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martes, 1 de julio de 2014

OPEN THE DOOR OR CALL ME SUMMER. YA DISPONIBLE PARA DESCARGA.

       El verano es frío este año en Barcelona. Veintidós grados, nubes y llovizna, un paisaje del norte que contrasta con los cuerpos morenos y flácidos expuestos con audacia por las calles del casco antiguo, en la plaza Cataluña y el enjambre del portal del ángel. 

      Pero en Saigón siempre hace calor, y el calor hace sudar, y ambos licuan la voluntad y relajan la moral, encienden el deseo y adormecen las precauciones. Es un paisaje distinto, lleno de oportunidades para el desvío del camino correcto, un escenario de imprevistos, un terreno de aventuras, sorpresas y secretos.

OPEN THE DOOR OR CALL ME SUMMER es mi última novela. 

        Es la segunda versión de una misma historia, la primera la tenéis en Amazon con el nombre SECUESTRO EN ANGKOR WAT. Es otra novela sobre Saigón, una muestra del Vietnam de nuestros días, una visión renovada de mi experiencia vietnamita.

         Esta segunda versión es diferente, más adulta, más intensa, más humana, con las debilidades y genialidades de una sociedad en movimiento. Las relaciones se desplazan en el espacio y el tiempo, progresan hacia escalones sociales más altos o caen hacia las alcantarillas de la moral. 

     Todos deseamos algo, pero pocos estamos dispuestos a traicionar a los que más nos importan para conseguirlo. Y los traicionados, una vez conscientes, pocas veces son capaces de perdonar, de olvidar y volver a empezar. 

     Vivir el odio. Vivir sin resentimiento, volver a soñar, a sonreír.

     En este relato, la visión pragmática, cínica y melancólica de unos nórdicos expatriados en Saigón choca con el sueño desesperado y mágico de una pareja de vietnamitas. Se cruzarán en un viaje surreal, y en el fin del trayecto, les esperará un espacio para la esperanza y la reconciliación.

      Ya está disponible para descarga en Kindle amazon.


      Por favor, a todos los que la hayáis leído, os agradeceré que escribáis comentarios en amazon y en este blog. 


      Si os gusta, podéis leer otros relatos míos también disponibles en AMAZON como son las dos primeras entregas de la serie MUNDIPOL. En esa serie, tres policías peculiares se enfrentan a crímenes perpetrados por asesinos sofisticados y creativos. EL MISTERIO DEL HOMBRE ÁRBOL y TINIEBLAS DE SEDA son los primeros volúmenes. Seguirán otros dos que están en la fragua...

La novela participa en el PRIMER CONCURSO DE AUTORES INDEPENDIENTES DE AMAZON Y LA ESFERA DE LOS LIBROS

!!Deseadme suerte!! 

Rubén






viernes, 6 de junio de 2014

OPEN THE DOOR AND CALL ME SUMMER


Solo quien vive o ha vivido en Saigón, puede comprender y corroborar que la sexualidad está en todas partes, que cala y amenaza con corroer la moral más recta, igual que la humedad y el calor disuelven la voluntad y los propósitos en una ciudad que vive en verano perpetuo. Ya sea en la época de lluvia o de sequía, las piernas asoman de pantalones cortos, los hombros se lucen descubiertos, los ojos con pestañas postizas. No es baladí decir que en Saigón nada es lo que parece, y con frecuencia el sexo pregonado no corresponde ni satisface lo esperado. En esos casos, el enardecimiento conseguido en un cortejo acertado, o el derecho obtenido de un precio pagado, acaban en escarceos presurosos, temerosos e inexpertos.

Saigón es una ciudad de paso en la que algunos se quedan para siempre, unos porque enamoran, otros porque se mueren. Saigón es ciudad de despedidas, de mudanzas, de fiestas de bienvenida, de continuo abrir y cerrar puertas, piernas y nuevos locales. El cambio es perpetuo, nada es previsible o duradero, y el tesón sufre el continuo embate de la desidia y la decepción. Unos crean matrimonios acelerados, otros los destruyen nada más llegar. Los padres son segundos padres, las mujeres segundas mujeres, los hijos, segundas generaciones de hijos que tienen, en otros países, segundos hermanos a los que no conocen. Y entre los que se quedan en el mal llamado tercer mundo, transitan los hijos de la tercera cultura, que viven en un mundo ajeno al de sus padres, y son Ulises durante toda su infancia, y anhelan una Ítaca, pero ignoran cuál. 

