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jueves, 27 de diciembre de 2012

UN OJO OPORTUNO



                A los dieciséis me compré mi primera cámara de fotos, de segunda mano, una Olympus OM2, manual, metálica, con funda de cuero caoba. Tiraba fotos en blanco y negro, más baratas, hasta que llegó FOTOPRIX  a la calle Balmes con Consejo de Ciento hace casi treinta años. Tomaba el autobús para ir a revelar las fotos en color a esa tienda, el único lugar que me permitía pagarlas con lo que sacaba de clases particulares. Por aquellos tiempos, los ochenta, pensaba en que un buen fotógrafo necesitaba llevar siempre una cámara en la mano. En aquella aun época de película celuloide, no podía cambiar de color a blanco y negro con solo darle a un botón, y acabé paseando dos cámaras, una con película en color y otra en blanco y negro. Lo mismo ocurría con las sensibilidades (ASA). Por otra parte, los carretes de 36 imágenes eran proporcionalmente más económicos que los de 24 o 12 y eso complicaba las decisiones.
                Conocí a Francesc Catalá-Roca en una barbacoa. Paseaba una cámara pequeña, casi de juguete, como esas que se ganaban en las casetas de tiro con balines, en las ferias de verano, y que sacaban un rostro de plástico con mofletes colorados, sonriente, empujado por un muelle al darle a un resorte. Le pregunté por su cámara, que parecía muy simple, y me dijo que lo más importante de la cámara era el ojo. Del mismo modo que el instrumento más importante del oficio del médico es la silla, y más que su fonendo, lo que hay entre los extremos, la cabeza del médico.
                Hoy en día no hace falta llevar una gran cámara en el bolsillo. Los teléfonos móviles llevan cámaras con distintos ASA, en color, sepia o blanco y negro, con video, grabador de sonido, todo. No hay excusa. El ojo que ve puede registrarlo todo. Lo importante es el ojo.
                Pese a mis dos años en la ciudad de la lluvia y el surrealismo, no me resigno, sigo mirando, y descubro nuevos temas, viejos protagonistas, nuevas imágenes. No cedo al adocenamiento, a la modorra de la rutina. Mantengo el ojo abierto a la sorpresa. Lo importante es el ojo. 



viernes, 7 de diciembre de 2012

BOCADILLOS DE CABALLA


            En la calle Dien Bien Phu, entre Pham Ngoc Tach y Pasteur, afloran por la mañana temprano los puestos de bocadillos, banh mi, y otras ofertas gastronómicas. En unos wok plateados hierven unos churretes pardos. Me acerco a preguntar. Son de pescado. Un día me atrevo y desayuno bocadillo de pescado. No quiero imaginar ni preguntar de qué pescado se trata. No sabe a nada, así que imagino que es Pangasus, la panga con que Vietnam ha invadido los supermercados de España y del mundo entero gracias a su precio y a que no tiene espinas. Pescado blanco, inodoro, insaboro, masticable, proteico y barato.

            Entonces me acuerdo de los bocadillos de pescado que he comido en mi vida, desde los de atún en aceite del colegio hasta los bocadillos de caballa de Estambul.

            A las cinco de la tarde, el sol bajo, el agua azul marino casi negro revuelta por el tráfico de los ferris que van y vienen de la parte antigua a la parte nueva del cuerno de oro, o de la costa europea a la asiática, en Eminonu, donde acaba una de las líneas de tranvía entre chirridos, se acumulan las barcazas barbacoa que venden bocadillos de caballa. Las gaviotas chillan y se pelean por posarse sobre el tejado a la espera de una distracción de los cocineros. Bajo el toldo flamea un letrero ocupado en casi la totalidad de su longitud por el enrevesado nombre del dueño (BISMILLAHIRRAHMANIRRAHIM). Mujeres con velo negro y cada rolliza, hombres de mostacho poblado, nariz y barbilla largas como gárgolas o arietes marinos que protruyen a su encuentro, todos abandonan un instante las manos de sus niños o las cuentas de los rosarios y se acercan a las barcas que humean y en las que un vendedor vestido con chaquetilla adamascada y bombachos blancos grita buyuk, buyuk, buyuk. El muecín de la Yeni Camii canta y avisa del rigor y la devoción obligada, pero por unos instantes, cegados por el olfato, el estómago manda y los devotos se entregan a un placer mundano. En 2003, antes de la apreciación de la lira turca, un bocadillo costaba un dólar.
            De detrás de una tapia de latón aparece entre carreras un muchacho con un recipiente repleto de esos dedos de pescado rebozado. Los que tenía la tendera ya se han acabado.






 

LA DAMA DE SAIGON


                No sé quién es, pero ha encendido la llama de la curiosidad en mis ojos. Hace días que la esperaba con mi cámara y finalmente la atrapé. Pasa por delante de mi oficina cada mañana empujada a pedal en un ciclocarro, tirado por un hombre enjuto y moreno, elevado sobre su asiento, muy por encima de ella, como si fuera un gondolero, un remero en el asfalto. Una pareja que baila la lentitud, casi arrollados por la marea de motos que invade calzada y aceras, sin consideraciones, en las horas punta y siempre que les da la gana.

                No puedo dejar de pensar en ella. ¿A dónde irá? ¿Es francesa? ¿Vive sola? ¿Cuántos gatos tiene? ¿Qué come? ¿Té o café? ¿Sin azúcar? Cuántas personas pasan ante nuestros ojos en las grandes ciudades, la mayoría ignoradas, algunas odiadas repentinamente porque se interponen en nuestro camino y desafían nuestra particular concepción del orden del mundo. Pocas, muy pocas suscitan nuestro interés, una falda corta, una melena rubia… y ninguna, o casi ninguna, despierta nuestra ternura.

                La ternura es una emoción cálida, silenciosa, abnegada, irracional, que conforta más al que la lleva que al que la recibe. La ternura es frágil, nos acerca al hermano eterno y universal, al resumen esencial del ser humano. Me sugiere el amor de la epístola de San Pablo a los romanos, un amor que no pide recompensa.
                No creo que llegue a conocerla nunca. Quizás sea una vieja insoportable, llena de manías, una tirana en su segunda infancia. Tal vez sea mi orgullo el que me impida acercarme a ella. Lo dejaré en manos del azar. La añado en todo caso, a mi colección de avecillas urbanas.


