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lunes, 3 de septiembre de 2012

NUTRICION

              Los gallos cantan y me recuerdan que está amaneciendo. A fuerza de escucharlos empiezo a distinguir sus voces, sus aptitudes y habilidades para el arte. Unos capaces de prolongar la última nota hasta el infinito, como un mariachi. Otros graves y secos como la última frase del pregón de fiesta mayor. Aquél es un soprano, el otro un tenor. El de ayer rompió su voz como Villazón. Pero todos, de una forma u otra, son imitadores de las notas del "destino llama a la puerta" de Beethoven. Si se presta la atención debida a las notas de la quinta sinfonía y al canto del gallo, uno capta una similitud bastante curiosa en esa repetición de la primera nota para después descender como un repicar de nudillos en una vieja puerta. Cuán solo debe encontrarse el que no oye, aunque no es menos sordo el que no escucha. Con el arte de escuchar se nutren ambos, el escuchado se siente compartido y el oyente tiene la oportunidad de ampliar su pequeño mundo.
             Hace años descubrí en mi soledad que cenar en compañía sienta mucho mejor que hacerlo solo. En mi etapa de estancias en Hanoi tuve la fortuna de compartir momentos con amigos que generosamente me acompañaron en mis ratos libres. Fue durante el estudio de la pediatría cuando conocí el síndrome de la falta de medro, típico de los orfanatos, y que si uno pudiera creer que es debido a lo exiguo de las raciones, que también, en realidad va más en referencia a la falta de amor, de cariño, o de contacto. Y aunque necesito a menudo la soledad para satisfacer mis necesidades creativas, no soy libre de la necesidad de relacionarme, de escuchar a otros, de ser escuchado. Y por eso me cautivan y a veces envidio, a esos seres solitarios que parecen llevar la música dentro, que se concentran en sus pequeños ritos y navegan por el río de la vida como una hoja que mucho tiempo antes, en algún lugar remoto, abandonó su rama y cayó al agua.

miércoles, 29 de agosto de 2012

DUELOS MENORES. TANMATEIX

Cené en Hanoi en el restaurante Marrakech de To Ngoc Van, un oasis de sabor mediterráneo en el país de Nuoc Mam y el ajinomoto (glutamato monosódico). La comida, taktouka de berenjena y sésamo, taijin de pollo con aceitunas, cebolleta y corteza de limón, deliciosas, como siempre. El dueño, un marroquí cocoliso con cara de eunuco de harén, quizás impulsado por la opinión de los ulemas neoortodoxos locales, había decidido dejar de vender alcohol. No pasa nada. Pero lo peor llegó cuando me dijo que pensaba reconvertir el restaurante para grandes convenciones. Me imaginé el lugar, por costumbre tranquilo, repleto de aglomeraciones de infieles con sus cánticos y perfumes dulzones. Eso, el calor y el cansancio del día, junto con que mis amigos fallaron a su cita conmigo, me sumieron en un estado triste e irritable.
Que nada es para siempre es algo que nos repetimos con frecuencia, pero sin demasiado convencimiento. Un conjunto de palabras que resume el tanmateix mallorquín, una expresión de fatalidad ante los contratiempos de la vida. Con ella se pone punto y final en un segundo a cualquier hecho tan desgraciado como inevitable. Pasamos con prisa ante la idea de la pérdida porque no nos gusta. Duelo viene de dos palabras latinas, duellum para significar confrontación o guerra, dolus para decir dolor o aflicción. Pero no solo nos afligimos por la muerte de alguien. En realidad vivir entraña perder, perder para ganar, dejar y cambiar para crecer, para aprender, para conocer. Dejamos nuestra niñez, nuestro colegio, nuestro hogar, nuestra patria, nuestros viejos amigos. Dejamos la vida mientras la vivimos.
Esperaba verte pero no pudiste ir a la cita. Este verano no iré a la costa. Mis padres me han cambiado de colegio. Ya no fabrican mi juguete favorito. Y así se suceden miles de pequeñas pérdidas. Cambié de teléfono y perdí las direcciones y teléfonos. Cuántos nombres se lleva un error informático de nuestros archivos. A muchos de ellos no los echaremos de menos, son como viejas fotografías que nos recuerdan con cierto desagrado a amigos que nos dejaron, novias de juventud, vecinos pesados, colegas indeseables.
Vivir en Vietnam me acrecienta ese sentimiento de querencia melancólica y pérdida resignada. Si en algún lugar todo cambia, sin duda es en Vietnam. Los restaurantes y locales abren y cierran en meses, algunos de hecho, no llegan a abrir nunca. La obra se detiene a medias y poco más tarde la echa abajo otro proyecto. En el año nuevo lunar, el Tet de cada año, miles de locales cambian de manos. Pero no solo eso. Es la variabilidad lo más agotador, la imposibilidad de prever que lo que sucedió ayer de un modo determinado, hoy o mañana sea igual. Es particularmente evidente en la calidad de los platos de los restaurantes, o en el modo de trabajar de un subordinado. La noche parece borrar la experiencia de los que me rodean, y amanecen con el cerebro liso, la memoria borrada, la sonrisa excusatoria. Un fenómeno ideal para mantenerse arriba en un país que se llama socialista y usa por igual banderas rojas con estrella, hoz y martillo, donde nada es social ni solidario.
Por ello me refugio en los sabores, en los olores del Meditarreaneo, me refugio en una burbuja de melancolía organoléptica. Por eso me resulta insoportable que el Marrakech cambie. Tanmateix.

