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domingo, 10 de abril de 2011

TACONES, TIRABUZONES Y PECES DE COLORES


      A medida que va pasando el tiempo de mi estancia en Vietnam, me es siendo dada la oportunidad de observar o tener noticia de múltiples tipos de relaciones humanas machiembradas, que desbordan mi imaginación y alimentan mi curiosidad. Ya desde buen principio, me habían llamado la atención las chicas de los tirabuzones. Blancas de piel, porque suelen llevar existencias vespertinas, trotan más que caminan sobre zapatos charoleados de vertiginosas alturas y pendientes insanas. Pantaloncitos, tan cortos como permitan la imaginación y el buen gusto, porque el clima tropical es proclive, ondulan sobre sus carnes lozanas, flácidas, y escasas, cubiertas por medias fantasía. Pero lo más adorable son los tirabuzones. No se trata de melena ni de pelo cardado; tampoco es una permanente ni son extensiones. Son volutas de seda, bucles de chocolate brillante que caen sobre los hombros descubiertos en un movimiento tan delicioso y desmayado que las fuentes manieristas no llegan a imitar, ni los pintores de la gracia, como Boticelli, Rafael o el Perugino o los oníricos simbolistas no podrían pintar.
Y me pregunto si la complejidad y longitud de sus tirabuzones será proporcional, como las astas de las cornamentas de los grandes ciervos, a la veteranía de las hembras o al número de traiciones o derrotas al que han sometido a sus iguales.
Y si deduzco, tal vez erróneamente, que estas mujeres, que se posan como cisnes negros en las butacas de las terrazas y cafés, y que superan a Eva en su capacidad tentadora y se acercan a la Nefernefernefer de Mika Waltari en su codicia y ambición, no han conocido el amor por precoces o impermeables, más allá de ellas vienen las fibrosas "mujeres de", tal vez pretendiéndose competidoras de las anteriores, que traslucen la tristeza de la soledad, la amargura de la decepción o el rictus de la venganza consumada y repetida.
Las "mujeres de" pueblan las terrazas en horario opuesto a las anteriores. Normalmente por las mañanas, tras aparcar a las criaturas en el colegio, toman zumos con ojos tristes y se lamentan de su suerte junto a su bolso de Luis Vuiton. Su piel es morena y su cuerpo fibroso y tenso por el estrés de la indolencia y las horas de gimnasio. Las noches que sus maridos viajan, tal vez a los brazos de unos tirabuzones en otros países vecinos, ellas salen a bailar, solas o en manada, y en las discotecas se lanzan sobre sus víctimas como los delfines a un banco de arenques. Los hoteles 24/24 que abundan en la ciudad, logran intimidades tan fugaces como el alivio que causan estas relaciones con becarios de embajada, representantes comerciales o profesores de windsurf, por lo general, pescados azules, de carne dura y poca escama.
Y si estas dos especies de bellezas se sienten cómodas en las terrazas, como si fueran los peces de colores de un banco de coral, más allá del arrecife, en pleno mar, otras se mueven continuamente, tiburones de dientes de leche, sentadas en sus motocicletas con un teléfono en el bolsillo, el oficial, y otro en la oreja echando humo, el del pluriempleo. Estas mujercillas se parecen a las de los tirabuzones pero con defectos de fábrica. El pelo no brilla, y se apelmaza bajo el casco de la moto, el carmín de los labios es demasiado violento, los ojos excesivamente rimelizados, y mientras las oigo gritar para reclutar a otras porque el cliente quiere más, echo de menos la apariencia de calma de las anteriores. Estas tirabuzónicas con minúsculas, conducen sus motos peligrosamente mientras acuerdan, en el trayecto hacia un cliente, el encuentro con el siguiente. Como buenas depredadoras, suelen atacar a presas más debilitadas y necesitadas que las especies anteriores, y por ello, lo habitual es verlas acercarse a víctimas de cabellos plateados, albos o ausentes, antes de desaparecer con ellos a gran velocidad. 
Más en las profundidades, lejos de la espuma, el ruido y el glamour, en aguas oscuras y poco exploradas, en la arena del fondo de la sima, pasean en silencio, como mantas-raya, todas las divorciadas facultativas, las mujeres cuya pobreza les impide divorciarse, algo que en Europa es, por suerte, ya menos frecuente. En ocasiones suben a la superficie, y como la historia de la sirenita, encuentran a algún marinero naufragado, al que hacen compañía, sabiendo que su cola de pescado imposibilitará un final feliz, y temiendo que su Neptuno doméstico, sobre todo si es vietnamita, pueda infringir una venganza violenta y cruel al marinero o a ambos.
Finalmente, ajenas a lo que ocurre en el mar, o tal vez testimonios impotentes de la lucha por la vida, se sientan en la orilla, en la tranquila arena de la playa, esa colección de mujeres que la suerte o sus decisiones las han convertido en solitarios seres errantes, víctimas de la clepsidra, y miran los reflejos de tirabuzones, carmines o tacones como los rayos del sol en el agua, esperando, looking for someone.