Y mientras, en paralelo, en Saigón persiste un modelo social paradójico, ultraconservador y ultraliberal, pero a diferencia de Estambul, donde el puente del Galata y el cuerno de oro separan a los siglos diecinueve y veintiuno, aquí están confundidos, y en las calles y los hem (callejones) se enredan acentos y tradiciones, y es la riqueza, el principal bisturí que separa a los que medran de los que sobreviven, y los afortunados se esfuerzan, mediante la ostentación, en demostrar a los desfavorecidos a dónde han llegado y dónde están.



Algunos hechos narrados en esta novela, la quinta que he escrito, pueden recordar a los lectores pasajes de sus vidas o de las de sus conocidos. Quiero aclarar que los personajes, sus nombres y las situaciones que ocurren en el relato no son reales. Solo Saigón es real.

Esta es la introducción a la novela OPEN THE DOOR AND CALL ME SUMMER, que pronto verá la luz, en internet si no hay suerte, y en papel, si alguna editorial tradicional le apetece arriesgarse. Poco probable con los tiempos que corren, donde solo las vacas sagradas pasan por las imprentas. Pero ya veremos.

En esta novela efectúo una descripción minuciosa, próxima a la disección de un entomólogo, de las entrañas de las relaciones humanas. Como testigo de excepción que soy, desde mi propia consulta de médico de la comunidad internacional que reside o transita por Saigón, cuento una historia de ficción llena de referencias reales. En la primera parte, un triángulo, dos amigos, una mujer entre ellos, no siempre la misma. Más tarde, en la segunda parte, la relación entre la riqueza y la oportunidad, una historia de amor imposible entre la dama y el vagabundo. En la tercera y última parte los mundos se cruzan, Oriente y Occidente, la realidad y el ensueño, la ilusión y la decepción, y las tramas se cierran, unas dentro de otras, con mayor o menor fortuna para sus protagonistas. 

Pronto habrá más noticias.

jueves, 22 de mayo de 2014

VUELVE A CASA, POR NAVIDAD O CUANDO QUIERAS



Cuando era niño, al aproximarse las navidades, sonaba un anuncio en televisión que siempre me emocionaba por su música y la pequeña historia que narraba. Era de Turrones El Almendro. La música o jingle, insistía en el mensaje vuelve a casa, vuelve por navidad. Por alguna razón, la dulzura de la voz de la mujer que entonaba la melodía, o el amor que profesaban los canosos padres a un estudiante abrigado con pelliza con cuello de piel de borrego, aquel anuncio me confortaba y hacía sentir un placer agridulce, quizás cierta envidia. Con la perspectiva del tiempo y el espacio, no sé todavía si lo que envidiaba era el amor familiar visualizado como espectador (de algún modo, digiero o asimilo mejor lo que experimento como espectador que lo que vivo como protagonista) o la ilusión de regresar de algún lugar lejano, tras un periodo de abstinencia de relación paterno-filial.

Era la época de la publicidad en TV y periódicos de papel y de pago, antes de internet y los spam y los smartphones, y el viber, wasap, skype, Facebook, google y demás medios para bombardear información. La época en que viajar en avión era caro, casi un lujo, y podías llevar líquidos a bordo, y solo te pedían el pasaporte en el control de policía, y en España, en los vuelos locales, podías utilizar el billete a nombre de otra persona.

La crisis, que ha nublado el sol al que muchos españoles han bailado como en la fábula de la cigarra, gastando o invirtiendo con poca precaución, ha empujado a millares a salir del país, a emigrar a destinos de lo más variado, con planes en muchas ocasiones poco definidos.

En Saigón van apareciendo españoles con mayor o menor solidez, con propósitos por definir o claramente delimitados, con gran o muy poca fortuna. Unos se van al poco tiempo, meses a lo sumo, otros se quedarán para siempre. Los hay que reniegan de la vuelta a casa, que ya no sienten apego a su tierra, pero son minoría. Los demás volvemos cuando podemos, y más veces volveríamos si las circunstancias lo permitieran.

Entre los emigrantes con que me relaciono, coincidimos en algunas cosas. Nos gusta la vida en nuestra antigua tierra, pero nos va mejor en la nueva. Somos considerados gente rara entre los que nos rodearon antes, pioneros de pequeña escala, que supimos romper con la inercia de seguir donde todos coincidíamos en que había que irse, y sin embargo la mayoría de aquellos sigue allí. Yo admiro a los que se quedaron, por su tenacidad, por la fidelidad a sus circunstancias, y les agradezco que a día de hoy, sean el nexo con mi vida anterior, el soporte de mis familiares que no me siguieron, las caras que se alegran cada vez que vuelvo. Otras veces deseo que ellos también hubieran escogido marcharse, arriesgar un presente inaceptable por un futuro indefinido. Pero así son las cosas.