ECOS HISPANO-VIETNAMITAS: POLITICOS Y BANQUEROS

        El diario Viet Nam News es de los más sucintos y a la vez completos diarios que he leído nunca. Y siempre tiene alguna atención hacia España. ¿Desde cuando sale alguna noticia de Vietnam, país de 90 millones de habitantes, una de las economías crecientes en el sureste asiático, en los diarios españoles?

       Un amigo me comenta que sí, que hace poco recogieron dos noticias, la de las hostilidades entre China y Vietnam por causa de unas islas (según me cuentan algunos vietnamitas, su gobierno las vendió hace tiempo a China y ahora disimula porque el país, el pueblo soberano –ja, ja, ja– no ha visto un duro del asunto…), y la otra noticia es que habían asesinado a un cura español.

       En cambio hoy leo en el Viet Nam News que, en plena crisis, cuando Spain is now inching towards a full state rescue (España esta avanzando a pulgadas hacia un rescate total del estado –una pulgada equivale a 2.54 cm, pero aún así la tortuga ganó la carrera), que la gran decisión ha sido volver a pasar los toros por la TVE. Eso sí, recortando derechos televisivos a los empresarios taurinos, que recortar está de moda y nunca se ha estilado tanto como en el toreo. Así que gracias al señor Rajoy volverán los toros a Cataluña, aunque sea por la TVE.


      Y mientras el distinguido equipo político de país tan ejemplar distrae al pueblo con más circo que pan una vez más, nuestros banqueros, políticos y ladrones (¿alguna diferencia?) siguen en la calle. Pero sí hay diferencias. Porque en un país tercermundista como Vietnam, el 20 de agosto detuvieron al CEO del ACB (Asia Comercial Join Stock Bank), uno de los hombres más ricos del país, y pocos días más tarde a su jefe ejecutivo por “negocios ilegales” y “actuar deliberadamente contra regulaciones estatales en materia de actividades económicas” (¿se necesitan pruebas más concretas para enchironar a alguien?). 

      Mis amigos bien informados dicen que en realidad es una guerra política al estilo ruso, como la que condenó a dos rusitos multimillonarios a Siberia. El club político es restringido y tiene sus reglas. Hay que haber tragado mucha quina y muchas otras cosas para ser admitido en la familia. No se puede llegar con los bolsillos llenos de dinero, el pelo engominado, jugando al golf y siendo propietario de un equipo de fútbol y pretender ser el próximo candidato a presidente del país. Eso no funciona así. Y de este modo, aunque se necesitan el uno al otro y no son el uno sin el otro, ni el banquero es político ni el político banquero. Uno nutre y sostiene al otro, y el otro mueve y da sentido al uno. Como el Shen y la Sangre, como el Yin y el Yang. 

