 33


Menú a base de rollos de pato laqueado, gambas empanadas al aroma de coco, tofu rebozado con salsa de cebolla y jengibre, tacos de buey a la pimienta, sopa de pato, verdura salteada, pescado al vapor y pastelillos de arroz glutinoso rellenos de judía roja. Vino de chile y whisky 21 años. Yo empecé con vino, ellos con whisky. El banquete para un 33 cumpleaños de una mujercita rodeada por un caro vestido, cuyas filigranas en evolución cónica ascendente le conferían el aspecto de una pieza de ajedrez de jardín, una reina grotesca. Las amigas se habían puesto sus mejores galas, en ¿involuntaria? competición cromática. En nuestra mesa Rubí y Verde, en la otra, Negro y Rojo, y entre ellas, Champán.
Rubí los llevaba en los lóbulos de las orejas, en la sortija y en la pulsera de oro, no menos de cuatro docenas, el talle ceñido por Christian Dior, la muñeca libre, por Rolex, la sonrisa equina, el aspecto sencillo, muy sencillo. Apoyaba el torso enlutado sobre su bolso de LV, carmín de garanza brillante. Su marido, Rolex también, se atusaba la barba de chivo y gastaba bromas sobre médicos, tan fáciles y recurridas, mientras su vaso se llenaba y vaciaba de chupitos del whisky que había traído él. Luego me enteré de que se trataba del equivalente al fiscal en jefe o el justica mayor, el que con su dedo hacia dentro o hacia afuera decide la libertad, y hacia arriba o hacia abajo decide la vida, literalmente, de los reos de la ciudad. Espero que hoy no tenga dolor de cabeza. Por suerte solo bebe whiskys caros. Su comensal vecino, el que le ayudó a ultimar la botella, era un médico hepatólogo, defensor acérrimo de la “quality of life”, concepto que esgrimía como algo novedoso, como cuando Alfonso Guerra, siendo ya vicepresidente, descubrió a Mahler.  Frente a ellos, Verde se mesaba la melena que caía sobre una blusa de creppe transparente, cuyas flores no disimulaban su sujetador verde, a juego con sus pantalones cortísimos verdes, y con su cinturón, de nuevo Christian Dior, esta vez naranja, abrazado a su cintura mínima. Su pareja no comió ni habló en toda la cena, la vista baja, la cara iluminada por la luz azul de la pantalla de una tableta-PC. Una música triste envolvía la sala privada del restaurante chino, y me llevó a observar al trío de damas de la otra mesa.
Negro y Rojo parecían extraídas de un molde exacto. Maniquíes de escaparate, figuras de yeso con olor a polvos de talco, a nursery de paredes blancas y frías como su corazón, el cabello recogido en severo moño en la cúspide posterior del cráneo, sus ojos oscuros e inexpresivos, pestañas  extendidas, uñas artificiales pintadas a la francesa, ribete blanco en el borde libre, las pieles céreas, sus zapatos de vertiginosos tacones aterciopelados a juego, la postura rígida como el rictus de su cara, el desprecio por la recién desaparecida pobreza, (“nadie está a mi altura”), Turandots sin corona, y a sus pies cualquier desgraciado. Pero estaban solas. Entre ellas, Champan relucía por su estudiada naturalidad, con su mirada ambigua, bizqueante, leonardesca, “sfumatta”, asomando entre los bucles de una melena cobriza, y su sonrisa irresistible, angelical y demoniaca, de las que se saben bellas y triunfadoras, su vestido cruzado como si llevara una capa de Juana de Arco, sus pechos llenos, asomando su blancura en la medida justa entre la provocación y el recato, lujuriosa, o quizás era yo, era mi pecado reflejado en su imagen, una burbuja de Champán como la de estas fiestas, festiva, etérea, ácida y amarga, y en cuanto intentara tocarla, POP, se desvanecería en el aire dejando una estela de carbónico, que sonaría a mis oídos reformulado en cabrónico, cretino, caído o incauto, mientras ella seguiría allí, intocable, con su sonrisa ambigua, entre sus amigas de yeso, Rojo y Negro, Venus de Milo de líneas aéreas, pues eso eran, azafatas venidas a mucho más, (“nadie está a mi altura, ni siquiera en el avión, yo de pie, ellos sentados”) gracias a tráficos irregulares en los aviones sobre los que sirven té o café.
Abandonamos los violines tristes de aquellos salones enmoquetados y los sustituimos por una música atronadora que empujó con buen ritmo mis vísceras contra el sofá de una discoteca. La sala era un damero con mesas en las casillas blancas, camareros en las negras, en formación militar, dos por mesa, todas reservadas, y sobre ellas, en batallones de a ocho, como las tortugas bélicas romanas, vasitos de chupito y botellines, en una reproducción fractal de la escena hasta el infinito (las motas de polvo dentro de los vasos, las burbujas dentro de los refrescos, quizás también en formación marcial…) y en nuestra mesa, las botellas de Glenmorangie Signet llegaban y se vaciaban entre cocacolas (horror!) y sonrisas, y Champán bailaba, burbujeaba con el gesto de desprenderse de un albornoz después de una ducha de vapor, sinuosa, entre la rigidez de Rojo y Negro, que observaban con aburrimiento agrio las evoluciones de su compañera, verdadera diosa de la noche, pues la reina roja, la homenajeada, era incapaz de eclipsar su esplendor. Los cuerpos anoréxicos de modelos en biquini tocadas con alas negras, ángeles caídos, lanzaban gestos obscenos desde una pantalla gigante, y sobre nosotros, la música detonaba sus cañonazos rítmicos,  amenazantes, quizás la cólera de Dios ante tanta perdición.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

SHELLS AND SNELLS

En la calle Thai Van Lung encontramos el restaurante Skewers, mono con buena iluminación, y presentación graciosa. También, en una esquina, la tienda Veggies, que ofrece tomates corazón de buey y sacos de rúcula fresca, y me revive el Mediterráneo. Pero lo que más aprecio en las últimas semanas es un restaurante fantasma.
No tiene nombre. Al atardecer, hacia las cinco, se planta en el final sin salida de la calle, frente a un taller de impresión que rechina todo el tiempo, una pareja que descarga de un camión los víveres y los hornillos, los deposita en la acera y los cocina. Sin señales ni anuncios, en los coches van llegando, o en las motos, vietnamitas de traje o de uniforme, chicas con relojes caros, parejas, familias o banqueros. Todos se acuclillan en pequeños taburetes de plástico en torno a mesitas de juguete, junto a las cuales dejan un cubo metálico. Es para las cáscaras. Un cubo, qué exageración, pensé el primer día. Las sombras de los comensales solo se distinguen por la mísera luz anaranjada de las farolas de la calle. Las recetas sorprenden por su complejidad y su resultado. Turritelas a la leche de coco, berberechos marrones con salsa de judía roja y pimienta, ostras con cacahuetes, navajas a la plancha, bígaros de diversas especies al tamarindo y carne magra, o almejas al vapor con lemon grass. Las conchas surcadas o helicoidales se amontonan en la mesa hasta que caen en el cubo con ruido de cristales rotos, y la camarera, que pulula entre un número creciente de mesas, repone con nuevas ofertas. No tienen pan, pero puedes comprarlo al repartidor que espera junto a una bicicleta aparcada, una cesta inmensa en su asiento trasero, su barriga casi tan grande como aquella; ¿Por qué no se cae? (Como diría Buggs Bunny, va en contra de la gravedad, ya lo sé, pero es que no fui a clase ese día…). Conchas y caracoles atraen a todos los vietnamitas, una comida de aspecto frugal, cocinada con creatividad sorprendente, y que al final, llena los estómagos sin apenas vaciar los bolsillos. Tras un apogeo caótico de cabecitas juntas en la oscuridad sobre los centelleantes cascos espirales de sus víctimas, a eso de las siete, las existencias del día se acaban, los comensales desaparecen, y el restaurante se desvanece hasta la tarde siguiente.