También coincidimos en que por muchos años que pasamos fuera, seguimos siendo de allí, de nuestros pueblos, y que algún día regresaremos a bañarnos en el mar, a comer sardinas a la plancha, a caminar por los bosques de nuestras montañas, a pasear por las avenidas de nuestra ciudad, acompañados de nuestros viejos amigos (y amigos viejos) y familiares, los que queden, que siempre se alegran cuando volvemos, aunque no sea por navidad. 

viernes, 25 de abril de 2014

HACER LLORAR



Esta mañana he llorado al leer unas páginas de Mauricio Wiesenthal. “Libro de réquiems” no parece un título para leer en una mañana de primavera, aunque no le va mal a la reciente semana santa, y yo siempre he sido de gustos raros. Llorar de emoción es un regalo en países como Vietnam o Japón donde las emociones se esconden detrás de lágrimas secas, de cóleras mudas, de cortesía anestésica, de mentiras. Un día alguien explota y grita y rompe y blande un cuchillo o se tira por un balcón. Es lo que tiene reprimir la emoción, que sube la presión en la cabeza y en el corazón hasta que estalla. Son pocos los libros que me han hecho llorar, y en general siempre por lo mismo, por la manifestación de la belleza o la generosidad, por la descripción de la vida sencilla y el trabajo bien hecho, por el culto al detalle, ajeno a la turbulencia de la moda.

Las modas mandan, y con las redes sociales no se hace más que magnificar sus efectos. El deslumbramiento por exceso de información, la intensidad del impacto mediático, la magnitud del reclutamiento hacia una idea o fenómeno social, ocultan hechos más reducidos, privados, singulares, que no tienen, y acaso no buscan, la popularidad. El libro de Wiesenthal comenzó como una piedra lanzada a un lago y ha ido propagándose de boca a oreja. Recuerdo otro libro que me emocionó por su belleza y espiritualidad, “La historia de San Michele”, de Axel Munthe, una obra que se ha perdido por esta política de las editoriales monopolistas del culto a las novedades.

Hoy en día los hombres lloran. Mi amigo Ángel lloró al verse casado por el rito budista con una joven y tradicional vietnamita. Por un día cambió su ira perpetua de idealista y comunista convencido (de ahí la ira) por lágrimas de emoción. La lágrima disuelve la ira, lo decían los chinos.


En este lugar y momento que me toca vivir, donde la belleza se confunde con el lujo, y el valor con el precio, echo de menos el culto a lo sencillo, la belleza efímera de la luz, de las flores en los árboles, como el sakura de Japón, o los almendros de los valles del Jerte o de Mallorca, echo de menos el silencio, la quietud, la paciencia. Saigón respira movimiento, riesgo, ruido, cambio. El lujo se exhibe con mal gusto, y se amontona junto a la pobreza y la indiferencia. Y su gente no llora, al contrario, sonríe, unas veces por inocencia, otras es mentira. Yo solo espero, bajo un sol a 36 grados, a que el cielo llore conmigo, y empiece de una vez, la estación de las lluvias. 




jueves, 24 de abril de 2014

JAPAN FIRST CONTACT. SAKURA



Tras casi un año sin salir de Saigón, el aterrizaje en Tokio fue un soplo de aire fresco. Ramón del Valle Inclán recomendaba desconfiar de aquellos que no hubieran salido nunca de su pueblo. El localismo persiste en la era de lo global, vocablo que no afecta ni de cerca a todos sus habitantes, que en su mayoría, insisten en reconfirmarse en sus pequeñas verdades a lo largo de sus vidas. También los japoneses sufren un severo localismo, y son pocos los que se atrevan o sepan hablar inglés o cambiar los esquemas con que los han programado. Pese a ello, hay localismos más tolerables que otros, y cuando el resultado es la universalización de la cortesía, del espíritu de servicio, del orden y la limpieza, del culto a la naturaleza, a lo bien hecho, a la delicadeza, entonces es un localismo del que aprender.