 

martes, 27 de noviembre de 2012

HELADOS DE PAPEL


             Recuerdo que en la plaza del pueblo, en la tienda donde vendían de todo, desde sandalias de esparto hasta Vodka de antes de la guerra, durante un corto espacio de mi infancia pude comprar helados de galleta, cucuruchos con su bola de color rosado, todo galleta, nada helado. Costaban un real, una moneda que la mitad de España ya no recuerda, en una época donde la moneda de cinco duros era un regalo importante para un niño, y la de cincuenta pesetas una pieza inmensa y pesada.
           Tardé muchos años en volver a ver esos helados de galleta, secos, tan ligeros que parecen de papel. Los reales, esas monedas perforadas, nunca las he vuelto a ver. En Saigón no hay reales, pero hay galletas de papel, tan frágiles y etéreas como las avecillas humanas que las pasean en sus bicicletas, ajenas a la prisa y al egoísmo.
 

 

domingo, 25 de noviembre de 2012

EL CINE HA MUERTO, LARGA VIDA A LA TELEVISION


El cine ha muerto, larga vida a la televisión. Quien hablara del cine como de la séptima de las artes y más tarde se refirió a la televisión como telebasura, debería asomarse hoy a las carteleras y darse luego un paseo por las series televisivas de ACM, un sello que, al menos, deja tras de sí dos de las mejores series de televisión de los últimos años: MAD MEN y BREAKING BAD, mis series favoritas.
Al margen que a cada uno pueda interesar el tema, es indiscutible que todos agradecemos que nos cuenten una buena historia, o mejor aún, que nos la cuenten bien.
Nunca imaginé que hablaría de técnica narrativa refiriéndome a una serie de televisión. Pero eso es lo que dominan Vince Gilligan y su equipo en Breaking Bad.
Comencé mi recaída de teleadicto con la serie MAD MEN porque me parecía inteligente, excelente el trabajo de cámara, maravilloso papel el de los actores secundarios, y la descripción de una época a través de cientos de detalles, los noticiarios, el tabaco en todas partes, el machismo, la relajación social masculina tapada de hipocresía. Viví convencido de que no hallaría nada mejor en TV. Pero Breaking Bad rompió mis expectativas y las superó hasta convertirse en una adicción tan peligrosa como la metanfetamina que vende su protagonista.
El uso de los cliff hangers, una técnica de cierto género de novelas  para acabar los capítulos con expectativas interrumpidas y atraer al lector a nuevos capítulos, es manejado con suma habilidad y las introducciones en clave de flasback or flasforward (adelantar el final al principio) son impecables. Hay una gran riqueza de registros entre los personajes principales y secundarios y es aprovechada para crear un telón de fondo y describir una América sórdida, arquetípica, convencional, una sociedad media que lo pasa mal, que acumula frustraciones mientras se debate entre consideraciones y limitaciones morales, y que se opone a caracteres despiadados que aparentan vidas normales, casi ejemplares.
El cariño se empareja con la ira, el miedo con la ironía, el llanto con la hilaridad enloquecida, la cobardía con los actos de valentía heroica o con fría crueldad. Es una serie de tullidos, débiles, perdidos, de corte naturalista pero a la vez mostrando la particular visión de la América del narrador, como la Rusia de Gogol, real y universal, ficticia y particular, y donde los débiles luchan, evolucionan, ganan.
Es impresionante la capacidad para mostrar detalles técnicos, médicos, forenses, un detallismo a la altura de relatos de Cormac MacCarthy. Y el nudo narrativo gira y da vueltas como un remolino cada vez más cerrado hasta que explota y trae el final entre alivio y tristeza. Quieres que se acabe, pero no se acabe nunca, que tus personajes logren sus objetivos, aunque sabes que se están condenando, que abandonen, y que sigan luchando porque si no se termina la serie. La selección de las bandas sonoras (que parece un distintivo del sello ACM), desde boleros a rap mejicano, es un complemento exquisito.
Breaking Bad. Cinco temporadas, casi sesenta capítulos, de un sorbo, sin aliento. No os la perdáis. No deja indiferente. Es una experiencia de vida y muerte,… como todas.

jueves, 22 de noviembre de 2012

CASARSE POR TERCERA VEZ…CON LA MISMA MUJER


Oficina número ocho a las ocho, departamento de Justicia, calle Pasteur. El mismo que nos envió a por una traducción oficial a la Casa del Pueblo en el centro de la ciudad, la misma que nos entregó un teléfono móvil para concertar una entrevista fugaz en un bar para conseguir un sello oficial, el quinto timbrado del mismo papel para oficializar nuestra partida de matrimonio española.

A las ocho la sala de espera está casi desierta. Las ventanillas están desiertas también. Tras ellas, en segundo plano, un tribunal de tres personas con los dedos cruzados, la mirada perdida, una sonrisa enigmática (¿sonríen?). Junto a ellos, un espejo de cuerpo entero. En la oficina hay dos, con su marquito de madera que forma un frontón neoclásico a modo de sombrero en la parte superior. ¿Para qué los querrán en una oficina del Departamento de Justicia? Los funcionarios nos miran apenas, toman nuestro recibo y nos sacan a la sala de espera. El de la izquierda despliega su herramienta de trabajo, un diario local, y lo lee sin prisas.

Dentro de la pecera funcionarial, una mujer deambula sin rumbo fijo entre las mesas con movimientos acuáticos, amortiguados en una desidia densa como el agua, la vista en su móvil, con cara de cefalópodo, de una languidez abúlica, envuelta en un vestido que podría ser el camuflaje de una ardilla que pretendiera ocultarse sobre una encina o una sepia en el fondo marino. Se acerca a las ventanillas (por fin), pero en el último instante cambia de rumbo y se escurre por una puerta lateral. Mira el móvil. Suspiro (ella). Cambia de dirección y vuelve a entrar en refugio de los apáticos. Suspiro (yo).