viernes, 3 de agosto de 2012

TAMBIEN EN SAIGON ES AZUL

                A mí me gusta llamarlo Saigón, y no la ciudad con el nombre de un conquistador. Aunque en realidad no la conquisto él. Cuando acabó la guerra de Vietnam, una guerra civil, no lo olvidemos, no una guerra de vietnamitas contra americanos, cuando acabó, Ho Chi Minh hacía años que estaba muerto. Nguyen That Thanh, que así se llamaba en realidad Ho Chi Minh, murió en el 1969, mientras que la Guerra no terminó hasta abril de 1975.
                Pues bien, a medida que paso los meses, ya casi dos años, en esta ciudad de carrusel, caigo en detalles que me sorprenden por no haberme dado cuenta antes. Cuando acaba el extremo de la época seca, el seco y caluroso mes de mayo, las lluvias caen cada vez con mayor frecuencia, y si en España hasta mayo no te quites el sayo, en Saigón, desde junio hasta diciembre. De este modo, en el mes de julio, insoportablemente caluroso en España y en otros países de la cuenca mediterránea (horroroso en Florencia), en Saigón es como un otoño fresco, un equinoccio ficticio (en realidad todo el año es equinocte, pues las horas de luz apenas varían en los doce meses) con sus cielos azules, la luz más blanca, menos vertical, la radiación menos infernal.
                Algunos días me parece respirar el aire de Barcelona en primavera, en uno de esos días de sol fuerte pero aire fresco, cielo añil, de pocas nubes. Y aunque es cierto que la ilusión dura poco, porque una o dos horas después ya se amontonan las nubes grises en aguadas desvaídas, cada vez más negras, y se levantan corrientes ya no de aire sino de viento amenazante, para luego deshacerse el cielo en un hervor despiadado, aun así, en esos días me sonrío con una alegría genuina, un tanto teñida de melancolía, pero más por haberme condenado a rutinas o disciplinas laborales que me impiden disfrutar de esos momentos hasta que se acaban, que por sentirme alejado del ambiente donde sentí por primera vez esas alegrías.

ME ARRODILLO ANTE LOS DETALLES

                Soy incapaz de escribir en medio de ese ya adentrado cambio de estación seca a la húmeda. Sigo en la tesitura en que me pesan las manos, los dedos flaquean, los párpados caen, las pupilas se desenfocan. La humedad es el peor enemigo de la medicina china, lo que cuesta más de eliminar, se aplican agujas, ventosas, moxas o se administran pócimas de hierbas en decocción. La humedad se asocia al Parkinson, al ictus, a los tumores, a la grasa y a la esquizofrenia. La humedad la causa el ambiente, pero también la dieta, la grasa, el alcohol, o las emociones tóxicas, en especial las obsesiones. Y yo vivo en un país húmedo, muy húmedo indeed.
                Hubo quien me dijo que el inglés era un lenguaje pobre en vocabulario comparado con el español. De hecho es posible distinguir en internet facciones de individuos defendiendo la cantidad de vocablos o expresiones de uno y otro idioma, como si fuera algo relevante. En una de esas páginas web, un tipo moderado argumentaba que el inglés, influido por igual por el latín y la lengua germánica, duplica términos para expresar lo mismo, mientras que el español, gracias a la flexibilidad sintáctica, los subjuntivos y los verbos ser y estar, puede expresar muchos matices que en inglés requieren palabras distintas. Así, el hombre venía a contar 200.000 términos en un diccionario escolar inglés, frente a 100.000 en uno español, aunque reconocía que el ciudadano culto dominaba solo unos 20.000 y que es posible comunicarse en una lengua con tan solo 1000. Dicho eso, yo debo ser uno de los que usa apenas 1000 vocablos para comunicarme en inglés, porque de pronto descubro palabras que me maravillan y me asombro de mi ignorancia.
                Y hablando de humedad, mi estado físico estaría entre lánguido (languid, listless, limp, lackadaisical–¿no es una palabra maravillosa?– ,quaggy) y pantanoso (swampy, marshy, boggy, sloughy)
                Y si he caído en esta pequeña digresión no ha sido más que para introducir un comentario sobre el uso de los detalles en la literatura. Sin vocabulario no hay detalles. He tenido la suerte de leer un par de libros donde el empleo del detalle es magnífico. Una historia es truculenta y terrorífica, Meridiano de sangre, de Cormack McCarthy. Pensaba dedicar un post a este libro, porque se lo merece. Tal vez lo haga. El autor se entretiene en detalles como la apariencia de una escopeta a la que cortan los cañones, todo un símbolo en una historia donde todo Cristo corta cabezas, cabelleras y genitales, tan bella con su estuche y complementos de peltre que el mismo herrero se niega a mutilarla. También nutre el relato con una descripción de la flora y fauna del desierto de la frontera de México y de los fenómenos atmosféricos que en él tienen lugar, con un efecto casi mantrico. Por el contrario en El buen soldado, de Ford Madox Ford, el detalle es desplegado con una irónica elegancia que logra convertir en verosímil y visible la idea más absurda. Es simplemente genial. Os recomiendo ambas lecturas, aunque para el tórrido verano español, mejor empezar por esta segunda, y dejar, para cuando los ánimos estén más refrescados, la segunda. A mí solo me queda reconocer que ante tamaños autores, y en concreto ante estas obras, me entran ganas de arrodillarme y plegarme hacia adelante.

