Translate

sábado, 3 de agosto de 2019

AMANTE EN SAIGON EN YOUTUBE

Queridos amigos lectores,

Dejo aquí los enlaces a varias de las presentaciones que efectué de la novela AMANTE EN SAIGON esta primavera 2019, desde el día del libro en Barcelona hasta el día 30 de abril en Viladecans, pasando por Madrid, Almería y Barcelona.
Ha sido una gran experiencia, a veces agotadora, pero de una gran intensidad humana.
Nada me da más placer que compartir no solo la historia que escriben con sus vidas los personajes de la novela sino todas las reflexiones que hay detrás sobre la vida y el vivir, los duelos, los celos, los miedos, las tentaciones, las vanidades, orgullos, los vicios y las virtudes y cómo cambiamos a lo largo de nuestra experiencia, de nuestros éxitos y nuestros errores.

Leed la novela, adentraos en Saigón y vivid de cerca el barullo y la sensualidad de esta ciudad magnífica llena de vida y aventuras.

Podéis encargar el libro a EDITORIAL MUNDOPALABRAS.ES

https://www.youtube.com/watch?v=rG8LJ14NYDM

https://www.youtube.com/watch?v=h4U0rN1UKdU

https://www.youtube.com/watch?v=WgmRQXJTZz4


Si todo va bien, el uno de Octubre 2019 estaré el Palma de Mallorca presentado el libro AMANTE EN SAIGON  en la librería LITERANTA.

Os iré informando.



martes, 16 de julio de 2019

AMANTE EN SAIGON. COMENTARIOS DEL AUTOR

Queridos lectores,

¿Cuánto tiempo lleva escribir un libro? ¿Cuánto tiempo tardas en pintar un cuadro? Por favor, ¿Pero qué importancia tiene? ¿Me van a pagar más? Si la obra es una basura, cuanto más tiempo le hayas dedicado, peor que peor. Si es maravillosa... ¿Pues qué? Antonio López García, el pintor de Tomelloso, de los limones y los membrillos, el de la Gran Vía de Madrid, el de la película El sol del membrillo, tardaba años en acabar sus cuadros, eso si es que en verdad estaban terminados... Picasso en cambio podía pintar varios en un solo día... ¿Dónde está la grandeza? ¿En el tiempo? ¿La paciencia? ¿La técnica? ¿En la idea? ¿La síntesis? ¿En el esfuerzo? 
            Reconozcamos que la grandeza está en la emoción que despierta la obra, aunque para Antonio López reside en la honestidad, en la verdad, o eso decía.

            AMANTE EN SAIGON es una novela que me ha llevado más de tres años de experiencias, de reflexiones, conversaciones, testimonios, confesiones, vivencias directas, experiencias referidas, años de dichos y desdichas, de afirmaciones vehementes y retractaciones humildes. La verdad, si es que la hay, si es accesible a los humanos, debe ser algo en continua redefinición, en perpetuo cambio o adecuación. Lo contrario es solo una definición oportuna, parcial, adecuada a la moda o el momento, humo, bruma, mentira. 

             La novela tiene referencias al Capitán Nemo de Julio Verne, al Otello, el moro de Venecia de Shakespeare, a Blade Runner de Ridley Scott, a La vida secreta de las palabras, de Isabel Coixet, habla de los Aspergers, del espectro autista, de la empatía, de la lealtad traicionada, del amor entre amigos y la soledad agria que deviene ante el abandono, cuando uno de ellos encuentra pareja y deja al otro así, solo ante su propia vida. Habla del pensamiento mágico de la juventud, de las fantasías que chocan contra la realidad, como en un Paseo por el amor y la Muerte, del crimen convertido en espectáculo de masas, como en Asesinos Natos. Habla de la tentación que sufren los matrimonios vacíos de pasión, llenos de rutina. La tentación que supone el encuentro con el trópico, con una sociedad de gente joven, donde conviven la moral más rancia con la más disoluta, y todos los valores oscilan entre lo que se quisiera y lo que conviene. La pobreza muerde los cimientos de la moral más recta como cien años de lluvia. No es casualidad que algunas de las historias más decadentes o tenebrosas se hayan ubicado en los trópicos, Herny Miller con sus Trópicos de Cáncer y Capricornio, Malcom Lowry y su Bajo el volcán, Conrad y su Viaje al corazón de las tinieblas.
         