Al otro lado de la sala, un corpulento WASP lacto-epidérmico, el traje perfecto, la chaqueta sobre el hombro, (rigores del trópico) camisa blanca, (parece un vendedor de biblias de los testigos de Jehova, de esos que van por parejas sonando timbres) aplasta un papel contra un pincho con impaciente gesto intimidatorio frente a Registro de matrimonios. Espere su turno. Rostros aburridos dentro. Rostros desorientados fuera. Hace una hora que espero. No ocurre nada. Pasa el tiempo frente mostradores vacíos, vacíos, vacíos. Cabezas vacías. Corazones de caucho. No son distintos de los del registro civil de Barcelona. Me imagino un relato de Dickens, La casa desolada. En un escenario como éste todo es posible, hasta que tu mujer entre para entrevistarse y desaparezca para siempre, de una ventanilla a otra. Por eso, cuando sale me alegro. Solo necesitan una foto de nuestra boda. ¿De cuál? ¿La de Vietnam o la de Barcelona? No importa. Con un poco de suerte, en unos días Vietnam contará con un matrimonio mixto más. Inscribir o legalizar nuestro matrimonio después de cuatro años, dos hijas y una emigración es como recasarse, Siento como si revalidara la apuesta. Sí, la apuesta (¿acaso alguien está seguro de cómo le va a salir? Rojo o negro, como la ruleta, y en medio la banca es el abogado, (y la banca siempre gana). Siento cierta emoción en la reválida, ningún arrepentimiento. Buena señal.



 

jueves, 1 de noviembre de 2012

OCTUBRE EN SEPIA. CIUDADES SIN OTOÑO.



El color sepia lo asocio al pasado. A fotos de mujeres con trajes de puntillas, de cuerpos fornidos y un halo oscuro alrededor de sus ojos. Miradas apasionadas, intensas y a la vez ingenuas. Un pasado desconocido. La vida pasa y ya empiezo a tener un pasado, incluso un pasado remoto. Otoño siempre ha sido mi estación favorita, hasta que lo dejé por Saigón, una ciudad sin otoño.
Octubre y noviembre solían ser meses de recogida. Transcurrido ya el abrasador verano leridano, la humedad de las lluvias de septiembre comenzaba a reverdecer los campos, confortados por menos horas de implacable insolación. En septiembre venían las avellanas, una lluvia de esferas crujientes sobre el suelo aún agrietado del verano. A finales de octubre, con la hierba alta, entre las ortigas y las zarzas robustecidas, caían las nueces que hicieron famosa mi comarca, la Noguera. Y en noviembre los palosantos. Con los dedos pardos, las uñas negras por la nogalina, el pigmento que forma la putrefacción de la envoltura de las nueces, íbamos al monte a recoger setas silvestres. Unos años muchas, otros ninguna.
El olor del monte es especial en otoño. También la luz horizontal que atraviesa las hojas de los robles y las encinas, que hace brillar el rocío sobre la mala hierba y los rododendros. El silencio y la soledad acompañaban al buscador antes de que la televisión convirtiera la búsqueda de setas en deporte nacional de los domingueros de Cataluña.
Pebrasos, llengua de bou, rossinyols, ceps, llanegues vermelles, marrons, blanques o negres, apagallums, camasecs, fredolics, rovellons, peu de rata, palomins, y mi último descubrimiento, el blauet. Nunca encontré ou de reig en la Noguera, aunque sí en el Monseny. Un solo día, muchos. 
El otoño también era la época de nuevas exposiciones de arte en Madrid. Mis visitas a la capital tenían sabor a lechón, a tortilla de patatas, a mollejas y cerveza, la mejor cerveza de España, sin gas, sin prisas. Paseaba por la Fundación Juan Marc, por el centro de arte Reina Sofía, el Retiro y por el palacio de cristal. Vagaba por la feria Stampa de obra grafica, en IFEMA, o por el Prado y memorizaba a sus bodegonistas, Sánchez Cotan, Luis Meléndez, Zurbarán, a la pintura intimista y mística de Ribera,  o del Greco.
Era oportunidad de tertulias con ansiosa melancolía al caer la tarde, en el bar de la plaza de Oriente, junto al Palacio Real y los jardines de Sabatini, y de escapadas al barrio de Santa Ana, los azulejos en las paredes de sus bares, los carteles de toreros, y sus teatros, y sus plazas arboladas, estrechas, pobladas de terrazas. Y los amigos intermitentes, esos que solo veías en alguna boda, o cuando ibas a Madrid a verlos. Amistades imperecederas, fraternales, siempre renovadas. Madrid era mucho, y en apenas los dos días del apretado fin de semana quería sorberlo, paladearlo, cuanto más mejor, de día y de noche, sin atragantarme, y llevármelo casa para saborear despacio los libros, los catálogos de arte, las sonrisas y abrazos de quien tenía distinto punto de vista sobre las cosas.
Saigón es una ciudad sin otoño. Acaso unos días otoñales, frescos, de cielo límpido y luz pálida se despistan entre la época de lluvia, en julio o agosto. Ahora en cambio, en noviembre, el cielo ha escurrido ya su mayor carga de agua, y aunque llueve, los días son calurosos, pegajosos, y el sol cae a plomo desde las siete de la mañana, pues ha madrugado con los gallos, y desde las cinco y media ilumina sus cantos.

HONG KONG: UNA CIUDAD VERTICAL


            Las primeras experiencias siempre impresionan más nuestra retina, nuestra alma. La primera vez que vi una ciudad vertical fue Nueva York, 1987. Avenidas interminables, el cielo pequeñito ahí arriba, la luz del sol cayendo sobre las aceras como folios blancos atrapados entre las fachadas o descompuesta en miríadas de reflejos metalizados por las modernas arquitecturas; la visión hacia abajo de los taxis amarillos como minúsculos coleópteros brillantes o de los peatones, grumos de hormigas alineados frente a cines o semáforos, fachadas con luminosos parpadeantes, algunos con proyecciones de televisión, y sobre todo, una angustiosa sensación de infimidad y a la vez de excitante y absurda prepotencia humana: Esto lo ha creado el hombre, y se ha atrevido a desafiar a los cielos con centenares de torres de Babel.
            Hong Kong es una ciudad vertical, construida a lo largo de la línea litoral de la isla de Hong Kong y de tierra firme, ahora China. Pese a ello, conserva gran sabor inglés, por sus taxis rectangulares de color “rojo cabina de teléfonos londinense”, por sus autobuses de dos pisos, por sus letreros de “se prohíbe…todo”, por sus organizadas colas, su sistema de monedas, que recuerda a los penies.
Hong Kong, el puerto de los aromas según John Lanchester, es una ciudad donde los rascacielos superan en altura a sus montañas, una urbe asiática donde la gente pasea frente al mar o por sus avenidas de anchas aceras mientras esperan el cambio de semáforo sin lanzarse a la calle, guiados por el tic-tac de su sistema sonoro, un sonido que recuerda el repicar de los obenques sobre los mástiles metálicos de los barcos de vela.
            Barrios de bares en la calle, como Lan Kwai Phong, excelente comida china y japonesa, un metro amable, modernísimo donde se aglomeran todas las razas y religiones, paquistanís, bangladesís, australianos, ingleses, chinos de Hong Kong, y de los otros. Las tiendas huelen a perfumes caros que se extienden por las calles, entre los vendedores ilegales de copias de relojes de lujo. Olores complejos, sofisticados, mezclas de sotobosque, alga, hongos, mermelada de mora y jabón de colegio de niños, con su toque a mandarina, a lavanda o a colonia antipiojos. Letreros luminosos en caracteres chinos, televisores en los restaurantes de tipos practicando gimnasia con cara de estreñimiento. Entro en un restaurante chino tan lleno que disponen mesas en el hueco de la escalera. La camarera lleva corbata de color carne cruda, la que sirve en bandejas apiladas como tablillas de contabilidad sumeria.
            En el bar del Hotel Península una mujer escribe mientras se licua su cóctel en el hielo. Soledades acompañadas de trago corto y taquigrafía de teléfono móvil. Música para bailar desnudo, chill out bossa nova, percusiones agudas y quejidos de violín. El skyline se ilumina al otro lado del estrecho, frente a Tsim Tsa Tsui, como un decorado navideño que luce todo el año. Alondra Bentley canta su música triste aunque de ritmo festivo, quién dijo que la muerte fuese negra.
            Hong Kong, tan cerca de Saigón, a las mismas dos horas de vuelo que Hanoi, es una ventana hacia la civilización, con sus luces y sus sombras. A fin de cuentas, la historia de la ciudadela de Kowloon está aún fresca en la memoria.

