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martes, 27 de noviembre de 2012

HELADOS DE PAPEL


             Recuerdo que en la plaza del pueblo, en la tienda donde vendían de todo, desde sandalias de esparto hasta Vodka de antes de la guerra, durante un corto espacio de mi infancia pude comprar helados de galleta, cucuruchos con su bola de color rosado, todo galleta, nada helado. Costaban un real, una moneda que la mitad de España ya no recuerda, en una época donde la moneda de cinco duros era un regalo importante para un niño, y la de cincuenta pesetas una pieza inmensa y pesada.
           Tardé muchos años en volver a ver esos helados de galleta, secos, tan ligeros que parecen de papel. Los reales, esas monedas perforadas, nunca las he vuelto a ver. En Saigón no hay reales, pero hay galletas de papel, tan frágiles y etéreas como las avecillas humanas que las pasean en sus bicicletas, ajenas a la prisa y al egoísmo.
 

 

domingo, 25 de noviembre de 2012

EL CINE HA MUERTO, LARGA VIDA A LA TELEVISION


El cine ha muerto, larga vida a la televisión. Quien hablara del cine como de la séptima de las artes y más tarde se refirió a la televisión como telebasura, debería asomarse hoy a las carteleras y darse luego un paseo por las series televisivas de ACM, un sello que, al menos, deja tras de sí dos de las mejores series de televisión de los últimos años: MAD MEN y BREAKING BAD, mis series favoritas.
Al margen que a cada uno pueda interesar el tema, es indiscutible que todos agradecemos que nos cuenten una buena historia, o mejor aún, que nos la cuenten bien.
Nunca imaginé que hablaría de técnica narrativa refiriéndome a una serie de televisión. Pero eso es lo que dominan Vince Gilligan y su equipo en Breaking Bad.
Comencé mi recaída de teleadicto con la serie MAD MEN porque me parecía inteligente, excelente el trabajo de cámara, maravilloso papel el de los actores secundarios, y la descripción de una época a través de cientos de detalles, los noticiarios, el tabaco en todas partes, el machismo, la relajación social masculina tapada de hipocresía. Viví convencido de que no hallaría nada mejor en TV. Pero Breaking Bad rompió mis expectativas y las superó hasta convertirse en una adicción tan peligrosa como la metanfetamina que vende su protagonista.
El uso de los cliff hangers, una técnica de cierto género de novelas  para acabar los capítulos con expectativas interrumpidas y atraer al lector a nuevos capítulos, es manejado con suma habilidad y las introducciones en clave de flasback or flasforward (adelantar el final al principio) son impecables. Hay una gran riqueza de registros entre los personajes principales y secundarios y es aprovechada para crear un telón de fondo y describir una América sórdida, arquetípica, convencional, una sociedad media que lo pasa mal, que acumula frustraciones mientras se debate entre consideraciones y limitaciones morales, y que se opone a caracteres despiadados que aparentan vidas normales, casi ejemplares.
El cariño se empareja con la ira, el miedo con la ironía, el llanto con la hilaridad enloquecida, la cobardía con los actos de valentía heroica o con fría crueldad. Es una serie de tullidos, débiles, perdidos, de corte naturalista pero a la vez mostrando la particular visión de la América del narrador, como la Rusia de Gogol, real y universal, ficticia y particular, y donde los débiles luchan, evolucionan, ganan.
Es impresionante la capacidad para mostrar detalles técnicos, médicos, forenses, un detallismo a la altura de relatos de Cormac MacCarthy. Y el nudo narrativo gira y da vueltas como un remolino cada vez más cerrado hasta que explota y trae el final entre alivio y tristeza. Quieres que se acabe, pero no se acabe nunca, que tus personajes logren sus objetivos, aunque sabes que se están condenando, que abandonen, y que sigan luchando porque si no se termina la serie. La selección de las bandas sonoras (que parece un distintivo del sello ACM), desde boleros a rap mejicano, es un complemento exquisito.
Breaking Bad. Cinco temporadas, casi sesenta capítulos, de un sorbo, sin aliento. No os la perdáis. No deja indiferente. Es una experiencia de vida y muerte,… como todas.

jueves, 22 de noviembre de 2012

CASARSE POR TERCERA VEZ…CON LA MISMA MUJER


Oficina número ocho a las ocho, departamento de Justicia, calle Pasteur. El mismo que nos envió a por una traducción oficial a la Casa del Pueblo en el centro de la ciudad, la misma que nos entregó un teléfono móvil para concertar una entrevista fugaz en un bar para conseguir un sello oficial, el quinto timbrado del mismo papel para oficializar nuestra partida de matrimonio española.