           Si no habéis estado en Vietnam, debéis leer esta novela. Si habéis estado en Vietnam, debéis leerla todavía más. No pretendo haber creado una gran obra, no tan pronto. Tal vez siquiera nunca. Tampoco me atrevo a compararme con un autor como Lawrence Durrell, un escritor que parece olvidado ante el imperio de lo nuevo, pero nunca olvidaré el impacto que me produjo la lectura y la relectura diez años después de Justine, con su descripción de una Alejandría que ya no existe. 

        Mi novela habla de un Saigón que no es el de la guerra de Vietnam, tampoco es el que será dentro de veinte, o de diez años, como ya no es el que yo conocí en el 2006. Todo cambia tan rápido...

Comprad el libro en MUNDOPALABRAS.ES y dadme vuestra opinión. Yo mientras, sigo escribiendo.





WRITER´S OFFICE: LA DIFÍCIL TAREA DE PONER UN TÍTULO

Queridos amigos,

Hoy empieza esta sección del blog en la que compartiré algunas de las dificultades que sufro en el oficio de escribir. Espero que os sean útiles, al menos para no sentiros solos.

Cuánta gente escribe hoy. Cada vez tengo más amigos o conocidos que se aventuran a escribir un relato de ficción o de autoayuda, un cuaderno de poemas o un libro de viajes.
Aunque muchos escribimos para nosotros mismos, a la mayoría nos gusta compartir. Y ahí comienzan las dificultades. Acabada la narración, hay que ponerle nombre al hijo. ¿Cómo lo vas a llamar? O, ¿No habías dicho que se llamaba...? ¿Cuántos nombres le has puesto ya?
A veces empiezo un libro por su título. El primer título que se me ocurre. Entonces comienza el chaqueteo. Mi primer título se llamó Código azul, una historia sobre médicos en urgencias. pero el libro fue cambiando, y en su metamorfosis el título acabó siendo El misterio del hombre árbol.
Algunos lo leísteis, aunque ahora está fuera del mercado, de momento.
Estoy ultimando una novela sobre la crisis de los cincuenta años, cuando empiezas a ver la vida un poco hacia abajo, como una cuenta atrás, y sobre los genocidios silenciosos, los que ocurren por una desidia de los gobiernos hacia grupos de población inconveniente (minorías atrapadas en su propia singularidad o en su falta de habilidad para encajar socialmente) o genocidios por una crueldad pasiva pero calculada, como la negación al auxilio a los refugiados, o los condenados a morir de hambre y frío en la Ucrania postrevolucionaria, antes de la segunda guerra mundial. Y ahí voy ya por el cuarto o quinto título y sigo sin acabar convencido.
Buena suerte, escritores.

martes, 28 de mayo de 2019

AMANTE EN SAIGON. ENTREVISTA PARA EL RINCON DE LAS LETRAS

Queridos lectores,

Los ecos de la gira por España de AMANTE EN SAIGÓN de esta primavera llegan poco a poco, palabras perdidas en el viento, en la prisa. Pero todo vuelve, y aquí os dejo una entrevista con Sol Cerrato, para EL RINCÓN DE LAS LETRAS, entrevista que se emite y podéis escuchar como podcast en ONDA VERDE y que se emitirá en LIBERTAD FM.

Gracias por seguirme. Seguimos adelante.

Rubén

Si abris el enlace, avanzad hasta el minuto 37, que es cuando empieza la entrevista que me hicieron a mi.

http://ondaverderadiocomunitaria.blogspot.com/2019/05/el-rincon-de-las-letras-20-de-mayo.html

viernes, 10 de mayo de 2019

AMANTE EN SAIGON. ENTREVISTA EN ALQUIBLAWEB

Hola amigos,

Aquí dejo la entrevista sobre AMANTE EN SAIGÓN publicada en ALQUIBLAWEB, de Eva María Galán, una estupenda web de literatura y escritores noveles.

