Translate

Follow by Email. Sigueme por mail

sábado, 31 de diciembre de 2011

LUNA DE OTOÑO: COLORES, NIÑOS Y PASTELES



Quizás el color que todo el mundo asocia a Vietnam es el verde, el de las selvas del centro, los arrozales del norte o los uniformes del Viet Cong que vieron en las películas de la guerra. Pero Vietnam es un país colorista. Por algo escogió el loto rosa, y no el blanco, como flor nacional. Los vestidos de las mujeres de las tribus, muchas de las 54 etnias del país, mezclan la austeridad del traje de trapo azul índigo con los chillones arcoiris de sus cintos, collares y turbantes. La comida vietnamita es una sinfonía de tonos y sabores. Las pinturas en sus paredes, las que se alejan del arte militar, representan con lacas brillantes grullas, garzas o cisnes, flores de cerezo o de manzano. Incluso los anticuados diseños de propaganda oficial combinan una paleta atrevida de colores planos en una mezcla paradójica de mensaje sobrio, rebosante de compromiso y desafío, con una iconografía rudimentaria, casi infantil. Los Ao Dai, resiguen las líneas de los cuerpos femeninos como una segunda piel, y los visten de brillos deslumbrantes en sus bodas. La navidad tiene el cromatismo que a todos nos es familiar, si bien la nieve se simula con porexpan y los cielos estrellados de los belenes, a las puertas de las casas en los pueblos de carretera, se crean con sábanas pintadas. Llega después la primera luna nueva, a  finales de enero o principios de febrero, el Tet, la gran fiesta del amarillo en el sur y el rosado en el norte, cuando el país se detiene unos días, los regalos circulan en sobres de dinero, se asan patos, tocinos y huevos de oca.
Pero tal vez la fiesta de colores más mágica sea el Tet Trung Thu, la luna llena de otoño, que se celebra entre finales de agosto y mediados de septiembre, (el quinceavo día del octavo mes lunar) por ser la fiesta de los niños, y también la de agradecimiento al final de la cosecha, es decir, que equivaldría en el Mediterráneo, a los fuegos de San Juan. Durante el Tet Trung Thu, en la calle Hang Ma de Hanoi, los tenderos disponen sus paradas de juguetes, tambores, máscaras de unicornios, barcos de hojalata de vapor, estrellas de celofán, linternas de papel verde, amarillo, rojo, violeta, naranja, que se repiten mientras en todo el país venden los pastelillos de la luna de medio otoño, con las marchas favoritas, Nhiu Lan, Kin Do, y las demás. Pasteles de harina, semillas, jengibre, carne curada y huevos. Resulta especialmente bello el pastelillo (puede pesar hasta 350 gr) con dos yemas dentro, que al cortarlo te miran como los ojos de un dragón. Unos son redondos y los otros cuadrados, y simbolizan el cielo y la tierra según una antigua creencia. Esa repostería compacta, que obliga a la postergación o a compartir (imposible acabarse uno de una sola vez), me recuerda, de lejos, a la impresión que me causó toda la panadería mallorquina, y descubro con sorpresa que no es la primera vez que Vietnam me recuerda a Mallorca, y a la vez, cuánto la echo de menos. Las panadas, los cocarrois, los roviols, los cremadillos, buñols de quaresma, los quartos embetumats, el pan negro o las clásicas ensaimadas.
            Mientras, en Hanoi la gente se queja porque los precios de los juguetes se multiplican por diez o por veinte de un año a otro, sin percibir que cada vez son menos lo artesanos, y que lo que no compren en esta ocasión, quizás dentro de tres años solo lo vean en un museo. 