A las ocho la sala de espera está casi desierta. Las ventanillas están desiertas también. Tras ellas, en segundo plano, un tribunal de tres personas con los dedos cruzados, la mirada perdida, una sonrisa enigmática (¿sonríen?). Junto a ellos, un espejo de cuerpo entero. En la oficina hay dos, con su marquito de madera que forma un frontón neoclásico a modo de sombrero en la parte superior. ¿Para qué los querrán en una oficina del Departamento de Justicia? Los funcionarios nos miran apenas, toman nuestro recibo y nos sacan a la sala de espera. El de la izquierda despliega su herramienta de trabajo, un diario local, y lo lee sin prisas.

Dentro de la pecera funcionarial, una mujer deambula sin rumbo fijo entre las mesas con movimientos acuáticos, amortiguados en una desidia densa como el agua, la vista en su móvil, con cara de cefalópodo, de una languidez abúlica, envuelta en un vestido que podría ser el camuflaje de una ardilla que pretendiera ocultarse sobre una encina o una sepia en el fondo marino. Se acerca a las ventanillas (por fin), pero en el último instante cambia de rumbo y se escurre por una puerta lateral. Mira el móvil. Suspiro (ella). Cambia de dirección y vuelve a entrar en refugio de los apáticos. Suspiro (yo).

Al otro lado de la sala, un corpulento WASP lacto-epidérmico, el traje perfecto, la chaqueta sobre el hombro, (rigores del trópico) camisa blanca, (parece un vendedor de biblias de los testigos de Jehova, de esos que van por parejas sonando timbres) aplasta un papel contra un pincho con impaciente gesto intimidatorio frente a Registro de matrimonios. Espere su turno. Rostros aburridos dentro. Rostros desorientados fuera. Hace una hora que espero. No ocurre nada. Pasa el tiempo frente mostradores vacíos, vacíos, vacíos. Cabezas vacías. Corazones de caucho. No son distintos de los del registro civil de Barcelona. Me imagino un relato de Dickens, La casa desolada. En un escenario como éste todo es posible, hasta que tu mujer entre para entrevistarse y desaparezca para siempre, de una ventanilla a otra. Por eso, cuando sale me alegro. Solo necesitan una foto de nuestra boda. ¿De cuál? ¿La de Vietnam o la de Barcelona? No importa. Con un poco de suerte, en unos días Vietnam contará con un matrimonio mixto más. Inscribir o legalizar nuestro matrimonio después de cuatro años, dos hijas y una emigración es como recasarse, Siento como si revalidara la apuesta. Sí, la apuesta (¿acaso alguien está seguro de cómo le va a salir? Rojo o negro, como la ruleta, y en medio la banca es el abogado, (y la banca siempre gana). Siento cierta emoción en la reválida, ningún arrepentimiento. Buena señal.



 

jueves, 1 de noviembre de 2012

OCTUBRE EN SEPIA. CIUDADES SIN OTOÑO.



El color sepia lo asocio al pasado. A fotos de mujeres con trajes de puntillas, de cuerpos fornidos y un halo oscuro alrededor de sus ojos. Miradas apasionadas, intensas y a la vez ingenuas. Un pasado desconocido. La vida pasa y ya empiezo a tener un pasado, incluso un pasado remoto. Otoño siempre ha sido mi estación favorita, hasta que lo dejé por Saigón, una ciudad sin otoño.
Octubre y noviembre solían ser meses de recogida. Transcurrido ya el abrasador verano leridano, la humedad de las lluvias de septiembre comenzaba a reverdecer los campos, confortados por menos horas de implacable insolación. En septiembre venían las avellanas, una lluvia de esferas crujientes sobre el suelo aún agrietado del verano. A finales de octubre, con la hierba alta, entre las ortigas y las zarzas robustecidas, caían las nueces que hicieron famosa mi comarca, la Noguera. Y en noviembre los palosantos. Con los dedos pardos, las uñas negras por la nogalina, el pigmento que forma la putrefacción de la envoltura de las nueces, íbamos al monte a recoger setas silvestres. Unos años muchas, otros ninguna.
El olor del monte es especial en otoño. También la luz horizontal que atraviesa las hojas de los robles y las encinas, que hace brillar el rocío sobre la mala hierba y los rododendros. El silencio y la soledad acompañaban al buscador antes de que la televisión convirtiera la búsqueda de setas en deporte nacional de los domingueros de Cataluña.
Pebrasos, llengua de bou, rossinyols, ceps, llanegues vermelles, marrons, blanques o negres, apagallums, camasecs, fredolics, rovellons, peu de rata, palomins, y mi último descubrimiento, el blauet. Nunca encontré ou de reig en la Noguera, aunque sí en el Monseny. Un solo día, muchos. 
El otoño también era la época de nuevas exposiciones de arte en Madrid. Mis visitas a la capital tenían sabor a lechón, a tortilla de patatas, a mollejas y cerveza, la mejor cerveza de España, sin gas, sin prisas. Paseaba por la Fundación Juan Marc, por el centro de arte Reina Sofía, el Retiro y por el palacio de cristal. Vagaba por la feria Stampa de obra grafica, en IFEMA, o por el Prado y memorizaba a sus bodegonistas, Sánchez Cotan, Luis Meléndez, Zurbarán, a la pintura intimista y mística de Ribera,  o del Greco.
Era oportunidad de tertulias con ansiosa melancolía al caer la tarde, en el bar de la plaza de Oriente, junto al Palacio Real y los jardines de Sabatini, y de escapadas al barrio de Santa Ana, los azulejos en las paredes de sus bares, los carteles de toreros, y sus teatros, y sus plazas arboladas, estrechas, pobladas de terrazas. Y los amigos intermitentes, esos que solo veías en alguna boda, o cuando ibas a Madrid a verlos. Amistades imperecederas, fraternales, siempre renovadas. Madrid era mucho, y en apenas los dos días del apretado fin de semana quería sorberlo, paladearlo, cuanto más mejor, de día y de noche, sin atragantarme, y llevármelo casa para saborear despacio los libros, los catálogos de arte, las sonrisas y abrazos de quien tenía distinto punto de vista sobre las cosas.
Saigón es una ciudad sin otoño. Acaso unos días otoñales, frescos, de cielo límpido y luz pálida se despistan entre la época de lluvia, en julio o agosto. Ahora en cambio, en noviembre, el cielo ha escurrido ya su mayor carga de agua, y aunque llueve, los días son calurosos, pegajosos, y el sol cae a plomo desde las siete de la mañana, pues ha madrugado con los gallos, y desde las cinco y media ilumina sus cantos.

