La ciudad ruge con su propia voz, que apenas calla unas horas de madrugada. Motoristas suicidas juegan a esquivar retrovisores mientras chicas acuclilladas comen o beben en las aceras. ¿Pero qué hora es? Aquí comen todo el día. Banderas rojas con la hoz y el martillo miran con indiferencia a los bulldozers que destruyen edificios históricos del centro de la ciudad para dar paso a grandes rascacielos. El edificio Eden de Le Loi con Nguyen Du ha caído en tan solo cuatro semanas. La historia se reconstruye, la ideología se moderniza, los símbolos se mantienen pero no se aguantan. La cartelería de propaganda usa iconografía de entreguerras y se enfrenta sin éxito a las radiantes modelos de Chanel o Bulgari y oculta a sus espaldas los cascotes de pequeños comercios expropiados por manos oscuras que trafican dádivas en nombre del interés común, solo que común a unos pocos. En las paredes del mercado de Ben Than, el más popular y concurrido de la ciudad, carteles luminosos contienen frases hermanatorias intraducibles y menos aceptables para el que tenga los ojos abiertos. Sobre un paisaje de rascacielos sigue el mensaje unionista, como si los constructores y promotores o incluso los propagandistas tuvieran algo que ver con la señora sentada ante el letrero, la cara arrugada, acuclillada ante unas bandejas de hoja de plátano seco en las que se acumulan huevos de codorniz, cacahuetes y mango verde, o la del carrito de arroces multicolores, o el que se rodea de almanaques y sobrecitos rojos y dorados para celebrar el nuevo año, el año del gato. Pero está muy claro quién es el gato y quienes los ratones.
A través de mis vivencias en Saigón, descubriréis cómo se ha trasformado la sociedad vietnamita desde la postguerra de los 70 hasta el siglo XXI,
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viernes, 28 de enero de 2011
domingo, 23 de enero de 2011
EL TIOVIVO DEL TRAFICO EN SAIGON
La primera vez que tuve contacto con Vietnam me produjo la extraña sensación de estar en un país latino ¿Latino? No podía ser. Pero lo cierto es que la pasión por el ajo, la vida en la calle, el bullicio, las gentes en los cafés de Saigón chocaban con lo que uno podía esperar de un país comunista asiático con economía planificada en apariencia. Con el tiempo he podido constatar que en Vietnam coexisten muchos contrarios, como la planificación de sus emprendedores en la esfera individual en contraste con una sensación de improvisación colectiva.
Si en algo se aprecia la mezcla de individualismo y falta de planificación colectiva es en el tráfico. La falta de cumplimiento de las normas más básicas del orden circulatorio, la ausencia de semáforos en la mayoría de los cruces importantes, la arbitrariedad con que los agentes de la policía ejercen su poder sobre los conductores, todo hace de la circulación por Saigón un fenómeno sorprendente y creativo. Las aceras se convierten en carriles de adelantamiento para motos, las calles tienen direcciones pero los sentidos son libres, alternando el adelante o hacia atrás con los sentidos cruzados o el casi estacionamiento en plena vía para recoger un bulto caído inoportunamente de una moto. Porque las motos llevan bultos, todo tipo de bultos, desde cien patos o cincuenta bolsas de plástico que hacen de pecera a pececillos de colores, hasta cristales o espejos de 1x2 m2, neveras, y rascacielos de hueveras o veinte botellas de aceite de 10 litros. Por supuesto son el transporte multifamiliar por excelencia, de modo que no es extraño ver un motociclo con cinco ocupantes que se apretujan como sardinas, los adultos con casco, los niños no. En perspectiva está el impulso al transporte público, un remedio urgente para una ciudad colapsada por la cantidad y la falta de orden. En medio de este caos, la vida del peatón transcurre como la que debían llevar los primeros mamíferos entre los dinosaurios. El peatón es ignorado. No hay aceras salvo a la salida de los grandes hoteles y centros comerciales, los pasos de peatones no son respetados por nadie, y el peatón cruza como puede, por donde le da la gana. Peatones en las calles, en las rotondas, en las autopistas. Y como si de una ruleta rusa se tratara, van agotando los huecos vacíos entre motos, coches o camiones hasta que les llega su hora.