lunes, 12 de diciembre de 2011

UN DOMINGO DE DICIEMBRE, JUNTO AL LAGO

             Camino junto a Ho Tay durante una hora y media y apenas recorro una pequeña porción de su sinuoso perímetro. La luz cambia conforme el cielo se cubre de nubes, y la superficie se agrisa y espejea metálica las siluetas rectangulares de los rascacielos de Hanoi, cada vez más abundantes. El olor a agua estancada, pescados podridos y escamas, se mezcla con el humo las hogueras, con el piar abocinado de las pollas de agua y el graznido afónico de las ocas. Los sauces llorones, cuyas ramas vi desnudas un año antes, se cubrieron de verde en Junio y ahora, enredadas de telas de araña, mueren de nuevo, incapaces de dar sombra a los que toman café, las siluetas negras recortadas frente al lago pálido. Animados por un deseo incombustible, los pescadores persisten en sus labores desde tierra, o sumergidos en el agua hasta la cintura. El mercado del templo budista vende comida e incienso para las ofrendas, y a la salida, puestos de gambas en gabardina, y caracoles, para alimentar algo más que el alma. Los berbiquís y las piquetas de casas en construcción no se interrumpen en domingo, y mujeres vestidas con pijamas de colores brillantes chapotean en el cemento bajo los esqueletos de las nuevas viviendas de Chiputra. Algunas motos y bicicletas se detienen en espacios solitarios, y los conductores las besan sin que ellas se dejen. Otras parejas, dos mujeres en este caso, una con chaqueta naranja, la otra roja, se fotografían mutuamente, con movimientos pajariles, en un cortejo lésbico, como de Milan Kundera. Lesbos está presente en los parques y casas de masaje, y las mismas manos que buscan propina en la cadera de los hombres, exploran posibilidades en la entrada femenina. No gracias. O sí, ¿por qué no? El parque de atracciones abandonado, o casi, proyecta la sombra circular de la noria sobre una extensión de hojas de loto que se secan por millares, y sus tallos dibujan sombras como alambres retorcidos sobre el agua. Una radio suena en el comedor de un restaurante dominguero, un antiguo barco carguero. Esculturas romanas en esbelta curva praxiteliana, se muestran ajenas, casi altivas al abandono al que las someten sus dueños, y los matorrales crecen a su alrededor, como espíritus errantes. En medio de una quietud placida, entre silencios interrumpidos, así me siento yo, un domingo de diciembre, después de un año completo en Vietnam, la música de Arvo Part en mis oídos, Spiegel im Spiegel, el espejo en el espejo, miles de reflejos, de imágenes caleidoscópicas, unas alegres, otras no tanto.




martes, 6 de diciembre de 2011

LA AVIDEZ DE LOS LEONES


Las once de la noche. Volvemos a casa en un taxi. Una moto pasa y su pasajero hace un gesto. El taxi se detiene en medio de la gran avenida. La moto se ha parado 30 metros antes. Porque no son ellos los que tienen que esforzarse en negociar. El taxista nos deja dentro del vehículo, el taxímetro corriendo, (por suerte apenas corre cuando el coche no circula). Negocia con los leones, afeminados, caprichosos, ceñudos, codiciosos, corruptos, los cascos blancos, los uniformes ocres como los edificios oficiales, sus efigies de piedra y cascos de Pericles, la bandera roja ondeando sobre ella, recordando la victoria (o derrota?) de Dien Bien Phu, herencia de la ocupación francesa, quizás los trajes también, de la legión francesa. ¿Qué ha ocurrido? Me desplacé al carril de giro unos metros antes…La tarifa ha subido un 25%. Se han llevado 200.000 dongs del conductor, uno de la más antigua compañía de taxis de Saigón, la primera que abandonó los ciclocarros por los coches. Todavía incrédulo por el sablazo, el conductor no sabe si enfadarse o reír. Y es que en el nuevo Vietnam, cada uno intenta incrementar sus ingresos por vías paralelas, no declaradas, no tributadas, no cuantificadas en las estadísticas. Todos los días las motos invaden las aceras en manada, contra dirección, o cargan cuatro pasajeros, la mayoría sin casco, o sin la edad adecuada (bebés, sin más protección que el abrazo de sus madres y una tela mosquitera en la cabeza), o cargan sustancias peligrosas (bombonas de butano) o imposibles (neveras en posición vertical, cristales de dos metros). Pero eso no importa, no es negocio. Es mejor parar a un taxi con pasajeros dentro, en medio de la carretera, como un búfalo enfermo en medio de la sabana, cazado por leones, igual que ellos, por parejas o en manada.

RITMOS MUSICALES. BEYOND SAIGON’S SKYLINE

           Conforme transcurre el tiempo, me doy cuenta de que la primera imagen que me hice de Saigón fue como una foto impresa sobre una superficie de cristal, reluciente, superficial, simplificada, sin grietas. Ahora en cambio, descubro a cada tanto una fisura, un aspecto distinto, sorprendente o gratificante.
Durante la última semana he asistido a tres conciertos en el auditorio del conservatorio de la calle Nguyen Du. Dos grupos de excelente Jazz belga y un dúo de piano (ruso-vietnamita) que me emocionó con el jardín bajo la lluvia de Debussy, y con los cuadros de una exposición de Mussorgsky. En Saigón son varios los escenarios en que uno puede escuchar música, de referencias variadas y exposiciones voluntarias, o involuntarias.
El palacio de la Ópera es una construcción amanerada frente al hotel Caravelle, con estatuas sobre sus columnas a modo de cariátides griegas, que alquila sus bajos a un bar de copas y ofrece un programa reducido y privado, iniciativas de empresas o entidades gubernamentales para sus clientes y afiliados. Cerca de allí la mayor parte de la música en vivo suena en bares de hoteles, algunos a gran altura, como las orquestas cubanas o australianas de las terrazas del Sheraton y el Caravelle, o en la calle, las actuaciones de un traumatólogo argentino en el bar Vascos, o las magníficas y sexis interpretaciones de los filipinos de bar Seventeen, donde chicas con falda corta, botas altas y sombrero vaquero (algunas con pistolas de fogueo en bandolera), imitan a los grandes éxitos de U2. La música de lata voluntaria también puede escucharse desde lo alto de la AB tower de Le Lai, en el skybar chill, el bar más impresionante y caro de Saigón (vale la pena. Chancletas, mochilas y pantalones cortos abstenerse). La música LATA (con mayúsculas) de exposición involuntaria, es la que te rompe los oídos en los centros comerciales baratos como Saigon Square, un mega altavoz en cada metro cuadrado, o en los barcos-restaurante que navegan al anochecer por las aguas del rio Saigón (sus pasajeros ignoran que son naves tan seguras como el Titanic), cuya pequeña forma crepuscular es capaz de golpear a kilómetros las ventanas de mi apartamento con sus melodías machaconas (¿el capitán ha olvidado el sonotone en el hotel?) o las melodías que truenan en el club de tenis, donde tengo la desgracia de asistir a clases rodeado de humo de pescado frito a mi izquierda y fiestas de empresa a mi derecha (pirámides de cajas de latas de cerveza, sillas forradas de tela blanca y lacito crema a la espalda, jóvenes con camisa blanca de manga larga, ellas con tirabuzones y vestidos de raso) y sus mega bafles estruendosos que casi desvían el trayecto de mis pelotas, las de tenis. No me extraña mi pobre desempeño y lento progreso en el arte de la raqueta.
Por ello, mas allá del bar Apocalipse y su tabla de surf (CHARLIE DOESN’T SURF), el antro que me recibió en mi primer viaje a la ciudad, con su penumbra, sus aprendices de prostituta y sus gintonics de juguete (poco más abundantes que un chupito), el descubrimiento del Conservatorio de Saigón, donde el pasillo que lleva al bar exterior es aprovechado como parquing para motos, las que circulan de continuo y atropellan ignotos talentos musicales sin disculpa de ningún tipo, (es lo normal), ese lugar es un soplo de aire fresco, de sensibilidad, de alimento para mi alma sedienta de belleza, y que descubre casi con tristeza, que a fuerza de sequía, se había  recubierto de una capa coriácea en espera de tiempos mejores, más sensibles.