Muchas gracias por seguirme, por acompañarme, por leer AMANTE EN SAIGÓN  y recomendarlo.

https://www.alquiblaweb.com/2019/05/08/entrevista-a-ruben-martinez-castejon-escritor/

domingo, 5 de agosto de 2018

ÁRBOL DE SAIGON, LLORO POR TI



    Talaron todos los árboles de Ton Duc Tang. A la mayoría no os dirá nada esa calle a menos que os diga que era la calle donde Jane Marsh besó por primera vez a su amante de la china del norte en la película El amante, la versión de Jean-Jacques Annaud sobre la novela de Marguerite Duras. La avenida disponía de cuatro líneas de árboles centenarios que llovían sus hojas durante las tormentas, producían una penumbra agradable e imponían respeto con el tamaño y altura de sus troncos rugosos y oscuros. Al parecer, algunos ingenieros jóvenes vieron en esa avenida la solución al caos circulatorio de Saigón. Lo cierto es que cruzaban dos concurridas avenidas y las horas punta eran un desastre, pero más por la absoluta falta de respeto a las normas de circulación que por otra cosa. Junto a esa calle, los terrenos de una promoción inmobiliaria de la empresa constructora «oficial» se revolvían y edificaban, y al parecer no era bueno pensar en alternativas circulatorias que atacaran o limitaran el negocio de los poderosos.

    Los árboles no tienen voz, no tienen patas, no pueden huir ni protestar. Son testigos mudos de nuestra ignorancia, de nuestra codicia. Cuando sacrificaron a Jesús en la cruz, pidió a su padre que perdonara a su pueblo porque no sabía lo que hacía. ¿Hasta cuándo nos perdonará la naturaleza nuestra locura?

    Ahora Ton Duc Tang es como una pista de aterrizaje de aviones, una superficie abierta como una llaga, seca, castigada por el sol y las tormentas por nuestro pecado. Y si los ingenieros han cometido el crimen impune de la tala, los demás lo hemos celebrado con nuestra indiferencia.

    No, señores, a mí no me ha dejado indiferente.




lunes, 18 de junio de 2018

EL MISTERIO DEL HOMBRE ÁRBOL. CAPÍTULO 2


CAPÍTULO 2

El origen de un investigador universal

Nunca se conoce bastante
De ahí que también en lo conocido
Se halla lo desconocido y su llamada

El deseo de experimentar, de conocer,
Me hace con frecuencia llevar en mi obra una marcha
Discontinua; que a lo mejor se debe a que me interesa
Más la experimentación que la experiencia.
También prefiero el conocer al conocimiento.