 



domingo, 21 de octubre de 2012

EL ARTE DE LA GUERRA Y LOS MUSEOS DE PIEDRA

 
 
Museos vacíos y museos llenos. Colas bajo el sol de la Toscana, bajo la lluvia de París o Londres, entre los tulipanes de Amsterdam para acceder a exposiciones de éxito, las entradas a la venta en internet meses antes. Rostros atónitos ante las arquitecturas de las fundaciones Guggenheim de Nueva York o Bilbao, o el centro de arte Georges Pompidou, o encandilados ante los entornos del Museo Rodin de París, la fundación Miró de Barcelona o los castillos museo del Loira. El Prado, el Louvre, la Academia, el Palazzo Piti, Versalles, el Hermitage. Museos de éxito.
Pero también hay museos vacíos. El museo de geología de Ho Chi Minh City es un museo lleno de fantasmas de piedra. El museo de bellas artes está solo algo más animado, aunque nada en comparación con los museos de la guerra. Esos salen en las guías, te llevan los rick shaws que quedan en la ciudad, los xe oms, (moto taxis) y todos los tours. El arte de la guerra parece enaltecer la acción de matarse unos a otros. En una época sin polaroids, ni Robert Cappas ni periodistas que siguieran a Lawrence de Arabia, digamos que hasta la primera guerra mundial, la guerra era una situación honorable, una oportunidad de medro económico para gobiernos y combatientes, una deshonra además de un delito no participar en ella si eras requerido por tu bienamado monarca o canciller o emperador. Eras llamado a morir y te ibas a la muerte hechizado por el orgullo o azuzado por el odio, o por el miedo o la miseria. Las escenas de guerra llenan las salas de Versalles, del Prado, del Louvre.
Mi taxi pasa frente a esculturas de jóvenes de ojos de piedra que miran a un horizonte inexistente con el puño en alto, el rifle al hombro. A su alrededor, esqueletos de metal como un cementerio de elefantes, los tanques con sus trompas, los cohetes con sus afilados colmillos, aviones oxidados, helicópteros mudos, libélulas de la muerte. Parecen juguetes de un niño gigante, de un gigante loco. De las paredes cuelgan pinturas de guerreros entre explosiones, junto a alambradas, campos sembrados de cuerpos, fotos en blanco y negro de combatientes de uno y otro bando. Unos lloran, otros ríen, todos fuman, y en sus ojos brilla la angustia de una existencia con cronómetro. Hoy aquí y mañana quién sabe. Los que disparan la primera bala, desde sus despachos con sofás de piel y aire acondicionado, esos no salen en los cuadros, ni en las fotos. O tal vez sí, en las fotos de las Azores, declaran la guerra y la paz con la misma sonrisa, la misma insensata convicción, la eterna e injusta impunidad.
 
No lejos de allí, junto al patético y estrambótico zoo de Saigón, triste prisión animal, bello jardín centenario, casi único espacio verde y lúdico para una ciudad de diez millones de jóvenes que invaden las mañanas de domingo sus avenidas con músicas de discoteca, gritos y amogollonamientos, no lejos de allí el museo de geología yace inerte, descomponiéndose a velocidad geológica, acumulando polvo entre el polvo, ecos que se extinguen en la quietud fósil. Y me recuerda al museo de geología de Barcelona, también junto al zoológico, también vacío, o casi, un museo que me trae recuerdos de adolescencia, la pasión por la piedra, la paleontología, las salas del seminario conciliar de Barcelona, dos espacios ajenos al diseño, a la veleidad política, a las crisis, quizás porque la piedra solo es piedra, y a su ritmo, el nuestro es anécdota.
 





 

 

miércoles, 17 de octubre de 2012

PROGRESO ASIATICO


             ¿Progresa Asia? Primero habría que aclarar a muchos qué es Asia, porque parece que Asia sea solo China, y eso me recuerda a lo del mapamundi de Bilbao.

            ¿Progresar es crecer? Si progresar es crecimiento económico, China y Vietnam han progresado mucho en los últimos años. Malasia ha progresado, o al menos su capital Kuala Lumpur. Sin embargo no veo el eco del progreso en mi vida diaria en Saigón. El crecimiento que no se traduce en beneficios para los ciudadanos no debería llamarse progreso. Eso es éxito económico de unos pocos. Parece que el primer mundo ha intentado siempre organizar al resto, en realidad colonizarlo, controlarlo desde los cañones en el siglo diecinueve y desde los organismos internacionales como el FMI o el Banco Mundial en el siglo XX y XXI. Cuando un país crece, aumenta también su capacidad de endeudamiento, y cuando se endeuda, es controlable. Bruselas, Alemania, los hombres de negro, la troica, dan ganas de mandarlos a todos al carajo con un corte de manga. Pero les pedimos dinero y nos ponen condiciones.