viernes, 25 de noviembre de 2011

UCCELLINI, UCCELLACCI, PAJARILLOS Y PAJARRACOS

             Una de las escasas zonas verdes de Saigón, (no más de cuatro entre públicas y privadas) es el parque zoológico. Lo mejor del recinto es su jardín botánico, alimentado y dirigido por un francés de finales del diecinueve, que dejó en herencia los majestuosos e inmensos árboles que lo sombrean para beneficio de todos sus animales, los racionales (¿?) que caminan en libertad, y los irracionales, tristemente prisioneros. Mientras paseo a mis animalillos, Suri y Maili, para saludar a los elefantes que menean sus cabezas como enloquecidos de melancolía, a los hipopótamos sumergidos en sus orines, a los tigres albinos onánicos (se chupan sus partes, tan afiladas como sus colmillos, impúdicos, frente a los espectadores) (felix, felino, felatio, fálico…) con su sabia mirada, a los leones sucios y famélicos, siempre dormidos (¿será el hambre?), o al corral de exóticos animales para un zoo, las cabras y ovejas, las mismas que hay en mi pueblo de Lérida, lo que más me llama la atención son los pájaros y su parecido con ciertos tipos humanos.
El tucán, que recuerda a una señora con un tupé a lo Elvis Presley o propio de una película de Fritz Lang o de un anuncio de perfume de Jean Paul Gaultier, (ese perfume tan embriagador que debieran prohibirlo en los locales públicos, y en los demás…también), con su doble pico córneo de aspecto tan contundente pero en realidad hueco como una cáscara de huevo, y sus larguísimas pestañas (¿pero tenían pestañas los pájaros? Quizá no tienen pelo, pero pestañas…ya lo creo!). El flamenco rosado que retuerce cuello como un tubo de plomo que ha cobrado vida, sin olvidar el pico en posición de las manos de alguna danza oriental, y esos inquietantes ojos rojos. O el secretario, ese pajarraco de calva rosada, (¿siempre son calvos los secretarios?) envuelto en un chaqué gris, de solapas blancas, y esas alas que parecen recogerse por atrás como las manos de un hambriento maestro de pueblo de la postguerra española.
Y me pasan por la cabeza todos aquellos que han tomado a los pájaros para alimentar su arte, desde los descriptores naturalistas u ornitólogos, como Darwin o Audaboun hasta artistas como Picasso, Max Ernst, Matisse,  Chagall, Magritte (y su pájaro lleno de cielo azul y nubes blancas), o los escritores como Gerald Durrell (Filetes de lenguado), o Axel Munthe (la historia de San Michelle),  Richard Bach (Juan Salvador Gaviota) o Selma Lagerloff (El maravilloso viaje de Nils Holgersson)
Mas allá de las murallas del zoológico, los pajareros de Saigón trasportan y venden pajarillos en sus motocicletas, en volúmenes y equilibrios imposibles, y los granjeros llevan a sus patos de paseo, del corral al matadero.



jueves, 24 de noviembre de 2011

TU (CUATRO) Y NAM (CINCO)

Se llama Nam, que según el tono (hay seis en vietnamita: dau sac, dau huyn, dau hoi, dau nha, dau nang, dau khong) significa número cinco. Nam es un nombre válido para hombre y mujer, como Luis y Luisa o Antonio y Antonia, y es la última adquisición en el personal de apoyo a nuestra aventura gemelar. No es la número cinco sino la once, para ser fieles al periplo de vagas o freakys que han pasado por casa en el servicio doméstico durante el último año de vida saigonita. Pero Nam es diferente. Es limpia, trabajadora y sabe cocinar. Mujer solterona de unos cincuenta, siempre risueña con sus apretados mofletes brillantes, los brazos emergiendo turgentes del pijama multicolor, el trasero prominente (raro, raro en Vietnam) bamboleando a diestra y siniestra mientras pasa el aspirador, los ojos entrecerrados, dos abejorrillos negros que revolotean en todas direcciones. Con el pelo recogido en moño y los brazos en posición de firmes recuerda a una muñeca rusa de madera de esas que contienen a toda la familia de distintos tamaños (una Matryoshka o Matrushka). Lo gracioso es que su colaboradora, un ser angelical, con su parte oscura como todos los ángeles, (los que no cayeron fue por falta de información o experiencia) se llama Tu, que en vietnamita, según el tono, también significa cuatro. Mientras que cuatro es excelente en el arrullo, el acune, la lactancia y la provisión de alimento, cinco es mucho más activa, pulcra y cocina con alegría, generosidad e imaginación. Los guirlaches blandos de plátano, cacahuete y jengibre son un ejemplo, como la fermentación alcohólica del arroz negro o la obtención de brotes de soja a partir de esas perlas verdes con ojillos negros.
La abuela (mi suegra vietnamita) ha traído quince kilos de rambután, dos racimos completos de bananas de un metro de altura y una gallina viva, como detalle de su visita relámpago al delta del Mekong, ida y vuelta en un día, a donde fue invitada a una fiesta de los muertos. La dead people party suele ser, al menos la primera vez, una celebración de colores y actitudes alegres, con ropas blancas, cintos de telas rojas, y música estridente y rimbombante.
Nam se mete en la cocina con su paso rápido, escorando a babor y estribor, como los hombres vietnamitas de cierta edad y posición, cuando su centro de gravedad se desplaza a ese balón cárnico entre sus columnas y ombligos. No doy un céntimo por la gallina, que cacarea su última súplica antes de la guillotina. La escena ya de por sí pintoresca, más aún por cuanto sucede en un apartamento de un edificio de 35 plantas, me retrotrae a la cocina de mi abuela, en Vilanova de Meià, donde en mi infancia tuve ocasión de ver matar a conejos y gallinas, y de ir a buscar la leche al corral, (tenía que esperar a veces a que el granjero despegara las manos de las ubres vacunas, o limpiara el pasillo de las boñigas). Todavía ahora, 30 años más tarde, 16.000 kilometros más lejos, recuerdo el aroma a leche que hierve, a grasa, a frío y a humo de leña que se colaba por la ventana de esa cocina.

jueves, 20 de octubre de 2011

ÉPOCA DE LLUVIA

Lluvia. Goterones poderosos, como los cuerpos batracios de una lluvia bíblica, baquetean el techo del coche, el cielo es tiniebla, la carretera un lago, la gente espera autobús de pie sobre los bancos frente a un río que unos minutos antes se llamaba carretera, las motos se arraciman bajo los puentes como las ovejas lo hacen bajo las encinas. De capelinas de colores asoman varias cabezas o muchas piernas. Los coches levantan olas que amenazan de zozobra a sus vecinas de dos ruedas. Un carrimoto arrastra sobre  la calzada las pieles de los pomelos como la tonsura de un reptil prehistórico. Pese a lo inestable del firme, las escasas motos siguen desafiando la lógica de la prudencia y de múltiples fuerzas físicas como la gravedad o la centrífuga. Manadas de excavadoras dormidas doblan sus brazos de colores, y recuerdan cuellos de flamenco o miembros de un inmenso pulpo metálico. Carritos bajo tejadillos escurren chorros de agua y venden la única nota de color alegre, sus botellas de colorines inverosímiles. Por fin, más adelante, la tierra seca marca una frontera inexplicable, como trazada con regla, hasta donde ha llegado la lluvia. El ambiente es más fresco pero sigue haciendo un calor pegajoso. Pasada la tormenta, alguien mea en la carretera. Un parque ajardinado aparece repleto de sillitas de plástico rojo, vacías; sus clientes, asustados por el agua, tardarán en volver. Arcos de flores animan dos portales por motivos opuestos: una boda, la novia de blanco, a la europea, y un entierro, también de blanco, también de fiesta, la última que se llevará el difunto al paraíso. Las hogueras en los márgenes de nuestro camino tiñen de bruma con sus humos toda la atmósfera, y se confunden con las barritas de incienso en los guardabarros de los coches; otros llevan crisantemos amarillos y todos pasamos ante las tiendas de chimeneas, de colchones, o de venta templos budistas, con sus lucecitas de colores del parchís. Farmacias y neones. El cielo sigue gris. Vuelve a llover.