Visita corta, una semana. Solo dos islas de las cuatro principales, Honshu, Shikoku, Kyushu, y Hokkaido. Tokio, Kioto, Nara y Uji, solo cuatro centros urbanos de tamaño progresivamente menor. ¿Cómo resumir Japón en pocas palabras, tras la limitada experiencia de un turista acelerado?

Orden, higiene, respeto, soledad, poesía. Emociones ocultas en el interior de estereotipos robotizados, rígidos. El perfecto ciudadano clónico y clonable frente a la experiencia de lo singular. El deseo de pertenencia impera sobre la angustia de ser uno mismo. Una vida con manual de instrucciones, hasta en los WC.

Trayecto Tokio-Kioto en tren bala, Shinkansen Hikari. Quinientos kilómetros en tres horas. Paisajes de casas unifamiliares surcados de cables eléctricos, los techos de tejas de loza gris, colores pasteles en las fachadas, grises y tierras. Atmósfera parecida a la Inglaterra industrial de provincias. Casas pequeñas, ventanas pequeñas, puertas pequeñas, vidas pequeñas. Ausencia de gente en las calles, a cualquier hora. Pocos coches, ninguna moto. Por comparación, Saigón es un hormiguero sucio, frenético, ruidoso. Grandes planicies de arroz. Bosques salpicados de cerezos en flor, explosiones silenciosas de belleza. Silencio.

Ryokan. Dormir en el suelo se convierte en lujo. Silencios ensordecedores, rumor de río, movimiento de flores en las ramas de los cerezos. Sakura. Desayunos sentados en los tatamis, servidos por Geishas en Uji. Paseo por los templos de Nara, junto a los ciervos mansos y olor a leña y humedad.

Parques. Caminatas sin límite, cerezos, ciruelos, almendros estallados en flores con una densidad cegadora. Pulcritud y silencio, más silencio. Lluvia de pétalos blancos bajo los cerezos, momento mágico. Templos de líneas sencillas monumentales por su tamaño. Casas con jardines zen, delicados, solitarios. Templos en el monte, entre sendas de bambú, vestidos de verde por el musgo de los años, Otagi Nenbutsu-ji, Oshino Nenbutsu-ji. Casas del té en medio de los parques, bajo los árboles, sentados en mesitas con hules rojos, ni un papel en el suelo.
Cuervos en el cielo y en el subsuelo. Grandes córvidos negros como la pez graznan en los árboles centenarios. Hombres de negocios, hombres de negro de pelos despeinados o patillas afiladas, absortos en las pantallas sus teléfonos móviles o semidormidos, todos callados, llenan y vacían los metros, la tela de araña inmensa creada por las compañías de la Tokio Metro y la JR, la Japan Railway.

Tokio. ¿Cuántos Tokios hay en Tokio? El Tokio de las estrellas Michelin y los hoteles de lujo con vistas, como el Peninsula, el de las avenidas elegantes como Omotesando, que acaba en el parque Yoyogui, o el de las calles de moda con tiendas que exhiben la ropa como museos, como Abercrombie en Ginza, o el Tokio eléctrico en Akihabara. El Tokio con encanto como el que rodea al río junto a Asakusa, con sus casitas Edo y los templos de maderas rojas y las linternas gigantes. Tokios ajetreados bajo la superficie, en los trenes, las estaciones de Shinjuku o Shinagawa, o Tokios tranquilos, bajo los cerezos, las madres paseando en bicicletas de tres asientos, con sus bebés, en el parque de Ueno.

El viaje a Japón me ha recordado el sabor de la belleza. Un sabor largamente olvidado. Ahora solo lo recuerdo, y lo interiorizo en forma de bebida y comida. Desayuno los dorayakis de judía roja y bebo té verde de Uji a todas horas, como si de alguna forma pudiera conservar fresca la memoria a base de fagocitar sus alimentos.






