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jueves, 16 de julio de 2015

PUNTOS DEBILES Y AMIGAS VENENOSAS




               Los puntos débiles por tradición en la lucha son los que aparecen en este esquema. Sin embargo, como ya adivino' Homero hace milenios, los oídos son uno de los puntos ma's vulnerables (Ulises protegio' los o;idos de sus remeros contra el canto de las sirenas y se amarro' a un ma'stil para evitar sucumbir al hechizo de las palabras) . También Shakespeare lo sabi'a, y con sus words, words, words, atormentaba la mente de Hamlet, y la mujer del rey Lear sentencio' a muerte a sus enemigos, a su marido y a si' misma. Javier Marías recuerda hasta el tedio que uno puede no escuchar, pero nunca olvidar lo ya oído. 

            La vulnerabilidad al efecto de la palabra es grande, y con excepción de políticos y cínicos (no es lo mismo?) uno se siente atrapado no solo por lo que escucha sino por lo que dice. La palabra dada. Somos gente de honor. 

              En los últimos tiempos he podido descubrir un tópico universal (soy un poco lento). Es el de la buena-mala amiga, la persona próxima y que creemos que alberga buenas intenciones pero que en realidad hace ma's mal que bien. Es posible que lo haga por envidia, o por deseo de conseguir con su odio universal una venganza en la piel de otra persona que no pudo conseguir por si' misma, incluso puede que est'e revestida de peligrosas buenas intenciones (yo solo quería ayudar, dijo la hormiga). Lo cierto es que vierte el veneno de sus palabras en el oído de nuestro amigo o nuestro cónyuge y desde entonces, como preso de un filtro hipnótico, cambia su voluntad y su valoración de las cosas y, por un tiempo o para siempre, se vuelve insoportable. 

                 En pocos meses he visto separaciones, y he sufrido desapariciones de amigos por esas palabras venenosas que siembran la duda, como le ocurrió al desgraciado moro de Venecia, Otello, que comercio' amor por odio, e'l que había sido tan agraciado por la compañía de una buena persona.


sábado, 20 de junio de 2015

TENDER IS THE NIGHT WHEN THE PRINCESSES BLOOM

Ayer llovió otra vez, y se levantó un viento furioso, y refrescó la ciudad, y Saigón ya no era Saigón sino cualquier ciudad de España en agosto, cuando tras la primera tormenta veraniega, deja de hacer calor por un día. Una llovizna arremolinada nos empujaba a unos hacia otros en lo alto de un sky bar, en la azotea de un moderno edificio con luces de colores y carteles parpadeantes como luciérnagas monstruosas. Y también ellas, las princesas vespertinas, se arremolinaban entre las sombras en torno a botellas de vinos italianos o chilenos, o de Vodka con bombillas en su interior.
Las señoras L y N celebraban el regreso de un viaje por la Riviera francesa pasando por Estambul, copa en mano, sonrisas entre labios carmines y pestañas falsas. La ex-señora M estrenaba un vestido Marilín Monroe edulcorado con un perfume sofisticado, la melena corta alisada y modelada a lo egipcio, lejos de la tradicional cola de caballo que cuelga peligrosamente hacia las ruedas de las bicicletas de las estudiantes de pueblo, con sus Ao dais blancos. Los mesados de cabello con la cabeza inclinada hacia un hombro desnudo, la perfecta caída de párpados, y su maestría en el lenguaje no verbal, no pudieron disimular la dureza de su voz, grave y enérgica como un hierro oxidado, con acento del norte, de alguien que ha sufrido y curado sus cicatrices con sal.
Llámame Moon, dijo una que enseñaba el ombligo de un vientre sin mácula, un cuerpo diseñado por la sensualidad. Entonces escuché una ovación femenina a mi derecha, pues la ex-señora P acababa unirse al grupo y retirado el chal que cubría sus hombros y mostraba en gracioso gesto el mayor escote que he visto en mi vida. Las vietnamitas no tienen pechos ni glúteos, pero espaldas... las más largas y estilizadas de Asia. Pese a su reducida estatura, la columna de P era infinita, un continuo de seda, morena de raza, desde el cuello hasta mucho más allá de la cintura, coronada por una carita de porcelana, blanqueada con sangre de doncella o leche de burra, o con cualquier otro milagro de la cosmética tailandesa.
Entonces llegó la señorita K, que miraba a la multitud con sus ojos bizantinos, casi bizcos, con aire de acabar de despertarse, y a la vez con la quieta tensión de una garza real, allí en sus alturas, ya de por sí humillantes para las enanas vietnamitas y que remataba con unos tacones tan o más poderosos que los de sus frustradas competidoras. K tiene el poder de ver a través de uno, de sonreírte a ti mientras busca a otro más interesante, y así se fue en busca de su habitual copa de proseco, ceñida en unos pitillos negros, con curvas de pantera, sin despedirse.  
La lluvia no cedía y el flujo de cuerpos y conversaciones siguió el camino del agua, escaleras abajo, hacia una sala de oscuridad casi impenetrable y música machacona y ensordecedora. Un espacio para bailar y tocar, o bailar y beber. En el lugar, como es habitual en Saigón, más camareros y seguratas que clientes. Los primeros servían y rellenaban los vasos con agilidad de croupier en las mesas con botellas reservadas, y luego los hacían desaparecer entre sus manos con prestidigitación. Los segundos, más fornidos, vigilaban con amabilidad férrea, que no hubiera contacto entre los libadores de las distintas mesas, para evitar flechazos entre capuletos y montescos y los consiguientes baños de sangre.
Me despierto con el mazazo occipital de unas copas de más y contemplo el cada vez más aserrado horizonte de Saigón. Megaconstrucciones por doquier. Grúas y martillos neumáticos, hormigoneras y bocinas. El día vuelve y el viento se lleva la lluvia y las sedas y penumbras, y algún susurro confuso. Solo en algún instante, sin saber exactamente de dónde, regresa ese perfume sofisticado, el de la melena egipcia, como al despertar de un sueño.
Por desgracia sufro el mal de los Karamazov, me pierde la sensualidad.