lunes, 3 de octubre de 2011

FOR MEN ONLY 2. MÁS ALLÁ DEL ESPEJISMO


¿Cuestión de vocabulario? Tal vez. Irse de putas es algo soez, secreto, o como mínimo discreto, un asunto del que solo presumen los de abajo, y por lo general cuando van borrachos. Tener un programa, como diría Mario Benedetti, es digno de envidia, hasta de cierto respeto, de camaradería entre compañeros del mismo escalafón. Tener una querida, solo se permite a los jefes, o a los políticos, o a los hechos a sí mismos que han triunfado, o a los ricos en general. La situación es idéntica, pero el vocabulario la viste de un color muy distinto. Tampoco es igual que te digan it’s hundred dollars  (son cien dólares) que would you like a girlfriend for tonight? (quieres una novia para esta noche?) La carne puede ser la misma, pero el envoltorio cambia mucho. Tal vez por ello, los que pueden no pagan fulanas, sino que mantienen novias. No se habla de dinero, que es una ordinariez, se ofrecen o reclaman regalos, que siempre son bienvenidos, y son más bonitos que un billete con cara de George Washington. Si las excursiones al tocador de Holly Goligthly pagaban pajareras doradas, los paseos con las long legs, high hills de Saigón compran bolsos, y al rico o poderoso gusta más imaginarse que esa chica de la edad de su hija va con él por su capacidad de seducción (quien piense que se seduce sin regalos de algún tipo va listo…) que por su cartera. ¿Pero qué hacen las novias de pago después de conseguir tres bolsos de Hermés y cinco de Luis Vuiton? Pues lo lógico, venderlos.
Lua (seda) es una tienda pequeñita, de entrada estrecha y altas paredes. Se ubica en una calle poco transitada (si eso puede decirse de alguna calle en Saigón), en las proximidades del mercado de Ben Thanh.  En ella exhiben colecciones enteras de bolsos con los colores más fascinantes, como los de las heladerías italianas, malvas, azules turquesas o esmeraldas apastelados, rojo ingles, o amarillo cadmio naranja, últimos modelos en complementos, lo mismo que una larga lista de relojes de lujo, de mujer, claro. Un cartel dice en inglés, no vendemos, copias, el que tenga dudas al respecto o pretenda preguntar, que no entre. El cartelito, negro sobre blanco y mayúsculas, ya define de por sí el carácter de la dueña, mujer robusta, de dimensiones cúbicas, morena sin complejos, anteojos finos sobre cuyos y por encima de su hombro mira a casi todo el mundo que penetra su santuario de comercios devaluados. Habla un inglés australiano, del que presume como lo haría unos de esos personajes de Charles Dickens que ascendieron tras caminos de penuria desde el barro a los salones con arañas de cristal, fanfarroneando de su humildad. Y como sea que los que subieron desde muy abajo difícil lo tienen para perdonar su pasado, la mujeruca apenas si dirige la mirada a las mujeres vietnamitas que entran por primera vez, a menos que nombren a quien las recomendó.
Fuera de la tienda, en algún lugar lejano, oscuro despacho de obra, espacioso departamento de edificio de oficinas, asiento de avión internacional, o cómodo sofá de casa junto a su mujer, está el otro protagonista de la historia, el macho pagano, cuyo abanico de emociones va desde el aparentemente aburrido pero secretamente satisfecho y excitado por su "conquista", hasta el decepcionado por completo, que después de haber roto su matrimonio por un espejismo de dulces arrullos, despierta en manos de una vampira del verde elemento, una codiciosa de tiempo y dinero, ambiciosa y posesiva, tan celosa de todo lo que no le es propio como lo fue la anterior pareja o mucho más, una arpía que se camufló bajo la piel de cordero de las diferencias de costumbres o idiomas, y ya tarde, con la resaca del naufragio repetido, el pagano mira hacia atrás con arrepentimiento, al presente con amargura y al futuro, si se le ofrece, con un nunca más.

sábado, 24 de septiembre de 2011

CAÍDA LIBRE

Desde que caí en la sierra del Cadí por un alud cuando tenía veinte años, cambié pico por pincel, dejaron de atraerme las velocidades y me dediqué a labores más quietas y solitarias, como la pintura, el trecking o la literatura. Demostré tener poca visión de la vida (nunca he tenido mucha, será el astigmatismo) porque la velocidad es contemplada por la mayoría como un signo de poderío, cuando quieren vendernos un coche, cuando construyen nuevos héroes en el mundo deportivo (corre más, lanza la pelota a X km por hora, etc) y los velocistas gozan un cierto atractivo sexual, pese a que llegados al lecho, la velocidad penaliza, y frustra a las hembras. Por suerte, los nuevos antidepresivos, que retrasan la eyaculación, solucionan la relación con uno mismo y con la pareja. 
En Vietnam el gobierno intenta enfriar la economía bajando el interés por el dólar, controlando su mercado secundario (negro), importando oro para bajar su precio y manteniendo altos los tipos de interés del dong pero solo acrecientan la usura. Para alguien que tiene una deuda al 30%, renegociar dinero al 20 % para pagarla es un alivio transitorio; el problema es que no se negocia por años sino por meses. Un 20% al mes es 240 % al año. Así se dejan casas y coches como garantía que se pierden y malvenden al 50% de su valor. Ésta es la situación en que se hallan muchos propietarios que siguen enfermos por la fiebre de hacer negocios cuando los bancos están secos y todo se negocia en un cuerpo a cuerpo entre personas físicas. Estos personajes, triunfadores de la crisis, que multiplican sus ganancias en días, semanas o meses, gracias a su oportuna liquidez, consiguen coches de lujo, casas y apartamentos que amueblan con el sello distintivo del dinero rápido. Sillones imitación de Luis XIV, cornucopias dorado sobre blanco y arañas de cristal, Ipad para jugar los niños y uvas de Corinto recién traídas de USA. Te escuchan con una oreja mientras la otra está permanentemente ocluida por el beso de un móvil y hablan con una voz farfollante, escupidora, carnicera o debiera decir carroñera. En tiempos de naufragio, siempre hay alguien en la playa. Y todo lo que se tiene o se destiene vuelve a venderse y genera rápido movimiento, tanto que yo siento un leve mareo, una angustia como si hubiera apostado mis dineros bajo el cubilete plateado sobre caja de cartón de un trilero de las Ramblas de Barcelona.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

TINIEBLAS DE SEDA

Después de un año de silencio activo (un blog http://www.rubenensaigon.blogspot.com) con cuarenta entradas, un curso de escritura y mucha, mucha lectura de todo tipo) puedo presentar en sociedad el segundo libro la serie MUNDIPOL. La primera entrega, EL MISTERIO DEL HOMBRE ARBOL, mostró una historia multiescénica en la que se conjugaban el ansia científica por el control del cáncer a través de la música fractal con la ambición de grupos mafiosos y la necesidad de expiación de la deuda espiritual de una familia. Los investigadores policiales, personajes de carne y hueso limitados por sus pasados subyugadores, aparecían enfrentados entre su deber y la admiración del individuo perseguido, luces y sombras en las que cobraban relieve sus propias contradicciones.
            En esta ocasión, en TINIEBLAS DE SEDA, un embalsamador del siglo veintiuno usará la sociobiología arácnida y el arte moderno para sembrar la Sierra del Montsec de esculturas mortuorias. En una versión al aire libre de Vilanova de Meià de los crímenes del museo de cera, los inspectores de la Mundipol, Ofelia Guerendiain, Gisella Kramer y Tim Nguyen quedarán atrapados en una trama de venganzas y conspiraciones, y en sus propios conflictos internos de melancolía y desamor. Una vez más espero ser capaz de dar otra vuelta de tuerca al género policial para ofrecer una obra original, entretenida, formativa y polémica.
            El próximo sábado ocho de octubre, aproximadamente a las 19 horas de España, en el café de Vilanova de Meià, el mismo café en que se reencuentran los personajes de TINIEBLAS DE SEDA, haré una presentación inédita de la novela y pondré a la venta una serie limitada de 100 ejemplares. La niebla, el invierno, la austeridad, las cuevas, los vuelos nocturnos, la seda, la venganza que no muere, el amor a destiempo, el olor a membrillo, Giacometti, Anselm Kieffer y Thailandia, se darán cita en esta obra.             Si deseas un ejemplar impreso, contacta conmigo en questesbien@gmail.com

LUCES Y SOMBRAS DE UNA ESTRELLA

                Leo los mitos sobre la protección solar y aprendo que pocos se acuerdan de resguardar los ojos tras unas adecuadas gafas que nos oculten de rayos de más de 400 nanómetros, los rayos UVA y UVB (en la nieve sí nos acordamos, que los rayos reflejados dejan ciego). Las camisetas mojadas, tan sexis, no protegen del sol y las cremas factor 30 no cubren el doble de las 15, sino un 4% más. Ponerse moreno antes de vacaciones no defiende del sol más que un factor 3 y los negros no están a salvo del cáncer de piel, el cáncer más frecuente en Estados Unidos.
                Mientras pienso en ello, recuerdo a las mujeres vietnamitas que conducen las motocicletas a 38 grados Celsius de temperatura parapetadas bajo gorros de tela, máscaras, gafas de sol, guantes a lo Gilda color carne, sandalias con calcetines que transforman sus pies en pezuñas de dos dedos y comprendo todo ese camuflaje que nada nos sorprendería si lo que quisiéramos es refugiarnos del frío. Y si por un momento llego a pensar que es debido a la conciencia que la población tiene de los perniciosos efectos de las radiaciones ultravioletas sobre el DNA, pronto me lo quitan de la cabeza los comentarios de mi mujer. Es solo una cuestión de estatus.
                En los países de escasez de rayo solar, el moreno define al triunfador, al narcisista, al deportista, al que dispone de medios económicos y tiempo para cuidar su imagen y su ocio, y proyecta una imagen de salud, de éxito. Por lo contrario, en países como Vietnam, y desde luego en Saigón, la ciudad del perpetuo verano, el tono de la piel disminuye conforme aumenta el estatus que se tiene o se desea aparentar. Pareces una camboyana, se sueltan para pincharse dos amigas. Y por las calles flotan sílfides de ojos gatunos montadas sobre sus zapatos, altas colinas, y se acarician la melena mientras dejan caer la cabeza a un lado y su blanca palidez refulge bajo la luna, los focos de los escaparates o la luz de neón, o son esas empresarias de figura recia, enjoyadas en piedras tan grandes como su ambición, tan llenas de aristas como su carácter, enfundadas en vestidos negros, el luto por su muy reciente difunta miseria, los zapatos brillantes que golpean el asfalto sin piedad, las voces prepotentes, cortantes, chabacanas, y sus pieles blancas. Y esos prejuicios no quedan tan lejos del sentir de los españoles, que hace menos de cincuenta años oían comentarios parecidos, y todo moreno era tenido por aceituno, mozárabe, camarero o recogeperas.