lunes, 11 de junio de 2012

OCCIDENTE SIN VERGÜENZA, ORIENTE SIN PACIENCIA

Aquél que se desprende de la vergüenza tiene ganada la partida a la libertad. Josep Pla decía que para ser libre se necesitaba dinero, que el dinero te hacía independiente. No conozco ningún país muy pobre que desee ser independiente a menos de que tenga la ilusión de volver a ser rico (o al menos sus gobernantes). Pla hablaba de que el pobre de verdad, el pobre sin remedio, sólo lo es aquél que ha perdido la ilusión del milagro posible.

 Opino que la verdadera libertad reside en desprenderse del sentido del ridículo. En Occidente, en España, debemos persistir en la fe en el milagro posible. Lo del ridículo, mejor lo dejamos. Nuestro país solo brilla en el extranjero por sus atletas. Lo más triste es constatar que los nuevos que ocupan el poder, repiten las tácticas de los anteriores, negando evidencias, eufemizando lo innegable, echando culpas hacia atrás o hacia afuera. Son bufones, pero bufones ladrones, mentirosos, mala gente. El problema, es que si les culpamos, nos convertimos en ellos mismos, porque el que esté libre de culpa, de responsabilidad, el que no haya chupado de aquí o allá, con evasiones, “pequeños olvidos involuntarios” frente al fisco, pirateos, amiguismos y recomendaciones a pequeña escala, repetido bajas, prologado paros mientras ejercía otro oficio o sonado con hacerse millonario con especulaciones domésticas, que tire la primera piedra.

Todos somos, en cierta medida, los responsables. Lo cual no debe impedirnos romper el círculo y empezar a poner coto, limites y control a quien ostenta el poder. El anillo del poder convierte en monstruo a quien lo lleva, palabra de Golum.

En Vietnam hay una mezcla naif de candor y valentía que observo en algunas de mis colaboradoras de la clínica. Cometen errores de bulto, olvidos imperdonables, debidos a la no asumida falta de experiencia o al exceso de pajarillos en la cabeza, pero lo reconocen sin que les tiemble la voz, la cara inexpresiva a mis ojos, con una emoción que guardan el algún cajoncito de su cuerpo diminuto, donde todo parece de juguete, mínimo, empezando por sus nombres monosilábicos: My, Lin, Ha, Thao, Dien, Y, Lang, Tram, Trang, Huy, Tu, Hoa, Thuy...