Aromas y pensamientos, de Eduardo Chillida


Canaima, Venezuela, 1990

«Querido hijo, sé que nunca me perdonarás que te privara de una vida de lujo en París y os enterrara a vosotros y a vuestra madre en Ucrania. Pero debes saber que ese es tu origen, y lo único verdadero. Lo demás, todo lo que heredé de mi padre, fue una mentira, tal vez conveniente para él, pero una falsedad insostenible. Tu abuelo fue un genio, hijo. Un genio y también un asesino. Sus cuadros colgados en el Hermitage junto a los salones rojos de Matisse no pueden lavar la sangre que derramó para pintarlos. Ese erotismo sangriento no era otra cosa que una fotografía de la realidad. Sus cuadros arrancaron la vida a esas musas desgraciadas, desangradas, cuerpos que entregaron el alma a un monstruo, que las mezcló con blanco de zinc, o con amarillo Nápoles, o con rojo cadmio, o azul de Prusia, y las apresó bajo capas de óleo en las telas. Por ello conquistó la grandeza, porque pintó con la mano del diablo, porque sacrificó su inocencia y la paz espiritual de nuestra familia. Pero aunque escondió su apellido, la carga volvió a salir a la superficie. Y yo lo supe, Rasputín. Lo averigüé y me tuve que ir. Su apellido, y por tanto el nuestro, es Raskolnikov, que en su huida de Ucrania cambió por Bulgakov. Me dijo que tampoco era ese su linaje, que había nacido en España, que tenía otros hermanos famosos en el mundo de la pintura, pero no quiso nombrarlos. Ya sé que vuestra vida ha sido complicada, y también que lo será más tras haber denunciado a mi padre, a tu abuelo, ante las autoridades de Ucrania. Pero se lo debía a las víctimas. Tenía que hacerlo. Y al mismo tiempo, si os veis obligados a huir de Ucrania, será mi jugada de vuelta. Yo os metí a la fuerza en ese gélido país, y a la fuerza os sacaré. Con ello solo puede esperaros un destino mejor».
      Acabó de leer el mecanuscrito, arrugó el papel y se lo metió en el bolsillo. ¿Qué sabía de su pasado? Bien poco. Su padre siempre había sido un hombre reservado. Nació en París, y por un motivo oculto, dejó la ciudad de la luz para internarse en esa oscura región de Ucrania, en un país comunista, donde arrastró a su familia a una vida llena de limitaciones. A Rasputín le costó entender que su padre hiciera un movimiento inverso a toda lógica. La mayoría de sus amigos de la infancia se burlaban cuando les contaba lo poco que sabía de la historia familiar:
      –Tu padre está loco Rasputín. Sólo a un demente se le ocurriría cambiar la vida de París por la miseria de Kiev.
      Rasputín y su hermano Sasha, defendían a su padre, aunque fuera a puñetazos. Sin embargo, también él albergaba dudas. Su abuelo paterno era un misterio. Lo único que había podido conocer del famoso pintor Mijaíl Bulgakov era a través de los cuadros que colgaban de las paredes en los museos. Rasputín, sin demasiadas inquietudes artísticas en aquella época, se sorprendía de la evolución en la obra de su abuelo, desde unos principios eróticos violentos hasta unas etapas finales de abstracción casi espiritual. En uno de sus viajes de juventud, y que se convertirían en habituales al alcanzar su madurez profesional, visitó los templos eróticos de Madhya Pradesh, en la India central. Allí fue testigo de esa misma evolución, desde lo carnal, en las orgías de esculturas fornicantes de las bases de los templos de Kahuraho, hasta la representación de lo celestial en los dibujos geométricos de sus cúpulas de arenisca. Aprendió que en el mundo espiritual la expiación de un crimen debe ser protagonizada por el asesino y, por tanto, que los sacrificios de los inocentes son inútiles. De este modo, a pesar de la acción de su padre, la obligación de compensar el daño causado pasó a la generación siguiente, o sea a él.
      Rasputín inició su vida profesional como ingeniero en Kiev. Gracias a sus méritos recibió una invitación para investigar en Estados Unidos y decidió huir con la expectativa de una vida mejor. Sabía que si le descubrían lo desterrarían a Siberia, pero prefirió arriesgarse a sufrir una vida profesional estancada. Siempre le había movido el espíritu de hacer el bien a la humanidad. Una vez en América, sufrió las mismas trabas a sus investigaciones que en el otro lado del Atlántico: En la URSS porque no había dinero y en América porque no las vieron rentables. Por ello empezó a buscar alianzas en otros países más receptivos a sus proyectos. En Estados Unidos, cambió su nombre por el de John Valugow para evitar represalias, aunque desde la salida de la URSS tomó la costumbre de viajar bajo nombres falsos. Durante los periodos en que el trabajo se lo permitía, aprovechó para descubrir nuevos mundos. Su nueva vida, transcurrió en tantos escenarios que terminó por establecer vínculos afectivos en más de un lugar. De esos vínculos nacieron dos hijos de madres distintas. Francis Valugow, la mujer con quien llevaba una vida de apariencia plácida en Nueva Inglaterra, era ajena por completo a esa multiplicidad conyugal y a la intensa vida de su marido John Valugow.
      El sol salió y creó un arco iris en la región de Canaima. A orillas del río Carrao, junto al poblado de indios Pemón donde vivía, John Valugow divisó el muro del Auyantepuy. De la cima de esa meseta del tamaño de una isla caía el salto de agua más alto que conocía. Los tepuys, viejas montañas de superficie cortada por el tiempo asomaban en las llanuras y selvas de Canaima como lomos de dinosaurios dormidos. En la época de lluvias se ocultaban entre las nubes bajas y los accidentes de aviación eran frecuentes; los pilotos apenas usaban radares.