martes, 13 de septiembre de 2011

SOY POLIGAMO

No os asustéis. No me he vuelto a casar. Por poligamia el Diccionario de la Real Academia de la lengua española define el régimen familiar en que puede tenerse varias esposas. Es una práctica prohibida por ley en casi todo el mundo y por las religiones católica y hebrea, no así por la musulmana, aunque por motivos diversos (el económico debe ser el principal) la mayoría de países islámicos solo lo acepta en supuestos muy concretos, con el consentimiento de la mujer o en caso de enfermedad mental o esterilidad de la misma. Pero es conocido que diccionarios y leyes van siempre por detrás de la vida real de las palabras y los hechos.  
            Os aseguro que muchos días siento una zozobra insoportable derivada del exceso de hormonas femeninas a mi alrededor. Una mujer, dos hijas, dos niñeras y una suegra es mucha mujer para alguien que proviene de un pasado de dominancia masculina (dos hermanos, padre, gato y loro). Porque a fin de cuentas, el acta de matrimonio, único o múltiple, solo legaliza o reconoce un hecho convivencial en el cual puede además presumirse un acto sexual y unas repercusiones económicas frente al conyugue o la administración. Pero si prescindimos de estos detalles pecuniarios o fornicatorios, queda toda esa gran parte del quesito estadístico o de la esfera del reloj diario o anual que es la convivencia pura y dura. Y en eso, con o sin papeles, en nada se diferencia mi vida de la poligamia.  Me imagino esos granjeros americanos o esas familias de los cotagge ingleses, pendientes de casar a las niñas, el padre rodeado de trenzas, lazos y enaguas a la hora del desayuno, risas adolescentes o gritos premenstruales, y los proyecto sobre lo que va a ser mi vida con una cierta inquietud. Y hago recuento y veo que mi situación es minúscula comparada con la de mis vecinos. Mi primo que tiene seis niñas y…sí, finalmente el niño. Mi amigo Ángel que vivía en una casa de masaje de Saigón con veintisiete chicas, más la novia. Mi amigo Nicolás que vivió en un burdel investigando la situación del trafficking, o yo mismo en el pasado cuando recuerdo la hiperpoblación del hospital de médicos hembra o las escuelas de bellas artes de Florencia donde era el único que no se sentaba en el WC.
            Frente a este acoso de XX contra el XY, y porque nunca llueve a gusto de todos, en China se calcula que hay un déficit de 50 millones de mujeres (eran pocos y parió la…) y en Australia, ser mujer es un criterio de discriminación positiva ante la oficina de inmigración. Ante esta situación de dominio ovular tan nueva para mí solo puedo limitarme a sonreír de vez en cuando y ausentarme a menudo para recuperar mi identidad, pues a fuerza de contacto acabaría disuelto en perfume, tonos agudos infantiles y sofocaciones postmenopáusicas. Si queréis abundar en la materia:  
http://filosofiaderecho.blogspot.com/2005/10/materiales-3-poligamia-y-pensin-de.html

lunes, 15 de agosto de 2011

ENTOMOLOGIA URBANA: INSECTOS SOBRE RUEDAS.

      Pasa una con su espalda recta como un palo de escoba. La inclinación sobre el manillar es un ángulo perfecto, un número áureo de la trigonometría, como lo es la curva de sus caderas para la geometría. Será por aburrimiento, o quizás por su vuelo errático, caótico e incomprensible para mí,  pero siempre sorpresivo y a menudo irritante, por lo que he tomado la resolución de efectuar un estudio taxonómico de las especies sobre ruedas de la ciudad de Saigón. En particular, de las que vuelan sobre dos circunferencias, a motor o sin él. Para ser riguroso y a riesgo de resultar aburrido, debiera empezar por disponer una serie de cajones, (de madera, carcomidos y polvorientos), unos dentro de otros, con toda suerte de letreritos de papel, el celo amarillento, la tinta de bolígrafo difuminada por la humedad o recomida por un caracol diminuto, donde se leyera, en cursiva, familia, especie, clase, género, orden, rama y varias divisiones más que repetirían la fractalidad natural con que se divide un árbol o una coliflor, con las que los naturalistas en general, y los entomólogos en particular, clasifican a los seres vivos (habitualmente una vez muertos).
       Pero semejante actividad queda lejos de mi verdadera esencia, perezosa y desorganizada, o desorganizada por pereza, y por ello procederé como siempre, de un modo más libremente asociativo, por intuición, o pura asociación emocional.
       Y lo primero, y que más llama mi atención, son esas espaldas rectas, que parecen almidonadas o planchadas, que veo con poca frecuencia navegar distraídas, o quizás no tanto, la mirada perdida en sus pensamientos, el teléfono a la oreja, o los brazos estirados, rectos también sobre el manillar, cuidado que viene una curva y no vas a poder girar. A su alrededor y por comparación, todo parece vulgar, pesado, curvado por la gracia de un saco de heno, abollonado, sudoroso, oscuro, grávido, ruidoso.
     Lo siguiente que me sorprende, y arranca hasta sacudidas de risa, o manotazos hacia mi bolsillo en busca de la cámara de fotos, la del móvil, son los malabaristas o equilibristas. Puedes llevar una armario en una moto? O cuarenta docenas de huevos en bolsas de plástico sin que se rompan? O los pasteles de tu boda en una columna? Un listón de seis metros? Bombonas de butano tamaño misil intercontinental? Dos palmeras? Una corona de pompas fúnebres? Un acuario con sus peces? Cincuenta aviones de plástico? Más globos que la película Up? Un espejo de dos metros cogido con las manos? Sí, puedo. Y mucho más.
     En cajones secundarios y pequeñitos podría a los que hablan por teléfono con el brazo cruzado hacia la oreja contraria, para que no se lo roben; las de piernas largas desnudas, apenas cubiertas por una falda o pantalón que parece un cinturón ancho; las bellas durmientes que descansan peligrosamente contra el manillar o la espalda de su padre o marido; las que transportan sillitas de bambú entre el conductor y el manillar, con niño dentro, sin casco y con mosquitera en la cabeza; las que conducen mirando únicamente su teléfono móvil mientras chatean; todos los que se incorporan a un tráfico denso y peligroso sin mirar; los que circulan preferentemente por la acera; las que se tapan la cara con máscara de trapo; las que lo hacen con pasamontañas de lana a 38 grados; las de guantes largos tipo Gilda color carne; las que cargan más de cuatro pasajeros (en una moto? sí, sí) y así iría construyendo mi bestiario, que en lugar de conservarlo en una caja de corcho, de esas de bombones helados, atravesados por alfileres, acaba en caja de pino, bien barnizada, tras la visita, a ritmo de cien al día, a la sala de traumatología y neurocirugía del hospital de Cho Rai.
      Y por si no se han dado cuenta, las únicas que se salvan casi siempre, porque su levedad las sustrae de los avatares de este mundo, o porque son diosas inconscientes de su poder, o todo lo contrario, y se saben inasibles, presas difíciles para el entomólogo, son las de la espalda recta, libélulas de Saigón, que siempre me producen la mágica sorpresa de una mariposa cuando se posa en el dorso de mi mano.