Las escenas de la vida vietnamita, curiosamente, cada vez me recuerdan más a la Mallorca que conocí en 1996, la que relata en “Mis queridos mallorquines”, un escritor con el seudónimo de Guy de Forestier. Vendedores que no quieren vender, conducción temeraria, gesticulación indescifrable, ocultamiento de los sentimientos en público hasta lo ridículo. En Saigón hay una abundancia insoportable de gente paleta con dinero, conductores que parecen sus propios chóferes, padres que parecen sus propios hijos, ruidosos, maleducados, egoístas, víctimas del exceso, de una camaradería adolescente, que obliga a los de fuera, a los que quieren negociar con ellos, a llevar la misma piel, bailar la misma música, un ritual de borrachera absurda.

Junto a ellos, me encuentro personajes como las vendedoras callejeras de bocadillos, banh my, o de café. En un extremo del espectro están las listas, que por ser extranjero te doblan el precio, y si no lo quieres, tú mismo, y en el otro las mujeres entrañables, que con una mirada y una sonrisa te han dado ya casi todo, y sin duda, lo mejor de sí mismas.

En particular hay dos, una en Pasteur, encima del establecimiento Pho Hoa, y otra junto a mi oficina, en Nam ky khoi nghia 167. Pequeñas, bajitas, la una de aspecto aborigen, simiesco, la mandíbula apiñada bajo unos pómulos robustos como el café que vende, siempre cubierta la tez, y a veces la cara, con trapos para que no la afee el sol. La otra, es tan solo una belleza, la proporción perfecta en las facciones, la melena corta que le cae al estilo de Ava Gardner, la piel morena sin que le importe, con una camisa azulete que lleva, abrochados los puños, flotando al viento. Sus voces, las de las dos, cuando hablan, son arrullos tímidos, agradecidos, humildes y honestos.

Estas mujeres, a las que rindo tributo, aún a sabiendas de que en realidad poco conozco de ellas más que lo que puedo ver mientras tomo un cafe sūa da bajo su toldo, son las que me reconcilian, no ya con el trópico, sino con toda la humanidad. Y repito cafés bajo su palio, más por su mirada y su sonrisa, por contemplar sus movimientos afanosos y pajariles, que por el propio café.

Diría que el trópico está idealizado en la mente de muchos españoles. Me refiero a vivir en el trópico. La imagen que uno se hace del trópico en vacaciones solo es una postal, como si uno calibrara un matrimonio por la noche de bodas, o la previa. Lo mismo ocurre con ese paquete de valores que se ha exhibido en las películas orientales, en especial en las de artes marciales. Me refiero a una moral taoísta amanerada, tan alejada de la realidad como la comida de un restaurante chino de Barcelona, que para más inri, ahora casi todos sirven comida japonesa –quién se acuerda ya de Nan Qing–.

En concreto me refiero a la paciencia. La paciencia no es un atributo oriental. Y en cuanto a la calma o la templanza, es solo fachada, miedo atroz al ridículo social de mostrar los sentimientos, de manifestar las contradicciones inevitables en una vida rica. La calma y la paciencia me parecen más propias de los campesinos de cualquier parte, los que saben cuánto hay que esperar para ver crecer la cosecha, y cuán fácil es que una helada la eche a perder. La paciencia se extingue en las aglomeraciones, en las ciudades. Y oriente, el que cuenta para el mundo de hoy, es aglomeración insoportable.

jueves, 7 de junio de 2012

HAN VUELTO LOS LICHIS


Lichis (Litchi chinensis). Como las peras de san Juan, simbolizan junio, el fin de curso, las vacaciones, la frescura del verano. Como las peras de san Juan o los higos de septiembre, los coll de dama o las brevas, son frutos de estación corta, y tan definida como definitoria.
Han llegado desde el norte. Los más famosos son los de Bien Duong . En vietnamita del norte se pronuncia Bin Zung.
A diferencia de los que venden en la boquería de Barcelona, que se refugian bajo una cascara coriácea como las paredes de un panal de abejas, cuando salen del árbol su piel es blanda, tersa y elástica como la de un reptil, y su carne gelatinosa, turgente y acuosa como la de una medusa.
Los principales productores son India, Tailandia , Israel y Sudafrica. Tambien se encuentra en Mexico, herencia de las migraciones ferroviarias de los Chinos al nuevo mundo.