miércoles, 21 de diciembre de 2011

HAPPY BIRTHDAY 33


Menú a base de rollos de pato laqueado, gambas empanadas al aroma de coco, tofu rebozado con salsa de cebolla y jengibre, tacos de buey a la pimienta, sopa de pato, verdura salteada, pescado al vapor y pastelillos de arroz glutinoso rellenos de judía roja. Vino de chile y whisky 21 años. Yo empecé con vino, ellos con whisky. El banquete para un 33 cumpleaños de una mujercita rodeada por un caro vestido, cuyas filigranas en evolución cónica ascendente le conferían el aspecto de una pieza de ajedrez de jardín, una reina grotesca. Las amigas se habían puesto sus mejores galas, en ¿involuntaria? competición cromática. En nuestra mesa Rubí y Verde, en la otra, Negro y Rojo, y entre ellas, Champán.
Rubí los llevaba en los lóbulos de las orejas, en la sortija y en la pulsera de oro, no menos de cuatro docenas, el talle ceñido por Christian Dior, la muñeca libre, por Rolex, la sonrisa equina, el aspecto sencillo, muy sencillo. Apoyaba el torso enlutado sobre su bolso de LV, carmín de garanza brillante. Su marido, Rolex también, se atusaba la barba de chivo y gastaba bromas sobre médicos, tan fáciles y recurridas, mientras su vaso se llenaba y vaciaba de chupitos del whisky que había traído él. Luego me enteré de que se trataba del equivalente al fiscal en jefe o el justica mayor, el que con su dedo hacia dentro o hacia afuera decide la libertad, y hacia arriba o hacia abajo decide la vida, literalmente, de los reos de la ciudad. Espero que hoy no tenga dolor de cabeza. Por suerte solo bebe whiskys caros. Su comensal vecino, el que le ayudó a ultimar la botella, era un médico hepatólogo, defensor acérrimo de la “quality of life”, concepto que esgrimía como algo novedoso, como cuando Alfonso Guerra, siendo ya vicepresidente, descubrió a Mahler.  Frente a ellos, Verde se mesaba la melena que caía sobre una blusa de creppe transparente, cuyas flores no disimulaban su sujetador verde, a juego con sus pantalones cortísimos verdes, y con su cinturón, de nuevo Christian Dior, esta vez naranja, abrazado a su cintura mínima. Su pareja no comió ni habló en toda la cena, la vista baja, la cara iluminada por la luz azul de la pantalla de una tableta-PC. Una música triste envolvía la sala privada del restaurante chino, y me llevó a observar al trío de damas de la otra mesa.
Negro y Rojo parecían extraídas de un molde exacto. Maniquíes de escaparate, figuras de yeso con olor a polvos de talco, a nursery de paredes blancas y frías como su corazón, el cabello recogido en severo moño en la cúspide posterior del cráneo, sus ojos oscuros e inexpresivos, pestañas  extendidas, uñas artificiales pintadas a la francesa, ribete blanco en el borde libre, las pieles céreas, sus zapatos de vertiginosos tacones aterciopelados a juego, la postura rígida como el rictus de su cara, el desprecio por la recién desaparecida pobreza, (“nadie está a mi altura”), Turandots sin corona, y a sus pies cualquier desgraciado. Pero estaban solas. Entre ellas, Champan relucía por su estudiada naturalidad, con su mirada ambigua, bizqueante, leonardesca, “sfumatta”, asomando entre los bucles de una melena cobriza, y su sonrisa irresistible, angelical y demoniaca, de las que se saben bellas y triunfadoras, su vestido cruzado como si llevara una capa de Juana de Arco, sus pechos llenos, asomando su blancura en la medida justa entre la provocación y el recato, lujuriosa, o quizás era yo, era mi pecado reflejado en su imagen, una burbuja de Champán como la de estas fiestas, festiva, etérea, ácida y amarga, y en cuanto intentara tocarla, POP, se desvanecería en el aire dejando una estela de carbónico, que sonaría a mis oídos reformulado en cabrónico, cretino, caído o incauto, mientras ella seguiría allí, intocable, con su sonrisa ambigua, entre sus amigas de yeso, Rojo y Negro, Venus de Milo de líneas aéreas, pues eso eran, azafatas venidas a mucho más, (“nadie está a mi altura, ni siquiera en el avión, yo de pie, ellos sentados”) gracias a tráficos irregulares en los aviones sobre los que sirven té o café.
Abandonamos los violines tristes de aquellos salones enmoquetados y los sustituimos por una música atronadora que empujó con buen ritmo mis vísceras contra el sofá de una discoteca. La sala era un damero con mesas en las casillas blancas, camareros en las negras, en formación militar, dos por mesa, todas reservadas, y sobre ellas, en batallones de a ocho, como las tortugas bélicas romanas, vasitos de chupito y botellines, en una reproducción fractal de la escena hasta el infinito (las motas de polvo dentro de los vasos, las burbujas dentro de los refrescos, quizás también en formación marcial…) y en nuestra mesa, las botellas de Glenmorangie Signet llegaban y se vaciaban entre cocacolas (horror!) y sonrisas, y Champán bailaba, burbujeaba con el gesto de desprenderse de un albornoz después de una ducha de vapor, sinuosa, entre la rigidez de Rojo y Negro, que observaban con aburrimiento agrio las evoluciones de su compañera, verdadera diosa de la noche, pues la reina roja, la homenajeada, era incapaz de eclipsar su esplendor. Los cuerpos anoréxicos de modelos en biquini tocadas con alas negras, ángeles caídos, lanzaban gestos obscenos desde una pantalla gigante, y sobre nosotros, la música detonaba sus cañonazos rítmicos,  amenazantes, quizás la cólera de Dios ante tanta perdición.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