miércoles, 10 de agosto de 2011

VIVIR CON OJOS ABIERTOS

     Le digo al taxista que gire a la derecha, que tome la calle Le Duang en lugar de la calle Dien Bien Phu. El motivo es que a las seis y media de la mañana lleva menos tráfico. Pero también, que es una arboleda, y que pasa por delante de la catedral de Saigón. Y me pregunto si uno puede enamorarse cada vez, o cada día, de alguien o de algo que nos rodea, en cada destino al que vamos, para hacerlo más agradable, familiar o acogedor; crear un rincón de intimidad, una parcela de complicidad con un espacio, un objeto, un acto o un rito.
      En las últimas semanas he sufrido un intenso ataque de misantropía. Hace ya casi un año, cuando llegué a Vietnam, me sentí agredido por el clima, por el cielo gris, el calor continuo y la lluvia constante, agresiva, impertinente. Quedó superado por la experiencia y por la benigna y larga época seca. Ahora es la gente, su indolencia, su estulticia, su conducta descerebrada, ineducada, nuevo rica, paleta, la que me hiere, me repele. Por las mañanas miro el techo de la habitación y pienso, lárgate de aquí. Pero uno ya es veterano en mudanzas; casi podría tener mi propia empresa; y mantengo el timón firme o corro la tormenta emocional;  espero. Y por fin un día sale el sol, o en este país, mejor se oculta, pues aquí, el sol sobra tanto como el agua. Y entonces descubro que, casi sin darme cuenta, en las últimas semanas he creado nuevas rutinas, imágenes, personajes, sabores; ínfimos descubrimientos que, si me fuera, echaría de menos, como siempre demasiado tarde.
      La vida está repleta de pequeños duelos. La inquietud comercial de mi empresa ha puesto fin a mis viajes al norte, a Hanoi, donde a pesar de mi actividad social tirando a tímida, conseguí acercarme a un puñado de amigos. Pero también a un conjunto de imágenes y personajes, como los reflejos y las nieblas del lago del Oeste, o los paseos de las vendedoras de frutas y flores en bicicleta, o las comidas en el Metropol y los cafés concierto, y las cenas en el barrio de Nha Tho, la Notre Damme deshidratada, tamaño llavero, comparada con la verdadera. E incluso mis compañeras de trabajo en la clínica, las médicos francesas y holandesas, tan robustas por dentro como por fuera. Lo malo del duelo, es que como casi todo, lo lleva uno solo.
       Y entonces, he despertado de mi ostracismo voluntario en el que caí por ese cabreo existencial de baja intensidad que conlleva la neurosis de cierto abolengo. Había cerrado los ojos, había dejado de mirar con ojos de niño, esa mirada que en el adulto tanto exaspera a algunas mujeres que esperan en el subconsciente haberse casado con su padre, o con lo que representaba cuando ellas eran niñas, cuando se enamoraron de él, o de su apariencia de seguridad, y descubren que, o bien no conocían a su padre, o se han casado con un niño con bigotes y tarjeta de crédito, que no las escucha y se tira pedos.   
      Pero esa mirada curiosa, que nos regala poder sorprendernos con lo cotidiano, hacer descubrimientos en lo obvio, viajar por el planisferio de las asociaciones entre lo cercano y lo remoto, sobre todo cuando uno ha completado buena parte del puzle que representa el mapa de nuestra vida, esa mirada alimenta en buena medida la magia de vivir, del juego, de la fantasía. Es el área de nuestro espíritu que depositamos sobre lo que acontece, la luz con la que vemos, como una linternita, el desván ignoto del presente, y también la herramienta principal del escritor, y de todo aquel que quiera convertir lo habitual en único, excepcional o íntimo. Y cuando el color rosado, un carmín de Garanza, degradado en ocre y amarillo Nápoles, de los muros de la iglesia queda atrás, entre las motos, sonrío de nuevo y respiro mejor. Hoy ya no es un día cualquiera. Es un día especial.

lunes, 8 de agosto de 2011

VELATORIOS Y VELEIDADES

          El paseo marcial es una de esas visiones teatrales que aún quedan para demostrar hasta qué punto el ser humano permite ser alienado. Rostros largos, pasos más largos todavía, taconeo sobre las losas grises en una tarde de calor sofocante. Un guardia toca el pito cuando los turistas se acercan demasiado. Las coronas de crisantemos, con sus cintas multicolores, contrastan sus curvas aterciopeladas con las líneas del mausoleo neoclásico. El padre de la patria descansa y los soldados, vestidos de blanco, lo guardan. Gorras de plato, cintas rojas y doradas, rifles al hombro. Cambio de guardia a media tarde, con sus pasos y sus giros y sus gestos que pretenden sincronización y exactitud, bajo el rojo y la estrella. La escena aparece inmaculada y aburrida y solo un detalle me retiene allí. Un soldado fuera de lugar, se ha refugiado bajo la sombra de un árbol; es el único que parece relajado, está escribiendo algo en un papel, se saca un guante, mira el revolotear de una mariposa negra y sonríe. Sobre su figura se abren unas flores ambarinas que huelen a limón, y más allá, al fondo de la avenida, el relevo lejano ha abandonado el paso varonil por otro más natural y afeminado.  

lunes, 25 de julio de 2011

LOVE IS IN THE AIR

          Entran con los ojos bajos, o miradas al cielo, sonrisas forzadas, o completamente circunspectos, arrastran los pies, o caminan como si pisaran huevos, y entonces empieza la confesión, a veces liberatoria, o una sarta de mentiras, las que se quieren creer, y hacer creer a sus mujeres. Solo fue una noche loca, o alcohólica, o es la primera vez o será la última; excusas para rehuir la aceptación de su deseo, de su debilidad. La soledad es peligrosa y la tentación abundante. Una copa de más, una palabra de más, un roce de más y ya es demasiado tarde. Clamidia, gonorrea, sífilis, tricomonas, pediculosis, sida o hepatitis B esperan su oportunidad de ser compartidos en un país donde la doble moral es la regla, y la ambición y la codicia material están muy por encima de la integridad o de la pureza del alma de sus fugaces parejas.
Describen o muestran sus síntomas y a continuación, la imperiosa necesidad de expiar, de contar su desliz, de sincerarse con su cónyuge, de prevenir contagios. Intentan arreglar con franqueza y antibióticos lo que la infidelidad ha manchado, sin distinguir que fidelidad y lealtad no son lo mismo, que solo los niños son inocentes por algún tiempo, y que los tropiezos sirven para devolvernos un trozo del lado oscuro de lo humano, y nos dan mayor profundidad y dimensión. Y me miran como si yo fuera un juez, o un cura y yo solo les recuerdo que la vida hay que verla en perspectiva, que los humanos flotamos al capricho de las circunstancias, que solo la voluntad nos defiende.
La voluntad, la risa o la imaginación nos elevan por encima de la naturaleza, que se mueve por impulsos; pero al final, lo animal es fuerte y lo humano frágil, y es la naturaleza la que se burla de nosotros.

lunes, 11 de julio de 2011

ESTAMPIDA EN VUNG TAU

       
Desde hace años adoro los documentales de animales; las coreografías de aparejamiento, los viajes de desove, los festivos nacimientos en masa de los alevines, de las tortugas o de los mosquitos, y los movimientos migratorios. Los ñus, que tiñen de negro el Kalahari, las rayas de las cebras, los caminares hieráticos de millares de flamencos rosados, con sus picos en forma de mano egipcia mirando a derecha o izquierda, o las siluetas celestes en punta de flecha de las grandes aves, o las oscuras nubes de los estorninos con sus vaivenes caprichosos. El movimiento es inherente a la vida, y en su estado natural, la migración de los animales guarda armonía y elegancia, incluso, cuando al cruzar el río, los leones empujan y los cocodrilos esperan el ineludible paso de sus presas.
Por contra, la estampida es un fenómeno caótico, que arbitrariamente asocio a lo humano, a la destrucción y a la muerte. La palabra delata al que la pronuncia. Así, son típicas las estampidas de vacas en las películas de género Western, o las de los elefantes en las epopeyas africanas. Pero las peores, las más patéticas, son las de los animales racionales. Mi regreso del fin de semana en Vung Tau fue una estampida humana, con cinco filas de coches en dos carriles, que empujaban con los morros o con los cláxones; motos adelantaban a derecha e izquierda, cruzando nuestro vehículo sin mirar, en contra dirección por ambos carriles (al final no sabía si el que iba mal era yo); coches aceleraban sobre charcos de lluvia como lagunas, y levantaban peligrosas olas que tiraban sobre los motoristas; accidentes por todas partes, el cuerpo tapado con la manta, los policías tomando medidas (¿de la caja?), la mitad del pueblo mirando, la otra mitad vendiendo frutas a los espectadores, colas de dos horas para tomar un ferry de dos minutos de trayecto (¿para cuándo un miserable puente?). Y me recordó el salvaje Oeste, cuando después del genocidio indio, el gobierno otorgó a colonos famélicos y codiciosos, las tierras que pudieran conseguir a la carrera, en estampida.
Del mismo modo, los conductores del país de la lluvia, los pequeños nuevo-burgueses que llenan resorts de lujo y restaurantes  caros, exhiben en la agresividad de los gestos, la absoluta falta de respeto y un hambriento egoísmo. En Vietnam llueve dinero desde hace tiempo, pero la cultura tardará años en llegar, y la educación, ese amable camuflaje de opiniones y defectos, muchos más.