Las civilizaciones crecen y luego se hunden, eso dice la historia, Angkor Tom es un ejemplo. Las ciudades se desarrollan, como Bangkok, Hong Kong o Kuala lumpur. Trenes aéreos, facturación de equipajes y tarjetas de embarque desde el metro en la ciudad, con pasaporte y moneda propia y rascacielos por miles como Hong Kong, una China de primera, al margen del resto, pero son islas de progreso, como Kuala lumpur, el resto del Malasia languideciendo en la pobreza.

Cuando veo la senda del gobierno español, con sus medidas de austeridad para los demás, que no para ellos, apenas veo diferencia en la actitud moral con el gobierno de cualquier dictadura, no importa el signo, (¿acaso lo tienen realmente?) y comprendo que el progreso que ha logrado España en cuarenta años es frágil, y me imagino la involución del imperio romano hacia una edad oscura, de miedo, de pobreza y desconfianza. El progreso no se aguanta sobre lo material, en el bien de unos oligarcas, sino sobre un bienestar compartido, no en una sopa boba estatal ni en un codicioso crecimiento de oportunidades fugaces. Ahora llegan tiempos difíciles donde deberemos reconstruir el valor del trabajo y luchar por nuestros derechos sociales contra gobiernos parásitos, (tampoco importa el signo ni la nación, todos han dado muestras de serlo).

También ha llegado la crisis a Vietnam, y se la ha ganado a pulso. La inversión extranjera ha caído en picado (más de un 30% desde el año pasado) en un país donde los peajes no hacen sino empezar una vez cruzada la frontera. Pero eso no es lo único. La dificultad para encontrar gente local preparada, o de crear equipos estables, de trabajar con gente comprometida, con capacidad de crear valor perdurable, se unen a un crónico déficit en infraestructuras que choca con la proliferación de multimillonarios garrulos y ostentosos.
            A día de hoy, en un país con un clima tropical que permite tres cosechas de arroz al año, cultivar boniato en los terrenos hiperproductivos del sur no resulta rentable a las fábricas de piensos del norte por los costes del transporte, y acaban comprando la materia prima a China. Los dieciséis mil muertos por accidente de tráfico el pasado año, misma cifra de hace cinco años, no parece alimentar el ansia de crear transportes públicos en las grandes ciudades o un tren de alta velocidad que pulverice las 48 horas que son necesarias para viajar desde Saigón a Hanoi. La afluencia de capital y su circulación no equivalen a progreso. No hasta que dejen de atropellarte por la acera o en los pasos de cebra, hasta que el ánimo colectivo sea de respeto y solidaridad, y no de depredación indiferente.

 
 
 


 

EL VALOR DE LOS SIMBOLOS


            El valor de los símbolos se diluye como lágrimas en la lluvia de Saigón. Desde la distancia, sin la presión del entorno, pasan fechas memorables y, días más tarde, recuerdo el significado que les daba antes, con cierto sentimiento de falta, como ante el olvido de un compromiso importante. El once septiembre, la diada de Cataluña, el veintitrés, la patrona de Barcelona, el doce de octubre, día de la hispanidad, y así tantas fechas que me pudieran haber, sino emocionado, sí robado cierto tiempo de reflexión en otras épocas. La vida en un entorno ajeno da una oportunidad para enaltecer lo añorado o para olvidarlo por completo y renacer más libre, sin ataduras, sin recuerdos, sin condicionamientos.

Ahora desde Vietnam, vivo el nacionalismo catalán con preocupación, con tristeza, con vergüenza ajena por el triste espectáculo que supone volver a dejarse engañar por los que expoliaron la administración catalana. Usan por igual nación, estado, soberanía, autogobierno, independencia como si significaran lo mismo, y animan desde el poder político a un camino separatista de corto recorrido, y que en caso de que prosperara, convertiría en cenizas toda esperanza de mejora de la situación económica de Cataluña a corto y medio plazo. ¿Es que nadie se da cuenta? Muchas voces se alzan a favor o en contra con datos económicos en la mano. ¿No somos capaces de imaginar juntos un destino mejor? Es evidente que hay que cambiar el modelo, y que los aupados al gobierno de España por el descontento general hacia el partido previo no parecen dispuestos a romper la baraja.

            ¿Por dónde empezar? ¿Listas abiertas? ¿Mandatos más cortos? ¿Reducción de cargos políticos, que no públicos? ¿Cómo convencerles? ¿Alguien con valor y honradez allí arriba, en las cumbres del poder? Poco probable. No les pedimos que sean brillantes, solo un poco más honrados, y sobre todo, que se despojen de su cínica falta de empatía. Señores y señoras, un poco de sensibilidad hacia los que les sentaron en su silla, que lo están pasando mal. Ustedes NO lo están pasando mal. Sin embargo no podemos esperar milagros. Stefan Sweig escribía de la monarquía borbónica, pongo a ésta por ejemplo pero pudiera quizás hacerse extensivo a otras monarquías y clanes de poder, que no se destacó por su agradecimiento hacia quienes les restituyeron en el trono. Forma parte del hechizo del poder la firme convicción de que nadie mejor que quien lo ostenta puede seguir haciéndolo. ¿Cómo evitarlo?
            Mientras, en Vietnam, el partido comunista, un buen nombre para una organización jerárquica que gobierna una república socialista, aunque en realidad es nacionalista, donde pagar impuestos del 30% no te da derecho a nada, donde sus ciudadanos deben costearse una educación raquítica e inútil y una sanidad nada equitativa y de cobertura anémica, donde no tienen pensiones, país unido bajo la fotografía descolorida y naftalínca de un hombre que debió ser ejemplar en su momento pero que no dejó ejemplo alguno a las generaciones actuales, el partido comunista ha debido llamar la atención a sus funcionarios de alto grado para que restrinjan sus bodas a 600 invitados. Ya decía JF Revel que no hay arma más poderosa que la mentira, pero la mentira sin abono no crece, y ahora parece que el pueblo está  más que abonado.



 

UN PEDAZO DE OTOÑO

         Vivir sin otoño es vivir sin colores, o al menos sin los naranjas, óxidos, rojizos, marrones siena amarillo o tostada. El otoño avisa de la humildad del invierno convirtiendo el follaje en humus y se viste de colores cálidos en tierna despedida hasta la fiesta verde de la primavera. Aunque el otoño es la época del viento, suele llover bastante. El sonido de la lluvia sobre las hojas secas es diferente del clamor sobre el asfalto, sobre los tejados de la ciudad. Llueve sobre Dalat, la región que pudo haber sido la capital de la indochina francesa, por su clima casi mediterráneo, de inviernos suaves, de veranos secos y clementes, por sus bosques de pinos, sus lagos, sus montañas amables que no superan los 2300 metros. Dalat es la huerta mediterránea de Vietnam, donde cultivan las alcachofas, las patatas, las cebollas, las fresas, y crecen los palosantos, que se dejan en los árboles porque nadie paga suficiente para recogerlos. Entre los árboles vestidos de bolas de navidad se extienden los reflejos blanco azulado de los invernaderos, como lomos de pescado brillando en el agua.