      Maiyapi se despertó y contempló la nube formada por la caída del agua desde mil metros de altura. Contó el ganado para cerciorarse de si alguna anaconda había cenado alguno de sus animales. No tendría más que hacer si no fuera por Manapé, su hombre. Maiyapi era una india Pemón de las selvas de la Guyana. Un día conoció a Manapé, a bordo de una canoa de expedición, cerca del salto del sapo. Manapé llegó hace bastantes años a Canaima. Al principio no hablaba ni español ni pemón, pero eso no le impidió relacionarse con Maiyapi. Manapé era el nombre indio que adoptaba John Valugow en sus escapadas a las selvas de Venezuela. Pasaba temporadas cortas con Maiyapi y desaparecía largos periodos de tiempo, pero siempre volvía. La indígena no tenía necesidad de una gran conversación. Perdió a su primer hombre tras enfermar de paludismo y sus hijos, ya crecidos, habían emigrado a centros urbanos como Puerto Ordaz. Ahora se contentaba con compañeros esporádicos. Esa compañía de silencio, ambos ocupados en las rutinas de cultivar, criar ganado, comer y dormir, parecía suficiente para los dos. Guardaban un pequeño cercado con animales en las sabanas de Kavac compartido con otros indios pemón; apenas les ataba nada.
      Manapé subía a los tepuyes, tomaba algunas fotos y escribía en sus cuadernos de campo. Su aspecto moreno indio y sus ropas sencillas contrastaban con sus ojos azules, los dedos largos y el resto de facciones que delataban su origen europeo. Su rostro bondadoso nada conservaba de las facciones lobunas de su abuelo. La sangre de un tatarabuelo polaco y una malagueña se habían mezclado en tres generaciones hasta diluirse por completo en los mares de la genética. En ocasiones, los turistas adivinaban a un europeo bajo el disfraz de indio e intentaban trabar conversación con él, pero apenas les hablaba. En la cima del Roraima, Manapé recogía plantas y las guardaba en tubos metálicos. Capturaba especies poco conocidas para analizar en su laboratorio de Boston. Le fascinaba el laberinto de rocas que sembraba la cumbre. En los secos meses de invierno era más agradable, pero aun así su altura de casi tres mil metros por encima del mar le confería unas características climáticas de alta montaña. Manapé trotaba entre las torres de roca negra esculpidas por dos mil millones de años con cuidado de no perderse o de caerse a los abismos de aquel glaciar de arenisca ocultos en las nieblas. Cuando salía el sol los cristales de cuarzo de la superficie brillaban por todas partes como gigantescos diamantes. Inspirado por el aspecto multiplicado de las formas cálcicas que el agua había esculpido en la cueva de los ojos, Manapé se interesó por el mundo de los fractales y en el porqué de esas formas geométricas, repetitivas y desiguales. Descubrió una analogía poética y un modelo matemático en la repetición de las formas desde lo microscópico hasta lo visible, en estructuras como el ojo de un insecto, la pluma de un ave, la división de los pétalos de una flor, la ramificación de un árbol, un pulmón o una neurona. Le sorprendían los paralelismos estéticos del cerebro con una coliflor, una nuez o la sección de una trufa silvestre. Todos aquellos fenómenos, constituían modelos de fractalidad. Repeticiones y similitudes. Quería descubrir una relación y, a ser posible, una aplicación en el campo que le ocupaba, la oncología experimental. Manapé había estudiado la piezoelectricidad, la intertransformación de la energía desde un fenómeno físico a uno químico, y de ahí a uno eléctrico, para engendrar de nuevo un movimiento físico, por ejemplo, al retirar una mano después de quemarse, o lo que ocurre al hablar a través de un micrófono. Contemplaba el fluir del río Kukenan desde la cima del tepuy Roraima mientras esperaba descubrir una vía de comunicación con las células, un camino de armonización de los ritmos celulares a través de un estímulo físico variable, como la música, un efecto como la flauta mágica del encantador de serpientes. Para ello, el DNA humano tenía que poder adoptar diferentes formas en el espacio en función de un estímulo dado, y ello debería seguirse de una codificación de proteínas que modificaran el comportamiento de las células cancerosas. Para ello el DNA tenía que comportarse como un cristal líquido y obedecer a las leyes de la piezoelectricidad.
    Precisaba alejarse del ambiente universitario limitado y dogmático para abrir su mente a los caminos no convencionales de la investigación oncológica e integrar sus conocimientos sobre la fauna y la flora, la física cuántica, los efectos del sonido y la influencia de los ritmos físicos sobre los biológicos e incluso, a la física hiperdimensional, donde las confluencias interplanetarias podían convertir ciertas experiencias electrolíticas en insólitos fenómenos energéticos. En esas raras ocasiones de confluencia interplanetaria, Manapé intuía que viajaba una gran cantidad de energía a través de dimensiones complementarias a las cuatro conocidas (espacio y tiempo). Deseaba poder curar el cáncer mediante la música de Bach, con las variaciones Goldberg, un modelo de creación fractal. Toda la experiencia y reflexión que Manapé adquiría en la selva venezolana la recogía en sus diarios y le servía de guía para sus experimentos en Boston, China o Ucrania.