sábado, 2 de julio de 2011

DÍGASELO CON FLORES

         Es un eslogan tan anticuado como el color sepia, o la legía el guerrero, lava la señora, lava el caballero, o como la sonrisa de Netol. Sin embargo sigue siendo una cuestión de importancia nacional. El cardo es la flor nacional de Escocia (por qué será), la hoja del arce aparece en la bandera de Canadá, y el madroño representa a Madrid junto con el oso. En Hanoi se conocen las estaciones por las flores que se venden en la calle, y el madrugador mercado de las flores es una atracción para quien lo visita. Así pasamos de la inocencia invernal del lilium albo, a la corta pero intensa primavera de la rosa roja, hasta detenernos en la serena y prolongada presencia del loto rosa, que nos acompaña durante todo el pegajoso verano. El gobierno de Vietnam ha efectuado encuestas para decidir cuál debe ser la flor que represente a la nación. Quizás acabe por sustituir a una bandera de signos prestados por los rusos, la hoz y el martillo sobre un baño de sangre, y los brazos en alto y los puños cerrados se transformen en palomas y sonrisas. Las encuestas han superado por 70 a 30 a las flores del cerezo y el melocotón en favor de la flor de loto rosada. Su hermana blanca no ha sido tenida en cuenta. Y es que la flor de loto rosada está llena de sorpresas, pues cuando se abre, su corazón es un intenso escenario amarillo alrededor del cual bailan los estambres, y sus pétalos carmín de garanza se aclaran hacia un rosado amable y delicioso. Buena elección pues la del pueblo vietnamita.




martes, 28 de junio de 2011

CISNE BLANCO, LAGO NEGRO

            Thanh Nien, próxima al mausoleo de Ho Chi Minh, es una carretera que divide el lago del Oeste de Hanoi y forma la ensenada de Truc Bach, una superficie en que las luces de los restaurantes provocan reflejos ondulantes, la gente pesca, mira el lago y vende molinillos de colores para los niños. Al atardecer, una manada de cisnes blancos a pedales, surca la superficie con rumbos cambiantes, a capricho de padres e hijos. Por la noche, los cisnes se vuelven negros, y refugian a parejas que comparten una intimidad a prueba de mosquitos, y ajena a la muerte. El amor romántico ignora a la dama negra, y por eso a veces la encuentra. No conozco lugar en el mundo donde los cisnes de pedales naveguen en las nocturnas aguas de un lago, en un país en el cual gran parte de la población no sabe nadar. La conciencia del riesgo aumenta con la edad, y Vietnam es un país de gente joven, muy joven. Más de 40 personas mueren cada día por accidentes de tráfico en este país que los japoneses invierten fondos en educación vial y construcción de carreteras. El gobierno quiere grabar la compra de vehículos con un impuesto que podría oscilar entre el doble y diez veces el precio de compra, "para limitar el incremento de vehículos circulantes”, pese a que en el Ministerio de Justicia levantan voces opuestas, alegando que atenta contra el derecho a la propiedad privada. También quieren multar a la sobrecarga de vehículos, aunque la motocicleta sigue siendo el vehículo de transporte familiar. Pero el paisaje que domina son motos con cinco pasajeros, los niños sin casco, sobrecargadas como hormigas, o que circulan a toda velocidad por las aceras (pobres peatones), los conductores hablando por teléfono, con cascos de juguete, y la mínima presencia, tan urgentemente necesaria, de transporte público.



lunes, 6 de junio de 2011

TAXI DRIVER, CUANDO LA PRISA MATA

          Tomo un taxi. Se incorpora a la circulación sin mirar. Un golpe metálico. Una moto bajo las ruedas. El taxista espera, dubitativo; mira por fin, un poco tarde. ¿Saldrá a comprobar que ha pasado? No tiene prisa. El taxímetro no corre si el coche no circula. Peor para él. Sale y ve como otro hombre ayuda a una mujer a levantarse del suelo. La moto no se ha roto. La mujer tampoco. Ni hola, ni lo siento ni adiós. Seguimos circulando. El claxon no para. El aire acondicionado me agrede. Los pasos de peatones no existen en la mente del conductor. Me temo que los peatones tampoco. Las motos sí, porque obstaculizan el tráfico. Los taxímetros se mueven a diferente ritmo según la compañía y el conductor. Hay que buscar compañías honestas, pero nadie está a salvo. Cuando tengo prisa tomo un Xe Om, un moto-hombre, o literalmente, moto-abrazo. Las moto-taxis son más rápidas que los taxis, porque circulan sobre las aceras, más baratas, más peligrosas. No llevan retrovisores. No miran. Salgo del taxi, congelado. Se me empañan las gafas por la humedad y la abismal diferencia de temperaturas, de la nevera al horno.
La conducción vietnamita refleja su carácter, o su escala de valores. Tú no me importas. No existes en mi mente. No tengo que hacer cola. Tú no estás ahí. Solo yo, yo, yo y después yo. Tal vez sea un estado previo al amor al prójimo. Primero necesito estar colmado para empezar a repartir. Buen principio en un país comunista, al menos en los carteles de propaganda, de diseños tan desfasados como la simbología que los adorna, porque la ideología, en la calle, no existe, o en todo caso, se llama prisa y dinero. En medio de ese mundo que se acelera cada día, de tanto en tanto, una vieja con la cara arrugada como una pasa, con la boca como un monedero de nuestra abuela, un diente arriba y otro abajo, lo justo para cerrarla sin que la abra el viento, bajo un sombrero de paja y vestida de colores intensos, circula en bicicleta, a cámara lenta. Transporta flores o fruta, pero también silencio, paciencia, perseverancia, humildad, y una sonrisa inagotable, la mueca afable del que lo ha comprendido todo o del que cree que no hay nada que comprender, solo vivir, seguir viviendo.







lunes, 23 de mayo de 2011

LA NOCHE Y EL MOVIMIENTO DE LAS FLORES

           El mundo de las flores es apasionante. Tal vez lo más sorprendente es como desafían su condición de inmovilidad con toda suerte de acontecimientos móviles. Desde el continuo crecimiento de sus tallos, la apertura de sus pétalos, el balanceo de sus estambres, el vuelo de su polen o la caída progresiva en un opaco estado de marchita languidez cuando alcanzan la madurez y la muerte. Una suerte de bailes diurnos y vespertinos que las hacen merecedoras de nombres encantadores, como los girasoles, los heliotropos o los dondiegos de noche, sin olvidar a las feroces plantas carnívoras.
Me vienen a la mente esas colecciones de féminas tan parecidas y próximas unas a otras como multiplicadas imágenes caleidoscópicas, dispuestas en las entradas de algunos locales, uno junto al otro, que llenan pequeñas plazas secretas, secretos a voces, en el distrito primero de Saigon. En cuanto cae la luz, se encienden los farolillos de seda, linternas ocres y rojas, y aparecen esos cuerpos aniñados en los sórdidos portales, con sus Ao Dai de vivos colores, como preciosos dondiegos nocturnos en medio de la maleza. En cada local exhiben unos tonos distintos, y recuerdan, en su conjunto, a los variados parterres de un romántico jardín inglés. El Ao Dai, el vestido que entallaron los franceses para resaltar la diminuta anatomía de las vietnamitas, ante cuyos cuerpos las francesas de la época debieron ser degradadas al mundo de los equinos. Frente a ellas transitan hombres de ojos semicerrados, por la raza o el alcohol, solitarios o en grupos, profundamente solos, con trajes tan oscuros como sus cabellos, mucho menos precavidos que Ulises ante sus cantos de sirena. Sentadas sobre un taburete alto, con la pierna cruzada, conversan entre ellas descuidadamente, recostadas hacia atrás o flexionadas hacia delante, pero en cuanto advierten la presencia de algún posible cliente reaccionan, solas o en grupo, con movimientos acuáticos, ondulantes y etéreos como las anémonas en un banco de coral, lanzando tentáculos invisibles de perfume y sonido, cantos que exaltan los sentidos y adormecen la voluntad. A ratos, esos moscardones de ojos irritados y miradas encendidas, osadías etílicas, la timidez anestesiada, caen en la trampa de Circe y son engullidos hacia el interior de los locales donde se vende compañía.