            Ruido de lluvia sobre hojas secas, crepitar del fuego en una chimenea del hotel. Emociones calladas, añoradas, extrañas en el trópico. El otoño de pronto tan cerca, a menos de una hora de avión. Vivir fuera de casa está lleno de añoranzas, algunas de las cuales solo las percibes cuando se muestra ante ti algo que dejaste por el camino, algo que la memoria piadosa ha cerrado bien en el armario del recuerdo, para que no te pese en su ausencia. Pero cuando aparece, te inunda de recuerdos vívidos de paseos, de olores compartidos, de manos frías, de besos secos, carreras bajo la lluvia, conversaciones en torno al fuego, de melancolía. El otoño no existe en Saigón, pero siempre nos quedará Dalat.

 

lunes, 1 de octubre de 2012

CUANDO UN AMIGO SE VA


Cuando un amigo se va, algo se muere en el alma. No se trata de hacer literatura de la muerte, sino de la vida. La vida es yin y yang, vacio y plenitud, apogeo y decadencia seguida de renacimiento o de nada. En la distancia el sentimiento no mengua. El duelo es el mismo. Las lágrimas son saladas. La saliva seca y amarga. Entonces pienso en la matriz vital, en que cuando pensamos en alguien nos conectamos con él. La muerte de Alesandro es un golpe que estrangula la garganta y el pecho, y por un momento hasta las ganas de vivir. Queremos ir con él. No dejarlo solo, que no nos deje solos. Después de la incredulidad y la rabia tendremos la oportunidad de honrarle recordando los mejores momentos juntos. Yo al menos solo recuerdo buenos momentos, pese a sus dificultades, y a las mías. En un periodo de desvertebramiento del país, de la moral, del paradigma, muere joven, muy joven, un auténtico señor. Porque señor es el que predica la buena educación y la bondad, la generosidad y la ternura desde el gesto, sin palabras, con la mirada cariñosa, acogedora, eterna. Se fue de repente, sin avisar, avivando la perplejidad ante el absurdo, el implacable fenómeno del azar. O tal vez fue su destino, qué más da. Adiós Alesandro. Te vas pero seguirás aquí, al menos por un tiempo, entre los que te queremos.

jueves, 13 de septiembre de 2012

HOSPITALES, HOTELES Y COHETES

                Change for success (cambiar para triunfar) es lema de mi empresa. Ahora la última idea es ir a pasar consulta a 125 km de Saigón, un día al mes. El pueblo de Vung Tau reúne cuatro P: Playa, pesca, petróleo y putas. Es mi nuevo destino en la experiencia de la medicina itinerante. Si fuera barbero y estuviera en el siglo doce me llamarían cirujano. Vung Tau parece haber sufrido un crecimiento en oleadas. Guarniciones de asesores soviéticos que partieron hace décadas y fueron sustituidos por trabajadores de las torres petroleras, cuyas mujeres, aburridas o celosas, decidieron trasladar sus residencias a Saigón seguidas o no de sus maridos; guarniciones americanas nutridas de marineros a cuyo alrededor revoloteaban las putas como polillas atraídas por la luz blanca de sus uniformes y gorras de plato; la gonorrea visitaba nuestra clínica en autobuses. jubilados australianos acompañados de segundas mujeres de segunda mano; y últimamente el bullicioso, sucio y caótico turismo nacional.
                Las llegadas y partidas han ido dejando barrios enteros a merced de otras poblaciones oportunistas que han ocupado barracones y villas tornándolos en algo decrépito y decadente. Tras el boom de la construcción, el estancamiento ha empujado a los arquitectos a sus países, salvo a  los más tenaces que apuntan hacia otros destinos como la recién despertada Myanmar. Mi guía me muestra los diversos hospitales del municipio, Le Loi un hospital típicamente vietnamita, con su desangelamiento y acumulación (siete camas por habitación de tamaño individual, acompañantes incluidos), el hospital vietnamita-soviético, destinado a ser la perla de la ciudad, pero que da pena. Por fin, una clínica y hotel de larga estancia para vietnamitas ricos, que como tantos proyectos vietnamitas, se ha quedado a medias y está en venta. Las habitaciones del hotel, todas con camas individuales, para no tener que tributar como establecimiento turístico. A su lado, el hotel Imperial, un edificio de aire inglés, de 5 estrellas, en la actualidad semivacío pese a reducir un 60% sus tarifas. El dueño se ha pillado los dedos hasta el codo, pero su padre fue el que fabricó los cohetes antiamericanos durante la guerra. Un poco mas allá, frente al mar, hay un complejo turístico casi vacío. El dueño es un viejito que se pasea en Rolls Royce negro, como su traje negro de terciopelo, como su cabellera teñida de negro, como su negro pasado, parte del cual transcurrió en la cárcel tras el desfalco del Vietcombank del que fue presidente.
                Y esa es una sensación frecuente, la de que hay personas en este país a las que llueve un montón de dinero y entonces se visten de seda y juegan a los negocios, pero es como el burro y la flauta, pues si suena una vez es por casualidad, y la mona, aunque se vista de seda...
MIentras en Saigón expulsan a los médicos extranjeros de los hospitales por no escribir en vietnamita. Visca Catalunya lliure, sola i petita, molt petita.

