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lunes, 3 de septiembre de 2012

NUTRICION

              Los gallos cantan y me recuerdan que está amaneciendo. A fuerza de escucharlos empiezo a distinguir sus voces, sus aptitudes y habilidades para el arte. Unos capaces de prolongar la última nota hasta el infinito, como un mariachi. Otros graves y secos como la última frase del pregón de fiesta mayor. Aquél es un soprano, el otro un tenor. El de ayer rompió su voz como Villazón. Pero todos, de una forma u otra, son imitadores de las notas del "destino llama a la puerta" de Beethoven. Si se presta la atención debida a las notas de la quinta sinfonía y al canto del gallo, uno capta una similitud bastante curiosa en esa repetición de la primera nota para después descender como un repicar de nudillos en una vieja puerta. Cuán solo debe encontrarse el que no oye, aunque no es menos sordo el que no escucha. Con el arte de escuchar se nutren ambos, el escuchado se siente compartido y el oyente tiene la oportunidad de ampliar su pequeño mundo.
             Hace años descubrí en mi soledad que cenar en compañía sienta mucho mejor que hacerlo solo. En mi etapa de estancias en Hanoi tuve la fortuna de compartir momentos con amigos que generosamente me acompañaron en mis ratos libres. Fue durante el estudio de la pediatría cuando conocí el síndrome de la falta de medro, típico de los orfanatos, y que si uno pudiera creer que es debido a lo exiguo de las raciones, que también, en realidad va más en referencia a la falta de amor, de cariño, o de contacto. Y aunque necesito a menudo la soledad para satisfacer mis necesidades creativas, no soy libre de la necesidad de relacionarme, de escuchar a otros, de ser escuchado. Y por eso me cautivan y a veces envidio, a esos seres solitarios que parecen llevar la música dentro, que se concentran en sus pequeños ritos y navegan por el río de la vida como una hoja que mucho tiempo antes, en algún lugar remoto, abandonó su rama y cayó al agua.

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