lunes, 16 de mayo de 2011

MEN ALONE, FOR MEN ONLY

Si bien las historias sobre mujeres, desde el principio de mi vida en Vietnam, me parecieron curiosas y atractivas, las historias sobre hombres han empezado a llamar mi atención no hace tanto, tal vez por ser más previsibles, tópicas o repetitivas. Y si las primeras las descubrí en la calle por sus rastros de perfumes, movimientos sinuosos de colores vivos, indicios de intenciones, rostros disimulados, perfiles equívocos, todo promesas o esperanzas, las segundas se me muestran en espacios cerrados, evolucionadas en el tiempo, como si hubiésemos abierto el libro por la mitad, más allá de la introducción, adentrados en el nudo, tal vez cerca del desenlace, de relatos de amor con final feliz, o con triste retrogusto, de tramas de redención, o apologéticas con final positivo, o negativo.
Son historias de hombres solos, donde el protagonista se muestra en la etapa de las consecuencias, con sus enfermedades de Afrodita, con frecuencia reincidentes o con sus ansias semiocultas de ver cumplidos, un poco tarde ya, sus más primitivos deseos. Aparecen con sus Evas de larga melena negra, cogidas de la mano, que intentan no convertirse en la mujer de Lot, o me hablan de un Adan desconocido que les atacó la retaguardia la noche anterior, errores de Noe al emparejar colores, edades o sexos, como los de una asistenta de hogar distraída, cuando despareja los calcetines familiares. Unos piden remedios, otros piden refuerzos, pero nadie parece dispuesto a renunciar al placer. Algunos añoran a sus familias, mientras sacrifican cumpleaños infantiles no presenciados, pero la oportunidad de un sueldo de expatriado es demasiado tentadora para renunciar a ella. Viven en habitaciones de hotel, lujosas en objetos, carentes de sonrisas cálidas, rodeados de artificiales protocolos de bienvenida y bufetes de desayuno multinacional. Pisan más pasarelas de avión que avenidas en las calles, entre despachos y relucientes coches choferizados. Otros han abandonado a su familia por una tentación más oscura y se pasean por el Sudeste asiático entre pastillas para el reuma y otras para alargar la erección. Les acompañan Lazarillos hembra, sustituto de hija y mujer a la vez, Lolitas asiáticas, que agradecidas por los regalos, les devuelven un cariño epidérmico, rápidamente devaluable o intercambiable.
A veces los observo en las barras de los restaurantes japoneses, con los palillos en la mano derecha y un comic en la izquierda. Una mujer se acerca y dice suavemente, do you need a girlfriend for tonigth? Son hombres solitarios, hombres solos, con sus historias solo para hombres.


miércoles, 11 de mayo de 2011

LEONES SOBRE RUEDAS

          Hace ya mucho tiempo que leí una historia bella y triste, la de un viejo que se hace a la mar con el propósito de pescar un gran pez. Tras muchas penas y privaciones, un día consigue su objetivo y captura un hermoso ejemplar. Pero cuando toma el rumbo a casa, al poco advierte en el agua un hervor, un encrespamiento a lo lejos, el refulgir de los lomos ya más cerca, el chapoteo de las colas junto al barco, la emergencia de aletas grises primero y blancas mandíbulas de afilados dientes después. La sangre corre, el remo golpea hasta que se rompe, el viejo lucha hasta que se agota. La batalla es desigual, el hombre contra la naturaleza, la abundancia contra el hambre, la soledad contra la organización. El regreso a casa es triste. Una victoria agridulce. Cazó al pez, pero no pudo disfrutar más que de su entierro.
Los camiones surcan las carreteras de Vietnam como torpes escarabajos, caravanas multicolores, con sus rugidos, sus estertores, las interminables colas. El camionero es un ser primitivo, solitario, a menudo autónomo, a veces violento. Su instinto le lleva a comer donde se come bien, a dormir donde puede y a evitar los peligros. Pero, como los grandes rebaños que cruzan el Kalahari en los cambios de la estación seca a la húmeda, son conscientes de que su tránsito atraerá a los depredadores.
El depredador aquí no es solitario, caza en grupo. Los trayectos de los camiones son bastante predecibles, y los cazadores, leones del asfalto sobre motos blancas, solo tienen que seguirlos como los balleneros a sus presas. O ni siquiera eso: se llaman unos a otros, y esperan a la caravana en los puntos críticos. Las empresas camioneras saben que los viajes tienen un precio, un coste extra, como siempre ha sido en el mundo del comercio. La cuestión es minimizar las pérdidas, pactar con el jefe de la manada antes del viaje, para que sus leones de pardos uniformes muerdan lo justo y llegado el caso, escolten a los camiones y los protejan de las hienas. Un trayecto de Ho Chi Minh City a Hue cuesta un sobre de más de 100 euros. Nuevamente la batalla es desigual e inútil: el hombre contra la naturaleza del hombre, la abundancia contra el hambre, la soledad contra el delito organizado.


domingo, 10 de abril de 2011

TACONES, TIRABUZONES Y PECES DE COLORES


      A medida que va pasando el tiempo de mi estancia en Vietnam, me es siendo dada la oportunidad de observar o tener noticia de múltiples tipos de relaciones humanas machiembradas, que desbordan mi imaginación y alimentan mi curiosidad. Ya desde buen principio, me habían llamado la atención las chicas de los tirabuzones. Blancas de piel, porque suelen llevar existencias vespertinas, trotan más que caminan sobre zapatos charoleados de vertiginosas alturas y pendientes insanas. Pantaloncitos, tan cortos como permitan la imaginación y el buen gusto, porque el clima tropical es proclive, ondulan sobre sus carnes lozanas, flácidas, y escasas, cubiertas por medias fantasía. Pero lo más adorable son los tirabuzones. No se trata de melena ni de pelo cardado; tampoco es una permanente ni son extensiones. Son volutas de seda, bucles de chocolate brillante que caen sobre los hombros descubiertos en un movimiento tan delicioso y desmayado que las fuentes manieristas no llegan a imitar, ni los pintores de la gracia, como Boticelli, Rafael o el Perugino o los oníricos simbolistas no podrían pintar.
Y me pregunto si la complejidad y longitud de sus tirabuzones será proporcional, como las astas de las cornamentas de los grandes ciervos, a la veteranía de las hembras o al número de traiciones o derrotas al que han sometido a sus iguales.
Y si deduzco, tal vez erróneamente, que estas mujeres, que se posan como cisnes negros en las butacas de las terrazas y cafés, y que superan a Eva en su capacidad tentadora y se acercan a la Nefernefernefer de Mika Waltari en su codicia y ambición, no han conocido el amor por precoces o impermeables, más allá de ellas vienen las fibrosas "mujeres de", tal vez pretendiéndose competidoras de las anteriores, que traslucen la tristeza de la soledad, la amargura de la decepción o el rictus de la venganza consumada y repetida.
Las "mujeres de" pueblan las terrazas en horario opuesto a las anteriores. Normalmente por las mañanas, tras aparcar a las criaturas en el colegio, toman zumos con ojos tristes y se lamentan de su suerte junto a su bolso de Luis Vuiton. Su piel es morena y su cuerpo fibroso y tenso por el estrés de la indolencia y las horas de gimnasio. Las noches que sus maridos viajan, tal vez a los brazos de unos tirabuzones en otros países vecinos, ellas salen a bailar, solas o en manada, y en las discotecas se lanzan sobre sus víctimas como los delfines a un banco de arenques. Los hoteles 24/24 que abundan en la ciudad, logran intimidades tan fugaces como el alivio que causan estas relaciones con becarios de embajada, representantes comerciales o profesores de windsurf, por lo general, pescados azules, de carne dura y poca escama.
Y si estas dos especies de bellezas se sienten cómodas en las terrazas, como si fueran los peces de colores de un banco de coral, más allá del arrecife, en pleno mar, otras se mueven continuamente, tiburones de dientes de leche, sentadas en sus motocicletas con un teléfono en el bolsillo, el oficial, y otro en la oreja echando humo, el del pluriempleo. Estas mujercillas se parecen a las de los tirabuzones pero con defectos de fábrica. El pelo no brilla, y se apelmaza bajo el casco de la moto, el carmín de los labios es demasiado violento, los ojos excesivamente rimelizados, y mientras las oigo gritar para reclutar a otras porque el cliente quiere más, echo de menos la apariencia de calma de las anteriores. Estas tirabuzónicas con minúsculas, conducen sus motos peligrosamente mientras acuerdan, en el trayecto hacia un cliente, el encuentro con el siguiente. Como buenas depredadoras, suelen atacar a presas más debilitadas y necesitadas que las especies anteriores, y por ello, lo habitual es verlas acercarse a víctimas de cabellos plateados, albos o ausentes, antes de desaparecer con ellos a gran velocidad. 
Más en las profundidades, lejos de la espuma, el ruido y el glamour, en aguas oscuras y poco exploradas, en la arena del fondo de la sima, pasean en silencio, como mantas-raya, todas las divorciadas facultativas, las mujeres cuya pobreza les impide divorciarse, algo que en Europa es, por suerte, ya menos frecuente. En ocasiones suben a la superficie, y como la historia de la sirenita, encuentran a algún marinero naufragado, al que hacen compañía, sabiendo que su cola de pescado imposibilitará un final feliz, y temiendo que su Neptuno doméstico, sobre todo si es vietnamita, pueda infringir una venganza violenta y cruel al marinero o a ambos.
Finalmente, ajenas a lo que ocurre en el mar, o tal vez testimonios impotentes de la lucha por la vida, se sientan en la orilla, en la tranquila arena de la playa, esa colección de mujeres que la suerte o sus decisiones las han convertido en solitarios seres errantes, víctimas de la clepsidra, y miran los reflejos de tirabuzones, carmines o tacones como los rayos del sol en el agua, esperando, looking for someone.