lunes, 3 de septiembre de 2012

NUTRICION

              Los gallos cantan y me recuerdan que está amaneciendo. A fuerza de escucharlos empiezo a distinguir sus voces, sus aptitudes y habilidades para el arte. Unos capaces de prolongar la última nota hasta el infinito, como un mariachi. Otros graves y secos como la última frase del pregón de fiesta mayor. Aquél es un soprano, el otro un tenor. El de ayer rompió su voz como Villazón. Pero todos, de una forma u otra, son imitadores de las notas del "destino llama a la puerta" de Beethoven. Si se presta la atención debida a las notas de la quinta sinfonía y al canto del gallo, uno capta una similitud bastante curiosa en esa repetición de la primera nota para después descender como un repicar de nudillos en una vieja puerta. Cuán solo debe encontrarse el que no oye, aunque no es menos sordo el que no escucha. Con el arte de escuchar se nutren ambos, el escuchado se siente compartido y el oyente tiene la oportunidad de ampliar su pequeño mundo.
             Hace años descubrí en mi soledad que cenar en compañía sienta mucho mejor que hacerlo solo. En mi etapa de estancias en Hanoi tuve la fortuna de compartir momentos con amigos que generosamente me acompañaron en mis ratos libres. Fue durante el estudio de la pediatría cuando conocí el síndrome de la falta de medro, típico de los orfanatos, y que si uno pudiera creer que es debido a lo exiguo de las raciones, que también, en realidad va más en referencia a la falta de amor, de cariño, o de contacto. Y aunque necesito a menudo la soledad para satisfacer mis necesidades creativas, no soy libre de la necesidad de relacionarme, de escuchar a otros, de ser escuchado. Y por eso me cautivan y a veces envidio, a esos seres solitarios que parecen llevar la música dentro, que se concentran en sus pequeños ritos y navegan por el río de la vida como una hoja que mucho tiempo antes, en algún lugar remoto, abandonó su rama y cayó al agua.

miércoles, 29 de agosto de 2012

DUELOS MENORES. TANMATEIX

Cené en Hanoi en el restaurante Marrakech de To Ngoc Van, un oasis de sabor mediterráneo en el país de Nuoc Mam y el ajinomoto (glutamato monosódico). La comida, taktouka de berenjena y sésamo, taijin de pollo con aceitunas, cebolleta y corteza de limón, deliciosas, como siempre. El dueño, un marroquí cocoliso con cara de eunuco de harén, quizás impulsado por la opinión de los ulemas neoortodoxos locales, había decidido dejar de vender alcohol. No pasa nada. Pero lo peor llegó cuando me dijo que pensaba reconvertir el restaurante para grandes convenciones. Me imaginé el lugar, por costumbre tranquilo, repleto de aglomeraciones de infieles con sus cánticos y perfumes dulzones. Eso, el calor y el cansancio del día, junto con que mis amigos fallaron a su cita conmigo, me sumieron en un estado triste e irritable.
Que nada es para siempre es algo que nos repetimos con frecuencia, pero sin demasiado convencimiento. Un conjunto de palabras que resume el tanmateix mallorquín, una expresión de fatalidad ante los contratiempos de la vida. Con ella se pone punto y final en un segundo a cualquier hecho tan desgraciado como inevitable. Pasamos con prisa ante la idea de la pérdida porque no nos gusta. Duelo viene de dos palabras latinas, duellum para significar confrontación o guerra, dolus para decir dolor o aflicción. Pero no solo nos afligimos por la muerte de alguien. En realidad vivir entraña perder, perder para ganar, dejar y cambiar para crecer, para aprender, para conocer. Dejamos nuestra niñez, nuestro colegio, nuestro hogar, nuestra patria, nuestros viejos amigos. Dejamos la vida mientras la vivimos.
Esperaba verte pero no pudiste ir a la cita. Este verano no iré a la costa. Mis padres me han cambiado de colegio. Ya no fabrican mi juguete favorito. Y así se suceden miles de pequeñas pérdidas. Cambié de teléfono y perdí las direcciones y teléfonos. Cuántos nombres se lleva un error informático de nuestros archivos. A muchos de ellos no los echaremos de menos, son como viejas fotografías que nos recuerdan con cierto desagrado a amigos que nos dejaron, novias de juventud, vecinos pesados, colegas indeseables.
Vivir en Vietnam me acrecienta ese sentimiento de querencia melancólica y pérdida resignada. Si en algún lugar todo cambia, sin duda es en Vietnam. Los restaurantes y locales abren y cierran en meses, algunos de hecho, no llegan a abrir nunca. La obra se detiene a medias y poco más tarde la echa abajo otro proyecto. En el año nuevo lunar, el Tet de cada año, miles de locales cambian de manos. Pero no solo eso. Es la variabilidad lo más agotador, la imposibilidad de prever que lo que sucedió ayer de un modo determinado, hoy o mañana sea igual. Es particularmente evidente en la calidad de los platos de los restaurantes, o en el modo de trabajar de un subordinado. La noche parece borrar la experiencia de los que me rodean, y amanecen con el cerebro liso, la memoria borrada, la sonrisa excusatoria. Un fenómeno ideal para mantenerse arriba en un país que se llama socialista y usa por igual banderas rojas con estrella, hoz y martillo, donde nada es social ni solidario.
Por ello me refugio en los sabores, en los olores del Meditarreaneo, me refugio en una burbuja de melancolía organoléptica. Por eso me resulta insoportable que el Marrakech cambie. Tanmateix.

ECOS HISPANO-VIETNAMITAS: POLITICOS Y BANQUEROS

        El diario Viet Nam News es de los más sucintos y a la vez completos diarios que he leído nunca. Y siempre tiene alguna atención hacia España. ¿Desde cuando sale alguna noticia de Vietnam, país de 90 millones de habitantes, una de las economías crecientes en el sureste asiático, en los diarios españoles?

       Un amigo me comenta que sí, que hace poco recogieron dos noticias, la de las hostilidades entre China y Vietnam por causa de unas islas (según me cuentan algunos vietnamitas, su gobierno las vendió hace tiempo a China y ahora disimula porque el país, el pueblo soberano –ja, ja, ja– no ha visto un duro del asunto…), y la otra noticia es que habían asesinado a un cura español.

       En cambio hoy leo en el Viet Nam News que, en plena crisis, cuando Spain is now inching towards a full state rescue (España esta avanzando a pulgadas hacia un rescate total del estado –una pulgada equivale a 2.54 cm, pero aún así la tortuga ganó la carrera), que la gran decisión ha sido volver a pasar los toros por la TVE. Eso sí, recortando derechos televisivos a los empresarios taurinos, que recortar está de moda y nunca se ha estilado tanto como en el toreo. Así que gracias al señor Rajoy volverán los toros a Cataluña, aunque sea por la TVE.