SHELLS AND SNELLS

En la calle Thai Van Lung encontramos el restaurante Skewers, mono con buena iluminación, y presentación graciosa. También, en una esquina, la tienda Veggies, que ofrece tomates corazón de buey y sacos de rúcula fresca, y me revive el Mediterráneo. Pero lo que más aprecio en las últimas semanas es un restaurante fantasma.
No tiene nombre. Al atardecer, hacia las cinco, se planta en el final sin salida de la calle, frente a un taller de impresión que rechina todo el tiempo, una pareja que descarga de un camión los víveres y los hornillos, los deposita en la acera y los cocina. Sin señales ni anuncios, en los coches van llegando, o en las motos, vietnamitas de traje o de uniforme, chicas con relojes caros, parejas, familias o banqueros. Todos se acuclillan en pequeños taburetes de plástico en torno a mesitas de juguete, junto a las cuales dejan un cubo metálico. Es para las cáscaras. Un cubo, qué exageración, pensé el primer día. Las sombras de los comensales solo se distinguen por la mísera luz anaranjada de las farolas de la calle. Las recetas sorprenden por su complejidad y su resultado. Turritelas a la leche de coco, berberechos marrones con salsa de judía roja y pimienta, ostras con cacahuetes, navajas a la plancha, bígaros de diversas especies al tamarindo y carne magra, o almejas al vapor con lemon grass. Las conchas surcadas o helicoidales se amontonan en la mesa hasta que caen en el cubo con ruido de cristales rotos, y la camarera, que pulula entre un número creciente de mesas, repone con nuevas ofertas. No tienen pan, pero puedes comprarlo al repartidor que espera junto a una bicicleta aparcada, una cesta inmensa en su asiento trasero, su barriga casi tan grande como aquella; ¿Por qué no se cae? (Como diría Buggs Bunny, va en contra de la gravedad, ya lo sé, pero es que no fui a clase ese día…). Conchas y caracoles atraen a todos los vietnamitas, una comida de aspecto frugal, cocinada con creatividad sorprendente, y que al final, llena los estómagos sin apenas vaciar los bolsillos. Tras un apogeo caótico de cabecitas juntas en la oscuridad sobre los centelleantes cascos espirales de sus víctimas, a eso de las siete, las existencias del día se acaban, los comensales desaparecen, y el restaurante se desvanece hasta la tarde siguiente.