CUANDO LLORA EL CIELO


       Cuando llora el cielo se solidariza con el dolor de los humanos, nosotros, los pequeños. La naturaleza recoge el dolor del mundo y llora, y lo moja todo. Hablo de la lluvia sin viento, como la nieve sin ventisca, con su rumor sordo, a veces a espasmos, otras constante y permanente mientras dura. Es un acto humilde, paciente, a veces poderoso, otras mántrico, una oración ecuménica, que a todos afecta.

   Este año ha llovido poco, casi nada, una estación húmeda seca, calurosa hasta la locura, el mal humor y la violencia por todas partes. Hoy llueve y lo celebro, por fin el agua, El agua y los lichis, gotas de agua dulce condensadas en frutos solo por un mes, los lichis, como los longans y los rambutanes, forman parte de los frutos que recuerdan ojos de peces gigantes, con sus transparencias y sus huesos escondidos...





    

sábado, 9 de mayo de 2015

HANOI DE CENIZA

          Me despierto en Hanoi. Han pasado tres años desde la última vez que estuve a solas con esta ciudad. Ha cambiado mucho, me dice Jorge, mi amigo de la embajada. Se ha modernizado. Es cierto, algo ha cambiado. Ha desaparecido mi restaurante favorito, el Marrakesh, que ya daba muestras de agonía la última vez que fui. Por lo demás, algunas moles en el skyline, un puente nuevo que permite llegar al aeropuerto en veinte minutos…no, para mí, Hanoi no ha cambiado.

         Hanoi gris en abril, Hanoi contaminado, ruidoso, gritón, brusco, provinciano. Agrede el acento, tajante y gutural, agrede a pesar de las sonrisas de sus habitantes. Rostros velazqueños, campesinos, quemados por el sol, el frío o el alcohol. Manca finezza por todas partes. Recorremos en moto, noche de brisa fresca, la ribera sinuosa del lago del Oeste. Bares ya cerrados a las nueve de la noche, oscuridad sedosa, farolillos de colores en las aceras, con sus grupos de adolescentes naive, nada osados, mucho menos rebeldes, agrupados en torno de comidillas, susurros o fogones. Ojillos almendrados, vivos, curiosos, inquisitivos, talentos mal dirigidos, hacia lo local, restringidos a lo que se les muestra.

        Hanoi se salva por sus árboles, por sus lagos. Hanoi se salva a pesar de sus habitantes. Les guste o no, llevan la sangre de sus vecinos, los de más al norte, mil años fueron muchos. El brillo en las pulseras, los bolsos, los suelos, todo reluce junto a los escombros. Lo viejo se amontona con lo antiguo, los locales derruidos con los recién acabados. Cruzamos el paseo de Truc Bac, el que divide el lago del Oeste, y pasamos junto al mausoleo de Ho Chi Minh. Frente a él, una nueva construcción llamada parlamento, de estilo moderno, racional, la fachada repleta de banderas de las naciones del mundo, lugar pensado originalmente para el diálogo pero que rechina por el uso de una sola voz, pensamiento único, gerontocrático, víctima de la taxidermia como el vecino del otro lado de la calle.

         Los viejos símbolos se mezclan con los nuevos. El treinta de abril se celebrarán los cuarenta años de la liberación entre comillas, la misma liberación que celebró el pueblo francés en el siglo diecinueve, que se libró de la monarquía y cayó en manos de la burguesía, y nunca hubo tanta libertad, igualdad, fraternidad y muerte (Dickens dixit). El mundo está en manos oligárquicas, como siempre, y cuando se prueba el poder, nadie quiere dejarlo, al precio que sea. Las banderas rojas ondean bajo el cielo gris en el norte y en el sur, con renovados fulgores, pese a su mensaje apolillado. En Saigón han cortado el tráfico en un área enorme para que nadie perjudique al desfile de siete mil soldados que rememorarán la victoria sobre los extranjeros. ¿Tienen miedo?

           El color de la tramoya del desfile es azul celeste. Me ha sorprendido. Los colores lanzan mensajes. ¿Esperanza? ¿Paz? ¿Armonía?

          El metro es ya un proyecto palpable en Hanoi y Saigón. Metros elevados sobre pilares de hormigón. Así se ve más, luce más, impacta más. Mientras unos ven la construcción del país, yo veo también el desmoronamiento de lo que fue. Rincones, hábitos, amigos, desaparecen continuamente a lo largo de estos años. La vida se abre paso, pero lo hace a través de la muerte. Debo de estar un poco Pesoa. Será el día, o la superficie queda y pestilente del lago del oeste, o el sol refulgente que duele a los ojos, la neblina o la resaca de la noche de ayer. O quizás mi remanente genético del noroeste de España. Mañana el viento se llevará la ceniza de los días y veré todo con esperanza renovada.