viernes, 24 de enero de 2014

AMARILLO, ROSA Y TET



A finales de enero, cuando Europa duerme la resaca de la navidad o bulle en las rebajas de Harrods o del Corte Inglés, Vietnam celebra su propio año nuevo, el nuevo año chino. Con el 2014 empieza el año del caballo y las calles se cubren de flores, amarillos los crisantemos en el sur, rosas en el norte, flores de ciruelo. Las montañas y valles de Sapa, junto a la frontera china, engalanan sus árboles de flores fuxias que relucen en la niebla.
Por comparación, Hanoi tiene más aroma, Saigón más ritmo. He prestado una visita fugaz a Hanoi y me ha refrescado el recuerdo. Hoan Kiem, el lago de verdes aguas que despide por igual perfume a frescura y hedor a podrido, el corazón del barrio antiguo, el enjambre de pequeños negocios agrupados en gremios donde se vende de todo. Hoan Kiem, el lago de la tortuga gigante que nunca he visto, en sus orillas los sauces y los ficus desmayan sus ramas, sus raíces y sus troncos enteros, sin decidirse a tirarse al agua por completo, y proyectan sombras trémulas en las que pierden sus miradas jóvenes románticas o viejos melancólicos. Hanoi tiene invierno de verdad, y el golpe de frío imprime carácter a sus habitantes, tiñe de naranja sus mandarinas, perfuma sus limones, reboza de abrigos acolchados a sus paseantes, que se arrebujan en los bancos alrededor del lago o arriesgan sus vidas en las motocicletas.
En una segunda línea, la iglesia de San Joseph descansa bajo el moho de sus muros, negra segunda piel, símbolo de la humedad de Hanoi, una humedad que cala, que muerde los huesos, que invita al vino, al café, al abrazo, no la humedad insípida de Saigón que licúa la voluntad, que enciende el deseo perverso, que enloquece el pensamiento. Rodea a la iglesia un entramado de callejas donde se aprietan los bares con terraza a pie de calle, y en sus taburetes se amontona la juventud que bebe zumo de limón. Las callejas se retuercen como sarmientos, cubiertas de árboles invernados, viudos de hoja, enredados por el cableado eléctrico, suspendido en el aire, telaraña amenazante de descarga mortal. De las ramas cuelgan infinitas pajareras, abrigadas por fundas de seda, la misma que venden con acento ceceante en las tiendas bajo los árboles.

                Las motos trazan trayectos zigzagueantes entre el tráfico endiablado, cargadas de mandarinos en fruto, un ornamento típico del Tet. Los mercados venden los pasteles del año nuevo, los ban tet, toscos pasteles de arroz envueltos en hoja de palma. En unos días, las ciudades se vaciarán de toda actividad, sus habitantes habrán escapado a reunirse con sus familias en los pueblos y dejarán las calles desiertas, las persianas bajadas, y frente a las mismas un árbol, rosa en el norte, amarillo en el sur. Ha llegado el Tet.

viernes, 20 de septiembre de 2013

CUANDO EL CAFÉ ES ESTATUS



Resulta curioso que en un país productor de café, tomar café pueda ser un símbolo de estatus. Y es que al menos en Saigón, la gente vive con, de y para los símbolos. Cuando abrieron el primer (creo que único todavía) establecimiento de Starbucks, café a 100.000 VD (5 USD), la cola daba la vuelta a la manzana. Los afortunados paseaban sus vasos de plástico de un bar a otro para tomar sus bebidas en ellos, para mostrar que habían estado allí, que habían pagado por su café más que por ningún otro de la ciudad, o para indicar que están a la “última”.

En Saigón hace años que además de los puestos itinerantes de café callejero (eso no es café), o las cafeterías independientes, proliferan bellos establecimientos de las cadenas Trung Nguyen, Coffee Bean and the tea leaf y Highlands. Además, en múltiples locales venden café Illy o Vergiano.

La sociedad vietnamita, carente de sobremesas largas, entendidas como las reuniones que se prolongan más allá de la comida en la misma mesa o en otra más pequeña, en cómodos sofás o sillones, y que sorprende pues por la brevedad de sus actos sociales, de sus bodas, donde una vez finalizada la comida los invitados desaparecen como por encanto, dicha sociedad se regala en cambio en los cafés y terrazas de Saigón, repletas de jóvenes con más tecnología que cultura y que degustan las variadas ofertas de café caliente o helado.

No me habría llamado la atención este fenómeno que se une a la colección de símbolos de estatus de la ciudad que nunca duerme si no fuera por la anécdota de Nespresso.

Un colega murciano me comentaba que en la calle principal de su ciudad, el establecimiento de la cadena Nespresso compite con bancos (hoy en día nunca mueren), tiendas de ropa de cadenas internacionales y de computadoras (Apple).


Nespresso es símbolo de estatus en la España de los recortes. Un acierto en la popularización del lujo. Puedes comprar una cafetera por 50 euros y tomarte los cafés a 30 céntimos en casa, cada uno con su capsulita de aluminio de colores. En las tiendas te atienden con una gran corrección, te hacen sentir que eres alguien, el cliente con mayúsculas, y te invitan a café. Un pequeño gran lujo en la España humillada por la crisis.