lunes, 10 de enero de 2011
COMER CON LOS DEDOS
Qué son los dedos sino la última ramificación del cuerpo, las púas de una estrella en lo más alto del brazo, los tentáculos de un pulpo de cuatro patas, los que convierten a las palmas en anémonas, pájaros, mariposas o cualquier otro miembro del bestiario de nuestra imaginación. Con los dedos se rasga, se corta, se manda, se vota, se golpea, se acaricia y se come. Lo primero que hacen los bebes es cerrarlos para llorar y luego abrirlos y acercárselos a los ojos para protegerse de la luz. Solo unos meses tardan en metérselos en la boca y con ellos todo lo que encuentran. Un psiquiatra escatológico dijo eso de que les produce placeres orofecales. La realidad es que las oportunidades de comer con los dedos son tan celebradas como carentes de elegancia. Aunque ello depende del arte de cada cual, claro. Las tapas, los pinchos, los rollitos, el marisco o los calsots todos se festejan con los dedos. Y aunque luego nos traigan toallitas perfumadas, banderas blancas de nuestra voracidad, el olor persiste entre nuestros dedos, como el perfume pecaminoso de todas las grutas exploradas en una noche de lujuria. Y resulta sorprendente observar la metamorfosis o quizás únicamente la caída de pieles de cordero o de lujoso visón bajo las que asoman ya lobas o panteras y se abalanzan sus estrellas abiertas para cerrarse como el pico de un ave exótica sobre las delicatessen nacidas cargadas de energía potencial, que en segundos se transforma en cinética y aceleración. Y cuando por fin se aplaca el baile de brazos en lo alto, los que caían segundos antes centrípetos sobre fuentes rebosantes, solo queda una estela de platillos brillantes en las mesas, que ya van desapareciendo como la espuma del mar bajo la luna tras la popa de un buque nocturno, mientras alguien les echa una última mirada melancólica, comprendiendo quizas la fugacidad del placer, el engaño del deseo.
lunes, 20 de diciembre de 2010
LOS PÁJAROS CANTORES
En una vida con tiempo, uno puede pararse a escuchar el canto de los pájaros. Frente a mi ventana, el día empieza con la música de golondrinas y gorriones, con sus piares histéricos las del frac, y sus chip chip los señores vestidos de otoño, sus pechitos henchidos. Solo les falta a éstos un sombrero hongo para recordarme a un francesito de provincias, en la mitad de su vida, disfrutando de la ansiada retraite, cuando sale los domingos a tomarse un pastis en una mesa al sol.
En cambio, las que cantan con sus vestidos largos el frenético trino de agudos de alguna película de Hitchkok, me transportan a los cables de la luz o del teléfono de la calle frente a la habitación de mi abuela, en Vilanova de Meià. Siempre me dan una sensación de frescura, tal vez porque, aunque los escuchaba en el caluroso verano ilerdense, lo hacía desde el refugio penumbroso de una casa antigua de gruesas paredes.
Frescura que también me transmute el canto del mirlo en los cedros de Barcelona tal vez porque cantan a su sombra, o porque al igual que los chopos, siempre habitan cerca del agua.
Pero en Saigon hay otros pájaros, avecillas humanas, igual de madrugadoras, tan inocentes o desvalidas como aquéllos. También se levantan temprano o se acuestan tarde y tienen sus propios cantos y canciones. Mujeres estilizadas sobre sus bicicletas, bajo sus sombreros, ligeros tejados de paja, gritan la recogida de basuras, y los butaneros repiquetean en metal, y los masajistas ambulantes sobre madera, como pájaros carpinteros. Y por las noches los vendedores de helado atormentan a sus clientes desde sus carritos con músicas enlatadas, en un bucle de cuatro o seis compases y los pajarillos ciegos, hijos de la desgracia o del horror, acompañados de sus lazarillos, entonan quejidos que emergen de altavoces descomunales, a la par que venden barritas dulces a los niños.