lunes, 12 de diciembre de 2011

UN DOMINGO DE DICIEMBRE, JUNTO AL LAGO

             Camino junto a Ho Tay durante una hora y media y apenas recorro una pequeña porción de su sinuoso perímetro. La luz cambia conforme el cielo se cubre de nubes, y la superficie se agrisa y espejea metálica las siluetas rectangulares de los rascacielos de Hanoi, cada vez más abundantes. El olor a agua estancada, pescados podridos y escamas, se mezcla con el humo las hogueras, con el piar abocinado de las pollas de agua y el graznido afónico de las ocas. Los sauces llorones, cuyas ramas vi desnudas un año antes, se cubrieron de verde en Junio y ahora, enredadas de telas de araña, mueren de nuevo, incapaces de dar sombra a los que toman café, las siluetas negras recortadas frente al lago pálido. Animados por un deseo incombustible, los pescadores persisten en sus labores desde tierra, o sumergidos en el agua hasta la cintura. El mercado del templo budista vende comida e incienso para las ofrendas, y a la salida, puestos de gambas en gabardina, y caracoles, para alimentar algo más que el alma. Los berbiquís y las piquetas de casas en construcción no se interrumpen en domingo, y mujeres vestidas con pijamas de colores brillantes chapotean en el cemento bajo los esqueletos de las nuevas viviendas de Chiputra. Algunas motos y bicicletas se detienen en espacios solitarios, y los conductores las besan sin que ellas se dejen. Otras parejas, dos mujeres en este caso, una con chaqueta naranja, la otra roja, se fotografían mutuamente, con movimientos pajariles, en un cortejo lésbico, como de Milan Kundera. Lesbos está presente en los parques y casas de masaje, y las mismas manos que buscan propina en la cadera de los hombres, exploran posibilidades en la entrada femenina. No gracias. O sí, ¿por qué no? El parque de atracciones abandonado, o casi, proyecta la sombra circular de la noria sobre una extensión de hojas de loto que se secan por millares, y sus tallos dibujan sombras como alambres retorcidos sobre el agua. Una radio suena en el comedor de un restaurante dominguero, un antiguo barco carguero. Esculturas romanas en esbelta curva praxiteliana, se muestran ajenas, casi altivas al abandono al que las someten sus dueños, y los matorrales crecen a su alrededor, como espíritus errantes. En medio de una quietud placida, entre silencios interrumpidos, así me siento yo, un domingo de diciembre, después de un año completo en Vietnam, la música de Arvo Part en mis oídos, Spiegel im Spiegel, el espejo en el espejo, miles de reflejos, de imágenes caleidoscópicas, unas alegres, otras no tanto.




martes, 6 de diciembre de 2011

LA AVIDEZ DE LOS LEONES


Las once de la noche. Volvemos a casa en un taxi. Una moto pasa y su pasajero hace un gesto. El taxi se detiene en medio de la gran avenida. La moto se ha parado 30 metros antes. Porque no son ellos los que tienen que esforzarse en negociar. El taxista nos deja dentro del vehículo, el taxímetro corriendo, (por suerte apenas corre cuando el coche no circula). Negocia con los leones, afeminados, caprichosos, ceñudos, codiciosos, corruptos, los cascos blancos, los uniformes ocres como los edificios oficiales, sus efigies de piedra y cascos de Pericles, la bandera roja ondeando sobre ella, recordando la victoria (o derrota?) de Dien Bien Phu, herencia de la ocupación francesa, quizás los trajes también, de la legión francesa. ¿Qué ha ocurrido? Me desplacé al carril de giro unos metros antes…La tarifa ha subido un 25%. Se han llevado 200.000 dongs del conductor, uno de la más antigua compañía de taxis de Saigón, la primera que abandonó los ciclocarros por los coches. Todavía incrédulo por el sablazo, el conductor no sabe si enfadarse o reír. Y es que en el nuevo Vietnam, cada uno intenta incrementar sus ingresos por vías paralelas, no declaradas, no tributadas, no cuantificadas en las estadísticas. Todos los días las motos invaden las aceras en manada, contra dirección, o cargan cuatro pasajeros, la mayoría sin casco, o sin la edad adecuada (bebés, sin más protección que el abrazo de sus madres y una tela mosquitera en la cabeza), o cargan sustancias peligrosas (bombonas de butano) o imposibles (neveras en posición vertical, cristales de dos metros). Pero eso no importa, no es negocio. Es mejor parar a un taxi con pasajeros dentro, en medio de la carretera, como un búfalo enfermo en medio de la sabana, cazado por leones, igual que ellos, por parejas o en manada.