HONG KONG: UNA CIUDAD VERTICAL


            Las primeras experiencias siempre impresionan más nuestra retina, nuestra alma. La primera vez que vi una ciudad vertical fue Nueva York, 1987. Avenidas interminables, el cielo pequeñito ahí arriba, la luz del sol cayendo sobre las aceras como folios blancos atrapados entre las fachadas o descompuesta en miríadas de reflejos metalizados por las modernas arquitecturas; la visión hacia abajo de los taxis amarillos como minúsculos coleópteros brillantes o de los peatones, grumos de hormigas alineados frente a cines o semáforos, fachadas con luminosos parpadeantes, algunos con proyecciones de televisión, y sobre todo, una angustiosa sensación de infimidad y a la vez de excitante y absurda prepotencia humana: Esto lo ha creado el hombre, y se ha atrevido a desafiar a los cielos con centenares de torres de Babel.
            Hong Kong es una ciudad vertical, construida a lo largo de la línea litoral de la isla de Hong Kong y de tierra firme, ahora China. Pese a ello, conserva gran sabor inglés, por sus taxis rectangulares de color “rojo cabina de teléfonos londinense”, por sus autobuses de dos pisos, por sus letreros de “se prohíbe…todo”, por sus organizadas colas, su sistema de monedas, que recuerda a los penies.
Hong Kong, el puerto de los aromas según John Lanchester, es una ciudad donde los rascacielos superan en altura a sus montañas, una urbe asiática donde la gente pasea frente al mar o por sus avenidas de anchas aceras mientras esperan el cambio de semáforo sin lanzarse a la calle, guiados por el tic-tac de su sistema sonoro, un sonido que recuerda el repicar de los obenques sobre los mástiles metálicos de los barcos de vela.
            Barrios de bares en la calle, como Lan Kwai Phong, excelente comida china y japonesa, un metro amable, modernísimo donde se aglomeran todas las razas y religiones, paquistanís, bangladesís, australianos, ingleses, chinos de Hong Kong, y de los otros. Las tiendas huelen a perfumes caros que se extienden por las calles, entre los vendedores ilegales de copias de relojes de lujo. Olores complejos, sofisticados, mezclas de sotobosque, alga, hongos, mermelada de mora y jabón de colegio de niños, con su toque a mandarina, a lavanda o a colonia antipiojos. Letreros luminosos en caracteres chinos, televisores en los restaurantes de tipos practicando gimnasia con cara de estreñimiento. Entro en un restaurante chino tan lleno que disponen mesas en el hueco de la escalera. La camarera lleva corbata de color carne cruda, la que sirve en bandejas apiladas como tablillas de contabilidad sumeria.
            En el bar del Hotel Península una mujer escribe mientras se licua su cóctel en el hielo. Soledades acompañadas de trago corto y taquigrafía de teléfono móvil. Música para bailar desnudo, chill out bossa nova, percusiones agudas y quejidos de violín. El skyline se ilumina al otro lado del estrecho, frente a Tsim Tsa Tsui, como un decorado navideño que luce todo el año. Alondra Bentley canta su música triste aunque de ritmo festivo, quién dijo que la muerte fuese negra.
            Hong Kong, tan cerca de Saigón, a las mismas dos horas de vuelo que Hanoi, es una ventana hacia la civilización, con sus luces y sus sombras. A fin de cuentas, la historia de la ciudadela de Kowloon está aún fresca en la memoria.