sábado, 9 de abril de 2011

PIÑA Y SANDÍA

Veo los trozos de piña, puntiagudos, fibrosos, ácidos, amarillos, como su fruta toda, con ese penacho de hojas que emergen como espadas desde su cabeza, y en el mismo plato, los cubos de sandía, rojos, dulces, blandos, mullidos, y su fruta, blanda, redonda, pesada, de hojas flácidas e indolentes, y se me aparece el Norte y el Sur de Vietnam, con sus caracteres tan dispares, ambos, el rectángulo rojo y las espículas amarillas, juntos en la bandera que une sus destinos. Y también, aunque a la inversa, las flores amarillas de la suerte por año nuevo en Saigón y las rosadas o rojas en Hanoi, en un delicioso diálogo de colores entre dos realidades cada vez más diluidas, aunque sus acentos sigan delatándoles, y sobre todo, esa forma de los norteños de pronunciar la erre como una zeta, así como otras consonantes, y que les da ese ceceo dulzón que contrasta con la fuerza y sequedad de su dicción de los cinco tonos. Ajena a mis digresiones, mi profesora de vietnamita sigue insistiéndome en la pronunciación. 

miércoles, 6 de abril de 2011

BUN CHA

En mi nueva vida hanoinana voy descubriendo pequeños tesoros, como el placer de comer un Bun Cha, cerca del hospital. Junto a la carretera, entre el barro, la llovizna y el ruido de las motos, cruzo las bicicletas aparcadas de las vendedoras de flores, las que compran cada madrugada en vecino el mercado de la flor. Composiciones de color que alegran el invierno gris. El local está abierto, apenas protegido por un toldo. Me siento en un minúsculo taburete y mis rodillas sobresalen por encima de la mesa como dos colinas. En un minuto, cae sobre la misma una gradilla de ensaladas y mentas, un plato de pasta de arroz apelmazada y ese cuenco humeante de sopa ácida en la que flotan las hamburguesillas y las láminas de manzana ácida, las que le dan ese sabor tan especial. Para los que no tenemos manías y queremos alejar a los malos espíritus, nos acercan un cuenco lleno de ajo y guindilla machacada, ot va toi. La gente se me sienta delante, tan cerca que podríamos besarnos, de ahí la utilidad del ajo, y mientras, la dueña y sus diminutas hijas gemelas gritan como cornejas y atrapan a los transeúntes, que van cayendo en sus redes de olor a carne a la brasa y de simpatía. Chaaa, chaaa se va oyendo como un graznido dispersado por el ventilador que vivifica las brasas. Tien tien? Ba muoi , son treinta mil, poco más de un euro, la mitad de lo que me costará el café en esas cafeterías americanas con WIFI, tan concurridas por expatriados y vietnamitas ricos.