RITMOS MUSICALES. BEYOND SAIGON’S SKYLINE

           Conforme transcurre el tiempo, me doy cuenta de que la primera imagen que me hice de Saigón fue como una foto impresa sobre una superficie de cristal, reluciente, superficial, simplificada, sin grietas. Ahora en cambio, descubro a cada tanto una fisura, un aspecto distinto, sorprendente o gratificante.
Durante la última semana he asistido a tres conciertos en el auditorio del conservatorio de la calle Nguyen Du. Dos grupos de excelente Jazz belga y un dúo de piano (ruso-vietnamita) que me emocionó con el jardín bajo la lluvia de Debussy, y con los cuadros de una exposición de Mussorgsky. En Saigón son varios los escenarios en que uno puede escuchar música, de referencias variadas y exposiciones voluntarias, o involuntarias.
El palacio de la Ópera es una construcción amanerada frente al hotel Caravelle, con estatuas sobre sus columnas a modo de cariátides griegas, que alquila sus bajos a un bar de copas y ofrece un programa reducido y privado, iniciativas de empresas o entidades gubernamentales para sus clientes y afiliados. Cerca de allí la mayor parte de la música en vivo suena en bares de hoteles, algunos a gran altura, como las orquestas cubanas o australianas de las terrazas del Sheraton y el Caravelle, o en la calle, las actuaciones de un traumatólogo argentino en el bar Vascos, o las magníficas y sexis interpretaciones de los filipinos de bar Seventeen, donde chicas con falda corta, botas altas y sombrero vaquero (algunas con pistolas de fogueo en bandolera), imitan a los grandes éxitos de U2. La música de lata voluntaria también puede escucharse desde lo alto de la AB tower de Le Lai, en el skybar chill, el bar más impresionante y caro de Saigón (vale la pena. Chancletas, mochilas y pantalones cortos abstenerse). La música LATA (con mayúsculas) de exposición involuntaria, es la que te rompe los oídos en los centros comerciales baratos como Saigon Square, un mega altavoz en cada metro cuadrado, o en los barcos-restaurante que navegan al anochecer por las aguas del rio Saigón (sus pasajeros ignoran que son naves tan seguras como el Titanic), cuya pequeña forma crepuscular es capaz de golpear a kilómetros las ventanas de mi apartamento con sus melodías machaconas (¿el capitán ha olvidado el sonotone en el hotel?) o las melodías que truenan en el club de tenis, donde tengo la desgracia de asistir a clases rodeado de humo de pescado frito a mi izquierda y fiestas de empresa a mi derecha (pirámides de cajas de latas de cerveza, sillas forradas de tela blanca y lacito crema a la espalda, jóvenes con camisa blanca de manga larga, ellas con tirabuzones y vestidos de raso) y sus mega bafles estruendosos que casi desvían el trayecto de mis pelotas, las de tenis. No me extraña mi pobre desempeño y lento progreso en el arte de la raqueta.
Por ello, mas allá del bar Apocalipse y su tabla de surf (CHARLIE DOESN’T SURF), el antro que me recibió en mi primer viaje a la ciudad, con su penumbra, sus aprendices de prostituta y sus gintonics de juguete (poco más abundantes que un chupito), el descubrimiento del Conservatorio de Saigón, donde el pasillo que lleva al bar exterior es aprovechado como parquing para motos, las que circulan de continuo y atropellan ignotos talentos musicales sin disculpa de ningún tipo, (es lo normal), ese lugar es un soplo de aire fresco, de sensibilidad, de alimento para mi alma sedienta de belleza, y que descubre casi con tristeza, que a fuerza de sequía, se había  recubierto de una capa coriácea en espera de tiempos mejores, más sensibles.