Mientras, intramuros, las mujeres del color de la tierra acunan a mis hijas con melodías sin fin, de orígenes tan exóticos y ejecuciones tan tuertas como ellas mismas. Y yo trato de recordar si en Barcelona hoy en día alguien canta o incluso sonríe.
En cambio, las que cantan con sus vestidos largos el frenético trino de agudos de alguna película de Hitchkok, me transportan a los cables de la luz o del teléfono de la calle frente a la habitación de mi abuela, en Vilanova de Meià. Siempre me dan una sensación de frescura, tal vez porque, aunque los escuchaba en el caluroso verano ilerdense, lo hacía desde el refugio penumbroso de una casa antigua de gruesas paredes.
Frescura que también me transmute el canto del mirlo en los cedros de Barcelona tal vez porque cantan a su sombra, o porque al igual que los chopos, siempre habitan cerca del agua.
Pero en Saigon hay otros pájaros, avecillas humanas, igual de madrugadoras, tan inocentes o desvalidas como aquéllos. También se levantan temprano o se acuestan tarde y tienen sus propios cantos y canciones. Mujeres estilizadas sobre sus bicicletas, bajo sus sombreros, ligeros tejados de paja, gritan la recogida de basuras, y los butaneros repiquetean en metal, y los masajistas ambulantes sobre madera, como pájaros carpinteros. Y por las noches los vendedores de helado atormentan a sus clientes desde sus carritos con músicas enlatadas, en un bucle de cuatro o seis compases y los pajarillos ciegos, hijos de la desgracia o del horror, acompañados de sus lazarillos, entonan quejidos que emergen de altavoces descomunales, a la par que venden barritas dulces a los niños.
Mientras, intramuros, las mujeres del color de la tierra acunan a mis hijas con melodías sin fin, de orígenes tan exóticos y ejecuciones tan tuertas como ellas mismas. Y yo trato de recordar si en Barcelona hoy en día alguien canta o incluso sonríe.
jueves, 16 de diciembre de 2010
Espuma de mar con Lima
Siempre me han fascinado los mundos en miniatura. Desde que de niño escuchaba las caracolas e imaginaba en su interior vientos desatados sobre mares embravecidos. La Lima con soda que tomo frente al mar de Vietnam, en este autosecuestro a la isla de Circe que estoy viviendo desde hace unos meses, una vida rodeada de mujeres de toda edad y jerarquía, cuidadoras, esposa, hijas y suegra, esa bebida debería llamarse espuma de mar con Lima.
Con qué tarlatana de gasas y tul viste la espuma la superficie de la copa. El cristal se cubre de puntillas, como si fuera la protagonista de una boda. Y allí abajo queda ese sol iridiscente, verde y ácido, el disco de Lima, una rueda de carro cítrica, un reloj esférico sin agujas capaz de testimoniar en pocos segundos como su gloria en la superficie de las olas se desploma al ya seco fondo del vaso. Y entonces solo queda, al igual que en las playas de invierno tras un día de tormenta, ese olor fresco e intenso, que como todos los olores, llaves de Pandora, tienen la secreta arma, el poderoso don de penetrar en lo más primitivo de nuestro cerebro y hacer vívidos, con una magia especial, los más recónditos espacios de nuestra memoria.
martes, 7 de diciembre de 2010
DESAYUNO CON QUEROSENO
Encontramos un local a pie de calle, tan estrecho como una grieta entre dos medianeras, tan pequeño que podría ser el cuarto trasero de una minúscula tienda de zapatos. Es un restaurante. En la acera, se acuclillan tres o cuatro comensales sobre taburetes azules de plástico, tamaño orinal, mientras los peatones deambulan frente a sus palillos. Sostienen en sus rodillas un cuenco que sumerge una madeja de fideos, de la que parece que tejan un jersey hacia sus bocas. Tiene muy buen aspecto, y mi mujer me empuja desde el ruido de la calle a cruzar el umbral hacia el espacio de penumbra que alberga, milagrosamente, cuatro mesas en miniatura, de casita de muñecas y sus ocupantes.