      Y mientras el distinguido equipo político de país tan ejemplar distrae al pueblo con más circo que pan una vez más, nuestros banqueros, políticos y ladrones (¿alguna diferencia?) siguen en la calle. Pero sí hay diferencias. Porque en un país tercermundista como Vietnam, el 20 de agosto detuvieron al CEO del ACB (Asia Comercial Join Stock Bank), uno de los hombres más ricos del país, y pocos días más tarde a su jefe ejecutivo por “negocios ilegales” y “actuar deliberadamente contra regulaciones estatales en materia de actividades económicas” (¿se necesitan pruebas más concretas para enchironar a alguien?). 

      Mis amigos bien informados dicen que en realidad es una guerra política al estilo ruso, como la que condenó a dos rusitos multimillonarios a Siberia. El club político es restringido y tiene sus reglas. Hay que haber tragado mucha quina y muchas otras cosas para ser admitido en la familia. No se puede llegar con los bolsillos llenos de dinero, el pelo engominado, jugando al golf y siendo propietario de un equipo de fútbol y pretender ser el próximo candidato a presidente del país. Eso no funciona así. Y de este modo, aunque se necesitan el uno al otro y no son el uno sin el otro, ni el banquero es político ni el político banquero. Uno nutre y sostiene al otro, y el otro mueve y da sentido al uno. Como el Shen y la Sangre, como el Yin y el Yang. 

viernes, 3 de agosto de 2012

TAMBIEN EN SAIGON ES AZUL

                A mí me gusta llamarlo Saigón, y no la ciudad con el nombre de un conquistador. Aunque en realidad no la conquisto él. Cuando acabó la guerra de Vietnam, una guerra civil, no lo olvidemos, no una guerra de vietnamitas contra americanos, cuando acabó, Ho Chi Minh hacía años que estaba muerto. Nguyen That Thanh, que así se llamaba en realidad Ho Chi Minh, murió en el 1969, mientras que la Guerra no terminó hasta abril de 1975.
                Pues bien, a medida que paso los meses, ya casi dos años, en esta ciudad de carrusel, caigo en detalles que me sorprenden por no haberme dado cuenta antes. Cuando acaba el extremo de la época seca, el seco y caluroso mes de mayo, las lluvias caen cada vez con mayor frecuencia, y si en España hasta mayo no te quites el sayo, en Saigón, desde junio hasta diciembre. De este modo, en el mes de julio, insoportablemente caluroso en España y en otros países de la cuenca mediterránea (horroroso en Florencia), en Saigón es como un otoño fresco, un equinoccio ficticio (en realidad todo el año es equinocte, pues las horas de luz apenas varían en los doce meses) con sus cielos azules, la luz más blanca, menos vertical, la radiación menos infernal.
                Algunos días me parece respirar el aire de Barcelona en primavera, en uno de esos días de sol fuerte pero aire fresco, cielo añil, de pocas nubes. Y aunque es cierto que la ilusión dura poco, porque una o dos horas después ya se amontonan las nubes grises en aguadas desvaídas, cada vez más negras, y se levantan corrientes ya no de aire sino de viento amenazante, para luego deshacerse el cielo en un hervor despiadado, aun así, en esos días me sonrío con una alegría genuina, un tanto teñida de melancolía, pero más por haberme condenado a rutinas o disciplinas laborales que me impiden disfrutar de esos momentos hasta que se acaban, que por sentirme alejado del ambiente donde sentí por primera vez esas alegrías.

ME ARRODILLO ANTE LOS DETALLES

                Soy incapaz de escribir en medio de ese ya adentrado cambio de estación seca a la húmeda. Sigo en la tesitura en que me pesan las manos, los dedos flaquean, los párpados caen, las pupilas se desenfocan. La humedad es el peor enemigo de la medicina china, lo que cuesta más de eliminar, se aplican agujas, ventosas, moxas o se administran pócimas de hierbas en decocción. La humedad se asocia al Parkinson, al ictus, a los tumores, a la grasa y a la esquizofrenia. La humedad la causa el ambiente, pero también la dieta, la grasa, el alcohol, o las emociones tóxicas, en especial las obsesiones. Y yo vivo en un país húmedo, muy húmedo indeed.
                Hubo quien me dijo que el inglés era un lenguaje pobre en vocabulario comparado con el español. De hecho es posible distinguir en internet facciones de individuos defendiendo la cantidad de vocablos o expresiones de uno y otro idioma, como si fuera algo relevante. En una de esas páginas web, un tipo moderado argumentaba que el inglés, influido por igual por el latín y la lengua germánica, duplica términos para expresar lo mismo, mientras que el español, gracias a la flexibilidad sintáctica, los subjuntivos y los verbos ser y estar, puede expresar muchos matices que en inglés requieren palabras distintas. Así, el hombre venía a contar 200.000 términos en un diccionario escolar inglés, frente a 100.000 en uno español, aunque reconocía que el ciudadano culto dominaba solo unos 20.000 y que es posible comunicarse en una lengua con tan solo 1000. Dicho eso, yo debo ser uno de los que usa apenas 1000 vocablos para comunicarme en inglés, porque de pronto descubro palabras que me maravillan y me asombro de mi ignorancia.
                Y hablando de humedad, mi estado físico estaría entre lánguido (languid, listless, limp, lackadaisical–¿no es una palabra maravillosa?– ,quaggy) y pantanoso (swampy, marshy, boggy, sloughy)
                Y si he caído en esta pequeña digresión no ha sido más que para introducir un comentario sobre el uso de los detalles en la literatura. Sin vocabulario no hay detalles. He tenido la suerte de leer un par de libros donde el empleo del detalle es magnífico. Una historia es truculenta y terrorífica, Meridiano de sangre, de Cormack McCarthy. Pensaba dedicar un post a este libro, porque se lo merece. Tal vez lo haga. El autor se entretiene en detalles como la apariencia de una escopeta a la que cortan los cañones, todo un símbolo en una historia donde todo Cristo corta cabezas, cabelleras y genitales, tan bella con su estuche y complementos de peltre que el mismo herrero se niega a mutilarla. También nutre el relato con una descripción de la flora y fauna del desierto de la frontera de México y de los fenómenos atmosféricos que en él tienen lugar, con un efecto casi mantrico. Por el contrario en El buen soldado, de Ford Madox Ford, el detalle es desplegado con una irónica elegancia que logra convertir en verosímil y visible la idea más absurda. Es simplemente genial. Os recomiendo ambas lecturas, aunque para el tórrido verano español, mejor empezar por esta segunda, y dejar, para cuando los ánimos estén más refrescados, la segunda. A mí solo me queda reconocer que ante tamaños autores, y en concreto ante estas obras, me entran ganas de arrodillarme y plegarme hacia adelante.