      Unos años más tarde, en un congreso internacional de oncología en Chicago,

      En un auditorio repleto, cerca de la Northwestern University, John Valugow expone sus teorías y descubrimientos.
      –Y tal como les he comentado, la energía que viaja a través de los ultrasonidos ha sido muy útil hasta la fecha para diagnosticar enfermedades. Nadie niega el avance que ha supuesto la ecografía para la medicina. Ahora el HIFU, los ultrasonidos de alta intensidad focalizados, constituyen un gigantesco paso adelante, una nueva forma de vaporizar el cáncer. Si Marie Curie viviera, sin duda desearía experimentar el desarrollo de estos ultrasonidos cargados de energía para erradicar tumores y acabaría dejando la radioterapia y sus peligros como un descubrimiento del pasado. Lo que el piano representó al clavicémbalo, hoy el HIFU es para la radioterapia.
      En la sala hay decenas de asistentes. Algunos escuchan con curiosidad. Otros parecen crispados, o inquietos.
      –Creo que sus resultados merecen ser comprobados con calma, doctor Valugow. La oncología es materia muy seria y no algo que pueda someterse a técnicas de ciencia-ficción. Sus experiencias han sido efectuadas en países donde el rigor científico es más que discutible...
      –¿Cuestiona el rigor de mis experimentos? ¿Puede mostrar algún error en el método o en los resultados? ¿O simplemente no se los cree doctor...?
      –Sjarnovich. Joseph Sjarnovich. Comprenda doctor Valugow que hay una cierta espectacularidad en sus resultados algo difícil de creer desde la perspectiva más asentada hoy día. Claro que usted ya nos tiene acostumbrados a sus trabajos fantásticos, como los de los shitakes...
      –Le ruego doctor Sjarnovich que apoye sus críticas en hechos concretos. ¿A dónde quiere llegar? Mis colegas y yo pretendemos mover la frontera del conocimiento hacia delante. Y los datos presentados son más que satisfactorios.
      Presionado por Sjarnovich y el lobby que representa, el comité científico que había apoyado inicialmente los trabajos de Valugow, los suspende del cartel del congreso. De las cuatro comunicaciones científicas que debía efectuar John Valugow sólo puede exponer la primera.
      En la cafetería del congreso, Valugow encuentra a Sjarnovich junto a un pequeño grupo. Lo coge por el brazo y lo arranca de su coro con brusquedad:
     –Pero ¡qué hace! ¿Está usted loco? –le grita Sjarnovich dando calculada espectacularidad a la escena.
      Dos gorilas de cabeza rapada y hombros de armario con micro en la oreja se acercan y sujetan a Valugow por los brazos.
      –¡Ahora me doy cuenta de quién es usted, Sjarnovich, sabandija! ¡Usted y sus colegas me han boicoteado una vez más! Ya lo hicieron con los shitakes. Pero no podrá detener mis investigaciones. El mundo no acaba en Europa ni en América. China ha despertado y la India es un motor en potencia. Acabaré mis investigaciones y las publicaré en medios donde ni usted ni sus socios puedan frenar su difusión. Debería darle vergüenza. No es más que un lacayo de la industria farmacéutica.
      –¡Usted es un loco, Valugow! No sabe con quién está hablando. No me subestime. Si alguien quiere investigar algo, o cuando un laboratorio tiene que elegir dónde invertir sus fondos de I+D me lo preguntan a mí, ¿me oye?, a mí. En estos momentos, la oncología soy yo. Hoy ha acabado su carrera para siempre, Valugow. ¡Para siempre!
   Los dos matones le sueltan y John Valugow se aleja sofocado entre una muchedumbre que se ha acercado a la escena por curiosidad. Decide que es momento de desaparecer de su vida y su identidad americana. A lo lejos, disimulada en la reunión, una mujer delgada lo observa con lástima y preocupación.