Desde la cocina, en el marco de la puerta, una mujer crea, despacha y cobra las especialidades del fogón, que denuncian la procedencia de la dueña. El Bun Bo de Hue y el Vanh Cuon. En menos de dos minutos una joven deposita el plato de ralladura de flor de banano y brotes de soja vaporizados y un platillo de limas troceadas y chile fileteado. Al minuto tres, un bowl de sopa en la que flotan láminas de ternera y longaniza de pescado entre fideos redondos, spaghettis de arroz, aterriza en la mesa. Fast Good. Los tipos de la acera que empezaban a comer cuando me senté, ya no están. Ritmo gastronómico local. Desayunos y almuerzos sin tertulias. En el minuto tres y veinte segundos sirven a mi mujer el Vanh Cuon, una creppe de arroz rellena de carne refrita.
El procedimiento para dar a luz tan sutil envoltorio es lento, metódico y cariñoso. Hervir, tostar y vaporizar hasta conseguir una oblea blanca, translúcida y elástica que posteriormente se rellena. Los restaurantes especializados en Vanh Cuon transmiten un ambiente de matanzas, de laboriosidad tribal, comunitaria, donde las mujeres de la cocina me recuerdan a las comadronas, con sus guantes, su trasiego de velos y carnes, y su envergadura física.
En un instante mi placidez se trunca por el griterío de la cocinera hacia la camarera, su nieta. El profesor ha llamado desde la escuela. Las notas no son buenas. Levanta el mazo de mortero y la amenaza ante la clientela. ¿Tu crees que me aceptaría a mí tu profesor? ¿No ves que soy demasiado vieja? Mírame aquí. Yo no tengo tiempo de ir a la escuela.
Vietnam, un país donde conviven enfrentados el machismo más primitivo con un matriarcado combativo, en el que se oponen pero también alían, el feminismo calculador con la independencia económica femenina, las que testimoniaron la guerra no perdonan a sus descendientes la flaqueza ni la estulticia.
Huelo a queroseno, o tal vez sea napalm, que se mezcla entre los aromas del habitáculo, y entiendo cada vez más que los vietnamitas ganaron la guerra por su carácter.
LA FIDELIDAD DEL ARROZ Y EL PHO AVENTURERO
El hábito de comer arroz está tan arraigado en Vietnam que la expresión “an côm”, comer arroz hervido, es sinónimo del verbo comer. Si va seguido de la palabra mañana, mediodía o noche, entonces equivale a desayunar, comer o cenar.
El arroz está presente en la vida publica y privada. Los mercados tienen paradas de arroz, donde puede adquirirse el de diferentes países, como el japonés, parecido a la variedad bomba (¿por qué será?), el tailandés, fino y esbelto como sus mujeres, el arroz chino, perfumado al jazmín, el arroz pegajoso, tan apreciado en Vietnam, en alusión al barro de sus campos, sin brillo, pequeño e irregular, el arroz roto, mutilado de guerra de las cosechas pero igualmente apreciado y rescatado para el paladar de los saigoneses y finalmente los coloridos sacos de arroces salvajes o sin descascarillar.
Igualmente llamativo es el arroz pegajoso y dulce teñido de color café, naranja y guisante que sirven en los carritos de la calle y con el que confeccionan bonitos pasteles.
En la vida privada el arroz no es menos importante y toda casa que se precie tendrá en su cocina una arrocera eléctrica caliente, como si fuera una tetera inglesa, siempre preparada para servir un cuenco del ebúrneo elemento al invitado inesperado.
Y tan ligado está a la rutina, a la lealtad a lo conocido, o tal vez sea porque su color se ha asociado siempre a lo inmaculado, a la pureza y la inocencia, que ya el desvío conyugal se describe en términos de infidelidad gastronómica. Así, comentar que hoy no voy a comer arroz, sino un pho es poco menos que una declaración de adulterio.
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